La soledad

La soledad del escritor

¿Habéis oído hablar alguna vez de la soledad del escritor? La lucha del escritor frente a la máquina, ¡una batalla épica de las que hacen y crean historias! El autor frente a una hoja de papel en blanco y un motón de ideas que se le agolpan en la mente y que luchan por salir, por plasmarse en palabras con el mayor de los sentidos o la más alocada de las incoherencias. La guerra del ser humano contra sí mismo, ese botón rojo que una vez se presiona una vez ya no hay nada que detenga su labor creativa…. ya no hay nada que detenga ese aflorar de palabras…. ya no hay nada que detenga esa fuente infinita de sabiduría… ya no hay nada que detenga ese río portentoso que inunda el valle del desconocimiento de los demás… Se escribe la primera letra de una obra literaria de extensión indeterminada; Se pulsa un botón, una tecla, de le dicta a la máquina, el primer sonido, que provoca que en la pantalla aparezca ese símbolo, ese principio de algo. Después llegan las restricciones del mundo, no más de cincuenta páginas, no más de mil palabras no más de eso que el escritor quisiera plasmar, pero como en la ruleta del casino, cuando la bola deja de girar, cuando el mundo se detiene. «No va más».

Tras ese punto y final el escritor recupera la consciencia e identidad del mundo, deja de ser ese personaje intrincado, ese personaje con un fin abierto, ese personaje que se queda con la palabra en la boca porque el resto de su vida pertenece tan solo a la imaginación del autor, del escritor. Y el escritor, que ya ha dejado de escribir, se encuentra con que la luz con la que amanecido el día se ha tornado en la oscuridad de la noche más oscura, que ese reloj que le anunciaba que tenía toda una eternidad de su tiempo para escribir, ahora es un despertador cuya alarma le está sacando del sueño más bello o de la pesadilla más horrenda. Ya le ha confesado al juez injusto de la Lliteratura que ese asesino misterioso cuya identidad aún ni sus futuros lectores conocen, no es el tipo sanguinario de la capa oscura que se mueve por los callejones más negros de la ciudad, el asesino, el asesino es el mayordomo en quien el sueño de la casa ha depositado toda su confianza, porque pretende adueñarse de las valiosas joyas de la tía Enriqueta. El escritor por fin ya sabe que la pobre niña abandonada en mitad de bosque tal mil y una aventuras y desventuras, por fin ha encontrado la felicidad al lado de ese príncipe azul que esta vez no está solo en los cuentos infantiles. Como también sabe que el fornido pirata que ha atravesado los cuatro océanos en su barco de doscientos cañones por banda, y se encuentra frente a las costas que le devuelven a casa; que el cowboy, el pistolero más rápido al Oeste del Misisipi, se aleja cabalgando en su fiel caballo hacia el horizonte, allá donde se confunde el atardecer con el perfil de las montañas.

El escritor se vuelve a encontrar con que se le ha enfriado el café que se había preparado a las cuatro de la madrugada y que después de mil y una infinitas horas ante esa página en blanco que parece que ninguna se rellena del tono, ese café ha quedado convertido se ha evaporado y tan solo quedan los posos en el fondo, los determinan el futuro de su obra «Ya se ha concluido». Tan solo queda, editar, corregir y publicar. el escritor, ese niño recién nacido, ya se nos ha hecho mayor, casi sin que el resto del mundo se haya dado cuenta. Cuando empezó a escribir apenas sus dedos eran capaces de abarcar el lapicero, tenía estatura y altura para pulsar ese teclado, pero ahora que ha llegado al punto y final, ya se permite mirar al ordenador, a la máquina, a ese cuaderno de hojas infinitas, por encima de esas páginas escritas.

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Aunque no deja de ser difícil y amarga, la soledad del escritor es peculiar porque descansa en una elección o un destino. El escritor desea, profundamente, escribir; es decir, estar solo. Es probable que sufra por ello, pero jamás renunciará a esos estados de autonomía y libertad, a esa condición endemoniada. La literatura es hija de la soledad; los libros, hijos del silencio, de una quietud paradójica, a veces agitada. “Hay una soledad sin la cual el libro no podría ser escrito, y para leerlo haría falta otra soledad equivalente […]” (Antonio Muñoz Molina). Kafka lo sabía: “Tengo que estar mucho tiempo solo. Todo cuanto he realizado es sólo un logro de la soledad”….

La soledad del escritor. Irad Nieto

La soledad del lector

¿Y qué pasa con el lector? El lector puede ser un simple oyente en escucha atenta de esa historia novedosa y misteriosa, cuyo principio a penas empieza a conocer con las primeras palabras de ese texto escrito quizá por un autor conocido o por alguien a quien no reconozcan ni en su propia casa. Son las palabras, las ideas, la imaginación que he ha aflorado y ha plasmado por escrito un completo extraño en algún momento de la larga existencia de la Humanidad, del explorado deseo de comunicarse unos con otros a través del tiempo y la distancia. El lector se ha tropezado con una misteriosa caja, con un misterioso tesoro escondido que necesita ser descubierto, desvelado o como una bandera ondea en lo más alto del mástil de la sabiduría y del conocimiento popular. Es una camino de baldosas que atraviesa el desierto de del desconocimiento más profundo.

¿Cómo adentrarse en ese nuevo mundo, en ese universo infinito de palabras? ¿Cómo cruzar esa puerta que se ha abierto de pronto, de la que el lector ha encontrado la llave bajo el felpudo o tras remover una de las macetas que decoran el porche? ¿Qué ha de llevar el lector en esta aventura? ¿Bastará con un vaso de agua? ¿Bastará con esconderse en su rincón favorito a la luz de la lámpara? ¿Cómo se va a aventurar a leer esas primeras palabras, seguir el rastro del asesino o las huellas de los amantes? ¿Cómo? ¿Acaso esta vez le sirva su extensa experiencia como lector? ¿No será más cierto que se haya de agarrar a la mano de quien le habla para que sepa encontrar la salida al laberinto de su destino?

Pero ¿Cómo fiarse de esa primera mano tendida? ¿Cómo fiarse de ese personaje cuyo nombre y personalidad ha sido dado por el escritor para dar coherencia y sentido a su historia? ¿Acaso no sea la mano del asesino? ¿Acaso no nos lleve por callejones oscuros plagados de ratas? ¿Acaso no pretenda arrancarnos el corazón en mil y un pedazos porque el amor que momentos antes ha inflado su corazón que ilusiones ahora lo haga estallar? ¿Quién será si cabe más de fiar? ¿Quién nos asegura que a su lado no correremos ningún peligro y nos arrastrara por cuantas aventuras y desventuras marquen sus pasos? ¿Serán seguros esos acantilados sin fondo por las montañas de la pasión más intensa?

Tal vez sea mejor agarrarnos a la mano del asesino, dejarnos secuestrar por sus amenazas de que pondrá fin a su vida en cuanto abandonemos la lectura, porque mientras avancemos a su lado, será la sangre de los demás la que pese sobre nuestras conciencias, sobre la morbosidad que nos lleva a pasar de página porque con el primer duelo a espadas, con esa primera flecha atravesando el pecho malherido, con ese disparo certero a lo más doloroso de a vida, aún no tenemos suficiente. El escritor aún sigue con vida para escribir otra palabra, el asesino aún tiene clemencia con aquel que le ha sacado de su imaginación más perversa. Aún cabe la posibilidad de que nosotros como lectores, estemos a salvo de que nos hagan saltar por la borda para caer entre tiburones hambrientos que nos arrastren hasta lo más profundo del océano. Ese corte con el filo de la página no tiene importancia y hasta que llegue la ambulancia, hasta que nos llegue la ayuda que cierre la herida, antes de nuestro último suspiro estamos a tiempo de pasar página y averiguar si el asesino será capaz de cumplir con su amenaza o será el héroe que estropea sus planes malvados quién se lo impida.

La soledad del bloguero

Sea como sea y seas quien seas lector de estos textos, de estas entradas, a ti te toca decidir en buena suerte a qué mano te agarras para seguir leyendo aquello que escribo. A ti como miembro del jurado popular que ha de dictaminar la culpabilidad o inocencia de mi delito, si es cierto eso de que escribo con premeditación y alevosía cuando no hay nadie que amenaza mi existencia o por el contrario soy victima de mi propia esencia como escritor y me encuentro en medio del océano, perdido en una redondita isla, con el único contacto con el mundo que esas botellas lanzadas al mar y que las corrientes marinas han llevado hasta la orilla de tu puerto, hasta las redes con las que pescas y sacias tu curiosidad por la lectura.

A ti te toca decidir si te agarras a mi mano y te adentras en mi mundo o encuentras más motivador abrir la puerta número dos, porque el premio que se esconde detrás de ésta, te parece más la entrada a un laberinto sin salida, que para lanzarse a lo desconocido, mejor tirar de la anilla del paracaídas, porque este avión vuela demasiado alto, aunque el piloto aún no ha avisado del despeje y como todo buen el capitán parece ser el primero dispuesto a abandonar el barco.

Si te agarras a mi mano, no seas de aquellos que se toman la manga, porque aún necesito el brazo para seguir escribiendo, pero déjame primero que te cuente que toda mano tiene cinco dedos, que una vez que tomes mi mano, sientas que me he convertido en tu prisionero porque esperas que sea yo quien te cuente esas historias que aún nadie ha escrito ni nadie te ha contado, pero serán mis historias sacadas de ese baúl de mis recuerdos, de ese cajón de marionetas que es la literatura misma, que no soy yo quien maneja las cuerdas ni quien ha introducido la mano por su espaldas para que muevan los labios al ritmo de mis palabras. El muñeco soy yo, porque si no fuera por esos personajes, sería yo quien me encontraría atrapado en el olvido, en el doble fondo del armario de mi silencio, en el trastero donde apenas llega la luz y parece que hace tiempo que ya nadie da cuerda a los relojes.

Si te agarras a mi mano, tráete el flotador que impida que nos hundamos y el pañuelo donde recoger los sueños, sujeta la cadena de la consciencia a la columna de la realidad y tras cerrar el candado que cierra el nudo guardarte la llave en el bolsillo, por si en algún momento has de soltarte para ir al baño. Y así, sentado en el rincón más tranquilo de su casa, quizá en el banco de parque mientras ves jugar a los niños, podrás descubrir la historia de esos extraños que pretenden ser parte de tu familia y les invites a la próxima fiesta.

Y mientras mis personajes andan por ahí recorriendo el mundo, yo seguiré atado a la máquina secuestrado por mi esencia de escritor, a la espera de alguien pague el rescate y le cuente cómo intento en vano recuperar una libertad que nunca ha sido mía.

2 comentarios en “La soledad

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