Te recibimos con alegría

Tercer día de clase.

Diario: September 8th, 1995, 04:15 PM-06:30PM

Jess: (Asomada a la ventana) Esa es Yuly. La chica rubia que se ha bajado del coche. – Le digo a Ana cuando veo que ésta se baja de un coche aparcado delante de la puerta.

Pues sí, la tarde del viernes, mi compañera de clase Yuly, la chica de West Roxbury con ascendencia española, la misma con la que en circunstancias normales o previas al comienzo del curso no me hubiera gustado cruzarme por los pasillo, conocedora como era de su entusiasmo por todo lo español, porque hablaba el idioma con una fluidez que incluso Ana hubiera deseado para mí tras haberme obligado a leer en voz alta tantos textos en los cuatro años previos. Esa misma Yuly con quien no consideraba que tuviera nada en común, pero que se empeñaba en ser mi amiga, a pesar de tan solo coincidir en dos o tres asignaturas estaba allí para hacerme una visita, para conocerme, para conseguir eso que para el resto del mundo parecía una misión imposible, que sabiendo que venían a verme yo no saliera corriendo, no le hubiera dado una dirección errónea para que no fuese capaz de encontrar el internado. Es más, hasta que atrevía a reconocer que, a pesar de mi recelo, mi desconfianza inicial me hacía ilusión eso de recibir la visita de una chica de mi edad, tal vez con la tranquilidad de que su osadía no ponía en riesgo mi permanencia en el internado, más bien lo afianzaba por que daba una imagen de mí mucho más positiva, sociable, que algo dentro de mí alocada cabeza empezaba a cambiar y se podía plantear con un poco más de optimismo eso de que yo me quedase, que empezaba a dar muestras, si no de madurez, al menos sería de sentido común.

Ana: ¡Te veo muy animada! – Constata. – ¿Es una buena compañera? – Me pregunta. – Es la primera vez que me dices que tienes una amiga que no es del St. Clare’s.

Pero casi mejor no ilusionarme demasiado, al menos no dar excesivas muestras de esa nueva mentalidad, Yuly tan solo acudía para estudiar, para que hiciéramos juntas ese trabajo para la asignatura de Spanish, para Mr. Bacon. quien en lugar de sugerirnos las típicas presentaciones del primer día de clase, nos había propuesto aquella actividad por parejas una de las dos le debía explicar a la otra las razones por las que se había matriculado en aquella asignatura y nosotras parecíamos las más desmotivadas, Yuly por que se trataba de un nivel muy básico cuando ya se consideraba bilingüe y yo que no sentía demasiada simpatía, por no decir que ninguna por la asignatura, el idioma, la cultura y el país de origen en particular. La motivación de Yuly por aquel trabajo, aparte de conseguir la calificación más alta posible y con ello que Mr. Bacon la considerase exenta de asistir a sus clases, estaba más en el hecho, en la curiosidad que le provocaba «la petarda» que se sentaba en el pupitre de al lado en clase, aunque el concepto que se empezase a formar de mí, esa primera impresión, fuera mucho más positiva que la que yo tenía de misma.

Mi arranque de sinceridad por reconocer que acudía a clase, a esa asignatura en concreto, obligada, que era mejor tener pegado mi culo en esa silla y la atención puesta en las explicaciones del profesor que sufrir las patadas en el culo que Ana me había prometido como no atendiera a razones, patadas tan fuertes que me iba a doler en lo más profundo del alma ya que me mandarían lejos del internado, de la posibilidad de que Daddy me encontrase, por lo cual lo de menos sería el daño físico, dado que ni lo notaría. Sin pretenderlo, yo misma había provocado que Yuly no pudiera reprimir su curiosidad por conocer de manera personal y directa mis circunstancias que mejor manera de saciar esa curiosidad que hacerme una visita para conocer mi mundo, el ambiente en que el que me había criado y convertido en mi particular jaula de cristal.

Me dio a entender que, aunque yo tenga la sensación de que incluso el sol gira en torno al internado, que vivo en el centro del mundo y soy capaz de llegar incluso con los ojos cerrados, porque se encuentra un poco más arriba del colegio, a la derecha, para Yuly es como si le hubiera dado las indicaciones de un laberinto sin salida, llegan más tarde de lo esperado porque se pierden, se confunden. Yo le di bien la dirección y las indicaciones, pero claro ellos son de West Roxbury, aunque por lo que la propia Yuly me ha comentado sus padres no trabajan lejos de allí y tal vez mi torpeza fuera pensar que conocían la zona.

Don: Hola. – Me responde. – No sabía que el St. Francis School contase con un internado. – Me comenta.

Sí, tengo la oportunidad de conocer a su padre, ¡Un padre! ¡Qué envidia! Uno que se toma la molestia de recogerla al salir de clase, y de llevarla hasta las mismas puertas del internado como si fuera lo más normal del mundo. Son esas pequeñas cosas que hacen todos los padres, excepto el mío, que ni tengo constancia de que sepa de mi existencia. Porque los padres de verdad existen, no son la invención de una adolescente con muchos pájaros en la cabeza y poco sentido común. Los padres tienen cara, son de carne y hueso. Es más, de seguro que los daros de este coinciden letra por letra con la información contenida en la partida de nacimiento de Yuly. Incluso es factible pensar que lleve una foto de ésta en la cartera y no tenga reparo en presumir de los logros académicos de ésta ante familiares y amigos. Un padre, además, moderno, de los que llevan teléfono móvil y no tiene reparo en que Yuly le llame ante cualquier percance o cambio de planes.

Nokia 1610 en 1995

Como toda buen amiga y como mandan las buenas costumbres cuando te invitan a una casa, Yuly me trae un regalo. ¡Un regalo para mí! ¡Sí, un regalo para Jessica Marie Bond de Medford! No para Ana, Monica ni ninguna de las niñas del internado. Para mi, sin que se mi cumpleaños ni haya hecho nada de particular para merecerlo. Un regalo que, además, no tengo que compartir con nadie, Un regalo que Yuly me ha traído para tener un detalle conmigo, para demostrarme lo mucho que valora esa amistad que espera se forje entre nosotras, con en el que me demuestra que escucha lo que le digo, aunque puedan parecer tonterías por salir del paso y que hasta ahora poca gente se ha tomado en serio porque son divagaciones de una adolescente, una chica con más sombras que luces.

Yuly: Si te pones quisquillosa, no te lo doy. – Me amenaza. – Lo he traído porque pensé que te gustaría. – Se justifica. – Es para agradecerte que me hayas invitado a venir. – Alega. – Te prometo que no te descubro nada que no quieras saber.

¿Cómo es Jessica, la chica del St. Clare’s?

Si queréis saber cómo soy, leed lo que se cuenta en esta secuencia de la novela o la novela entera lo que se ha publicado o comentado hasta ahora en el blog.

Lo que conviene saber, aclarar, más bien, es cómo es esta Yuly de catorce años toda risueña, jovial y deseosa de hacer nuevas amistades, porque, sin duda alguna, es una adolescente que se siente motivada. ¡Qué suerte! Tiene la posibilidad de tener una amiga en Medford, una amiga que, en cierto modo, ella misma se ha buscado. Una chica que no vive en su barrio, que ni siquiera es hija de unos conocidos de sus padres; una chica a la que cada vez que quiera visitar, sus padres la van a tener que traer, conceder ese voto de madurez, de confianza. Ya tiene catorce años. Edad para empezar a tomar un poco más de distancia con sus padres, aunque, por otro lado, siente y sabe que éstos tienen sobrados motivos para atarla más en corto, igual que les ocurre a las tutoras del internado conmigo. ¡A ver con qué tipo de gente se va a relacionar! ¡Dónde se meterá! Ambas estamos en una edad en que empezamos a necesitar llevar la paciencia de los adultos un poco más allá de los limites que se nos han marcado hasta ahora y ni la excusa ni la ocasión pueden ser más propicias, un cambio de centro educativo, que a la par implica reconocernos una cierta madurez, porque nos hemos alejado de nuestro ambiente, de casa.

Se podría haber fijado en una chica con unas inquietudes similares a las suyas, con un expediente académico equiparable; en alguien con una vida y circunstancias un poco más normales o normalizadas, en vez de la que parecer llevar escrito en la frente eso de «la tonta del barrio», una chica de padres desconocidos, criada en un internado y con evidentes traumas personales, una chica más propensa a sacar provecho de la buena predisposición y generosidad de Yuly antes que aportarle algo positivo. Que más que suponer un reto personal para Yuly, provoque que ésta se contagie de mi apatía y no sea tan inviable pensar que esta amistad afecte de manera negativa a sus resultados académicos. Sobre todo, si se toma como referencia que en el primer trabajo que tenemos que hacer juntas, Yuly se responsabilidad de todo el trabajo y yo me voy a limitar a mirar y dar mi aprobación sin poner casi nada de su parte, salvo la constatación de que no me agrada la asignatura.

Lo que a Yuly le impresiona, le cautiva de la personalidad de mí, de mis incoherencias, es que, a pesar de vivir en una casa de acogida, de parecer que tendría que vivir en unas condiciones de vida que ella no quisiera para sí; que por supuesto no lo quiere ni en sus peores pesadillas, dado que ella es feliz con sus padres. Éstos forman un matrimonio estable y los tres una familia muy unida, sin que ningún sufra problemas de salud y los económicos, dentro de lo que cabe, tampoco tienen nada de especial. Los dos padres trabajan, ella es hija única y aún pueden llegar a final de mes sin grandes apuros y sin lujos. Sin embargo, mi vida no es cómo parece que doy a entender. Tengo en mi dormitorio el poster de una película, lo que no está al alcance de cualquiera. Además, aunque comparto casa con otras catorce niñas, tengo una habitación para ella sola. Es más, esa vida horrible que le he comentado parece que tan solo se encuentra en mi cabeza, porque esa supuesta «bruja malvada» que me obliga a asistir a clases de Spanish en contra de mi voluntad, tiene más aspecto de ser un «hada madrina buena», algo así como una madre sustituta, aunque en su faceta de tutora.

Yuly se encuentra con que esta nueva amiga que pretende sea parte de su vida, en realidad, es una chica a la que merece la pena conocer, que a pesar de que en ocasiones tenga arranques y reacciones que le dejan un tanto helada, en el fondo, no es tanto lo que nos diferencia. Soy una chica que, como ella, estoy necesitada de una buena amiga. Además, aunque mi historia personal sea un poco absurda, el caso es que también soy hija de españoles, lo cual es un buen punto de partida. aunque éste sea justo el detalle del que presuma menos.

Yuly: ¡Dímelo a mí! – Replica. – A veces tienes unas contestaciones un poco sorprendentes. – Constata. – La primera vez que me acerqué a ti me dijiste: (Intenta imitar mi voz y actitud cursi) ‘Hablemos, pero no me cuentes nada de España’

06:30 PM Despedida

Todas las visitas, incluso ésta llegan a su final y uno de los inconvenientes que tienen los padres es que si dicen que pasan a recogerte a una hora determinada, más vale que no se os pase mirar la hora del reloj de vez en cuando para que no se os pase. Yo como ya vivo en el internado no me tengo que preocupar por eso, pero Yuly sí, sobre todo porque no tiene intención de quedarse,

Yuly: ¡Qué ya voy! – Le grita con desesperación.

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