Crónica de un vestuario

Etiqueta: Esperando a mi Daddy

Saturday, September 11, 1995 – 12:23 AM

Crónica de un vestuario: La lección de Yuly y el enigma de los chicos

Por Jessica Marie Bond

El peso de ser «el blanco»

No hay lugar en Medford High que me haga sentir más expuesta que el vestuario de Physical Education. Hoy ha sido nuestra segunda clase en las pistas y el ritual de cambiarse de ropa me resulta insoportable. No es solo el pudor de subirme la camiseta o bajarme los pantalones en un espacio compartido; es esa sensación punzante de ser observada incluso cuando voy completamente vestida. He tenido la mala suerte de ser la elegida, el objetivo de las bromas de Gabe y su grupo. Gabe se ha traído esa actitud arrogante desde el St. Francis, como si necesitara pisotearme para destacar y que nadie piense que es «medio tonto» o un «chico demasiado bueno» por venir de un colegio católico. Se engaña a sí mismo buscando hacerse el importante, pero de momento soy yo quien sufre las consecuencias de su inseguridad disfrazada de burla.

Gabe// Copilot

El choque de mentalidades: Ignorar vs. Enfrentar

Mientras me cambio con prisa, intentando ser discreta para no llamar la atención, Yuly rompe mi burbuja de ansiedad con una advertencia sobre «agujeros sospechosos» en las paredes. Su naturalidad me desarma. Estamos aquí porque, según ella, somos las «raras»: ella viene de fuera y yo no tengo a nadie más. Además, estamos obligadas a entendernos por ese dichoso trabajo de Spanish I para Mr. Bacon —o Mr. «Panceta», como ella le dice— en el que tenemos que escribir sobre la vida de la otra.

  • Mi postura (Jessica): Mi estrategia es el silencio. Estoy convencida de que si les ignoro, se cansarán. Me aterra que los profesores me tachen de «chica rebelde», una etiqueta que ya me colgaron en el pasado y de la que intento huir. Prefiero tragarme el orgullo y esperar a que el interés por fastidiarme se desvanezca.
  • La postura de Yuly: Ella se ríe de mi supuesta rebeldía («¡Eres una chica con demasiado cuento!», me dice). Para ella, el respeto se gana por la fuerza: «En cuanto le des a uno un par de tortas y vea que no te acobardas, el resto mirará para otro lado».

Me asombra la complicidad y la picardía con la que habla. Me trata como a una igual, pero su seguridad me hace sentir que ella ha descifrado un código que a mí me sigue pareciendo un enigma indescifrable.

Radiografía del «chico promedio» según Yuly

Chicos jugando al baloncesto

Yuly no tiene filtros cuando se trata de analizar a nuestros compañeros. Según ella, esperar madurez de ellos es pedir peras al olmo: «Chicos y sentido común son dos conceptos incompatibles». Me lo explicó con una crudeza que me dejó sin palabras, asegurando que no son un peligro real porque carecen de la capacidad intelectual necesaria: «¡Ya han malgastado la media neurona que hacía eco en su cerebro y ahora piensan con lo otro!». Para ella, si no se les ocurre espiarnos no es por respeto, sino porque son «más tontos de lo que parece». Aunque me da vergüenza hablar de estas cosas, su cinismo me ayuda a quitarle peso a la situación.

Geografía de la confianza: De West Roxbury a España

A veces me siento pequeña a su lado. Yo apenas conozco mi barrio y Carson Beach; mi mundo es el St. Clare’s y la vigilancia estricta de Monica y Ana. Yuly, en cambio, vive en West Roxbury, un lugar que me parece lejísimos. Ella ha «recorrido más mundo» y eso se nota en su falta de prejuicios.

Hoy, al verla cambiarse, me di cuenta de algo tonto pero real: las chicas de West Roxbury o las rubias de los suburbios son tan normales como yo. Llevan ropa interior normal y no tienen nada de raro. Yuly se mueve con esa naturalidad porque está acostumbrada a tratar con gente de orígenes muy variados, mientras que yo me siento acobardada por cualquier novedad. Además, está la realidad de la calle: se acerca el invierno, anochece antes y Monica y Ana están aterrorizadas por las noticias de ataques a chicas «confiadas». Mi libertad termina donde empieza el miedo de mis tutoras, mientras que Yuly parece habitar un mundo mucho más ancho y menos amenazante.

El castigo compartido y la revelación final

Esa libertad de espíritu nos ha costado hoy diez vueltas adicionales a la pista. Mr. Ford, que tiene una «mala leche» considerable, no nos perdonó que saliéramos del vestuario con tanta calma. Nos señaló frente a todos como «esas dos que van de paseo» y nos acusó de «ejercitar el músculo equivocado» (la lengua, en lugar de las piernas).

Nos obligó a correr en sentido contrario al resto, convirtiéndonos en un espectáculo para los chicos que jugaban al baloncesto. «Todo el mundo a las duchas, menos las dos cotorras», gritó Mr. Ford cuando terminó la clase, dejándonos solas para completar las últimas cuatro vueltas bajo su vigilancia.

He terminado agotada, sudorosa y preocupada por si este incidente me cuelga definitivamente el cartel de «problemática» ante los profesores. Sin embargo, mientras corría al lado de Yuly, he sentido algo nuevo. Ella no es «rebelde» por maldad, sino porque es más lista y segura de lo que el sistema escolar puede manejar. Al final, el profesor se ablandó un poco y nos pidió que no volviéramos a perder tiempo, pero el daño ya estaba hecho: me he convertido en una de las «cotorras». Y, sinceramente, si eso significa tener a alguien como Yuly de mi lado en este desierto que es Medford High, el castigo ha valido la pena.

Jessica//Nano Banana
Yuly

Origen

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