CAPÍTULO 1

Tuesday, April 21, 1981

Nací un nublado día de finales de abril, un martes después del Patriot’s Day, un día festivo marcado por las lluvias y las celebraciones religiosas del fin de semana anterior, por lo cual aquella noche el hospital Lawrence Memorial Hospital, en 101 Main St Medford, aún estaban en servicios mínimos y con la resaca de la fiesta nadie se esperaría que sucediera aquello, circunstancia de la que se aprovecharon quienes idearon mi abandono, quienes hicieron aquella crueldad conmigo, dado que no hay constancia de la hora ni del lugar exacto de mi nacimiento y, en tal caso, se toma la mañana de mi hallazgo como fecha más aproximada. En todo caso, mucha heroicidad y patriotismo no demostraron, si fueron capaces de abandonar a un recién nacido en aquellas circunstancias. Demostraron mucha delicadeza y cuidado con mi bienestar e integridad, pero no dejaron ninguna pista sobre mis verdaderos orígenes ni mi identidad, más que el hecho de que era hija de un padre demasiado joven para ser padre y de una madre que no quería ser identificada.

Los que conocen un poco la historia de España y todo lo referente a este país, de lo que soy una ignorante convencida, salvo por lo que a lo largo de mi época de estudiante me vea forzada a conocer y saber para superar con una calificación suficiente las asignaturas en las que esté incluido, mi nacimiento se produjo 57 días después del fallido golpe de Estado acontecido en España. Aunque no creo que haya ninguna relación entre dichos acontecimientos, dado que, por mucho misterio que haya entorno a aquel embarazo y mi nacimiento, no me considero una chica tan importante. Sin embargo, hay quien asegura que quizá mis padres se asustaran por aquel golpe de Estado y actuaran de manera precipitada, como si hubieran temido por mi seguridad. En cualquier caso, hay demasiadas incoherencias en aquellos dos hechos como para que estén relacionados.

Según me han contado, en la ronda de las siete de la mañana por la newborn nursery, cuando la enfermera contó los bebés que allí había, se dio cuenta que había uno de más, una cuna ocupada en la que se suponía no habría nadie, aparte que no había ningún cartel ni indicación de que allí hubiesen dejado un bebé a lo largo de la noche, aunque hubiera habido otros nacimientos y por lo tanto fue una noche de bastante movimiento de enfermeras y familiares. Encontraron un bebé cuyo nacimiento y llegada al hospital no constaba en ninguna parte. Era un bebé de apenas unas horas de vida, una niña bien vestida, con buen estado, pero a quien nadie identificó, por lo que la conclusión más lógica fue que me habían abandonado en medio de la confusión que durante la noche hubo en el hospital. La confirmación de dicho abandonó la encontraron cuando me sacaron de la cuna y apareció una carta tamaño cuartilla escrita a máquina donde informaban de algunos datos confusos sobre la identidad de mi padre y tan solo el apellido de mi madre. No se dejaba constancia de mi nombre ni de nada que aclarase mis orígenes o procedencia.

Para no referirse a mí cómo la niña abandonada, porque en aquel papel no había constancia de mi nombre, a una de las enfermeras se le ocurrió llamarme “Jessica Marie”, porque pocos días después le nacería una sobrina, a quien no le habían querido poner ese nombre, lo que compensaba su pequeña frustración. Como era un bebé abandonado hubiera válido cualquier nombre, pero a todo el mundo le pareció bien y nadie planteó otra alternativa. Para todos yo empecé a ser “Jessica Marie Bond”, la niña de todos, pero en realidad la de nadie, salvo por el hecho de que se dieron por ciertos los datos aparecidos en aquel papel, de manera que, aunque se desconociera la identidad de mi madre, salvo su apellido, Bond, nadie puso en duda los datos referentes a mi padre, por incoherentes o inconsistentes que éstos parecieran en un principio, al menos había algo con lo que se rellenó mi certificado de nacimiento, que era mejor que dejarlo en blanco o como “unknown”. Decisión que sin pretenderlo condicionaría el resto de mi vida y mi existencia, ya que se le daba a un extraño la potestad de reclamar su paternidad sobre mí; era un obstáculo a mi posible adopción por parte de cualquier familia interesada en mí, en una niña.

Aquella primera mañana de mi vida me la pasé sometida a reconocimientos médicos en busca de cualquier defecto que tuviera o pista que permitiera la identificación de mi madre, en busca de algún indicio o justificación para aquel abandono. Sin embargo, aparte de que se confirmó que era un bebé sano, algo llorón, porque no creo que aquella fuese una primera vivencia muy agradable, por lo demás no había nada más que indagar sobre mis orígenes ni sobre la identidad de mis padres o los responsables de mi abandono, por lo cual casi desde un primer momento pareció evidente que aquel sería un caso sin resolver, algo que puso de manifiesto los fallos en la seguridad del hospital y, más aún, en una zona tan delicada, porque igual que me habían dejado a mí, se hubieran llevado a cualquier bebé y nadie se hubiera enterado de nada. Para alivio de los responsables nadie denunció ninguna desaparición.

El personal del hospital se tomó la molestia de guardar aquella ropa, como otra pista más que ayudara en la aclaración de la identidad de mi madre o de los responsables de mi abandono porque, como tal, era un bebé sin nombre, sin ninguna identificación que me relacionara de algún modo con ellos en el supuesto de que llegado el momento cambiasen de opinión o quisieran saber de mí, porque resulta muy complicado que alguien acuda a la Policía o se presente en la recepción del hospital y pregunté por mí con la única información del lugar y fecha en que me abandonaron y con claros indicios de que no esperaban que quedara ningún rastro ni en uno ni en otro sentido, más allá de ese papel y la referencia a mi padre, o a quien se indicaba que lo era, sin que como tal esos datos resultasen muy creíble o coherentes tal y como estaban escritos. La veracidad o falsedad de éstos se dejaba a criterio de quien leyera esa nota y diera más relevancia a unos datos que a otros. En cualquier caso, la procedencia de esa ropa suponía un indicio claro de hacia dónde dirigir las investigaciones, en el supuesto de que éstas se iniciasen alguna vez con intención de identificar a mi madre, a los responsables de mi abandono en mi lugar de nacimiento.

De aquel hospital, cuando se cumplieron los plazos y trámites pertinentes, me llevaron al “St. Clare’s Home for girls,” que está en 193 Fulton St., en el cruce con Earl Ave, un hogar de acogida católico que en aquella época estaba dedicado a la recogida a niñas sin hogar entre los 0 y 14 años de edad, aunque con tendencia a recoger tan solo a niñas en edad de escolarización, derivando a las menores a otros centros mejor preparados, por lo que mi caso se consideró casi el último de los bebés acogidos que no fue trasladado. Mi caso casi fue una situación excepcional ante la expectativa de que se localizase a mi padre y me entregasen a éste cuando reclamara mi custodia, de tal manera que mi permanencia en el St. Clare’s facilitase esa entrega y que se me tuviera localizada, sin que fueran necesarios muchos más trámites.

El St. Clare’s Home depende administrativamente del St. Francis of Assisi School (1 St. Clare’s Road, Medford), de modo que las internas son alumnas del centro hasta que pasan al High School, con opción de traslado a un high school católico o estatal, según la valoración de las responsables del St. Clare’s, con preferencia por Matignon High. Aunque la primera opción es que las niñas consigan una familia de adopción o de acogida, lo que no es posible en todos los casos debido a las circunstancias y los condicionantes de cada caso. Mi caso en particular se consideró uno de los que tendría complicaciones, en principio únicamente legales, pero pronto aparecieron otros de tipo psicológico por las consecuencias que esa falta de cariño paterno tendría sobre mi desarrollo personal. Como alguna vez me insinuaron, yo no había nacido para que me abandonaran y ante esa incoherencia me costaba asimilar la situación en que me encontraba, de tal manera que arrastraba conmigo esa falta de cariño, ese anhelo de encontrar y recibir el amor de mis padres, cariño que el personal del St. Clare’s era incapaz de suplir, porque tampoco les daba muchas ocasiones para ello. Era como si aún esperase la primera prueba de amor de mi madre previa a que ésta hubiera consentido que nos separasen. Sin esa experiencia vital se me había privado de la oportunidad de reconocer el cariño cuando se me daba.

El caso es que mis primeros días de vida no fueron una experiencia demasiado gratificante para nadie, como si con mis llantos y desvelos culpase a todo el mundo de mis circunstancias. Era como una provocación continua para que no abandonasen la búsqueda de mi madre y me devolvieran a ella, pero lo único que conseguí fue la desesperación de las cuidadoras, se generó un mal precedente de lo que sería mi estancia allí. Quedó claro que a ningún matrimonio ni a nadie le interesaba la adopción de una niña que se pasaba la mayor parte del tiempo entre llanto y llanto. Las cuidadoras descansaban tan solo cuando me vencía el agotamiento y lograban que me durmiera, lo que me sentaba de maravilla, porque en ocasiones eran más de siete u ocho horas seguidas, tras lo cual despertaba con hambre y con una vitalidad que casi era preferible que durmiera un poco más.

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