Esperando a mi Daddy (1)

FRIDAY, JUNE 23, 1995

(…)

10:30 AM. Bedroom

Ana: [Se asoma por la puerta] ¿Jessica, en cuánto tiempo te preparas la maleta? – Me pregunta con toda intención y gesto serio. – Nos marchamos dentro de una hora y más vale que te des prisa. – Me advierte. – No hace falta que te cambies. Así vas bien. – Me dice para que no me entretenga.

Jess: ¿Ha venido Daddy? – Le pregunto ilusionada a la vez que contrariada por la noticia. – No me voy del St. Clare’s ¿verdad? – Le digo con temor. – ¡Al campamento tampoco voy! – Recalco. – Este verano ya soy mayor. – Argumento.

Ana: No, no ha venido Daddy ni hemos recibido noticias suyas; nadie te echa de tu habitación y ya es tarde para que te apuntes al campamento. – Me dice y responde a mis tres inquietudes. – Tan solo te lo digo porque necesito que me acompañes en un viaje. – Me explica. – Salimos dentro de una hora. Te hubiera avisado antes, pero no he conseguido la autorización hasta hace media hora. Tampoco he querido darte ocasión a que te escondas. – Alega.

Jess: ¡No voy a ninguna parte, si no es con Daddy! – Le advierto dispuesta a agarrarme a donde sea para que no me saquen de la habitación ni del edificio. – La idea era que nos quedaríamos las dos solas en el St. Clare’s todo el verano, como siempre. – Argumento. – He pensado en unos cuantos libros para ganarme las visitas a la playa. – Justifico para que me vea animada a cumplir nuestro acuerdo al respecto y que no recelo de la lectura en español.

Ana: Como sabes, el St. Clare’s cierra por reformas durante dos semanas. Hay que aprovechar estas fechas para que continúen las mejoras en el edificio. – Me explica. – No te puedes quedar sola. – Me advierte. – Monica se marcha de vacaciones y yo me he ofrecido a llevarte conmigo. – Me explica.

Jess: ¡El St. Clare’s no puede cerrar! – Recalco como si me hubiera dado la peor de las noticias. – Es verano y quizá este año Daddy sí que venga.

Ana: La parroquia de St. Francis permanecerá abierta, de manera que no te preocupes. – Me ruega. – Si viene alguien y pregunta por ti, le dirán dónde estás y no habrá ningún problema, te lo aseguro. – Dice para que me tranquilice. – Llamaremos todos los días para que nos confirmen que nadie ha preguntado por ti. – Me promete. – Te vienes conmigo y te prometo que dentro de dos semanas estaremos de regreso y seguirás con tus planes y planteamientos para este verano.

Jess: ¿Y si me quedo en la casa de los sacerdotes? – Pregunto como alternativa. – Prometo comportarme. Me instalo en el trastero y no les molestaré. – Le indico. – Ocupo poco y ya sabes que no soy nada problemática. Tan solo una adolescente con los líos mentales propios de esta edad. – Alego. – Te prometo que me comportaré y no tendrás queja de mí cuando regreses. – Le aseguro. – Casi ni se darán cuenta de que estoy.

Ana: Te vienes conmigo. – Sentencia para que entienda que no hay alternativa. – Eres a la única a quien no le hemos encontrado una familia de acogida ni apuntado al campamento. – Justifica. – Dormir bajo un puente no es una opción que se admita. – Aclara. – Además, no creo que con tus “líos mentales”, como los llamas, los sacerdotes te soporten más de cinco minutos.

Jess: Seguro que las obras no son en todas las habitaciones. – Replico. – Si me quedo aquí, no molestaré.

Ana: ¡Venga, no seas tozuda! – Me ruega. – Será por dos semanas y te prometo que llamaremos todos los días por si Daddy ha preguntado por ti. – Me promete. – Si podemos, volveremos antes.

Jess: ¿Tú vas muy lejos? – Pregunto con inquietud y la esperanza de que la respuesta no me asuste.

Ana: Cogeremos un par de aviones. – Me responde. – Si no quieres saber a dónde. porque te asustarás, no te lo digo. – Me propone. – Tan solo serán dos semanas. Si es posible, nos volveremos antes. – Reitera.

Jess: Si conociera a alguna chica por el barrio, tal vez me quedaría en su casa. – Le comento, porque me parece que es la alternativa más admisible. – Estoy casi segura de que tal vez aún haya alguna posibilidad, tan solo hay que preguntar.

Ana: ¡Es un poco tarde para que hagas nuevas amistades y le pidas que te incluyan en sus planes! – Me responde con incredulidad. – Tanto las reformas en el St. Clare’s, cómo este viaje, se planean desde hace varios meses y te aseguro que he buscado otras alternativas, pero, al final, tan solo queda que te vengas conmigo. – Me explica.

Jess: ¿Me tengo que ir por las malas? – Pregunto con gesto serio, por si aún cabe alguna escapatoria. – ¡Si me tengo que ir por las malas, no voy a ninguna parte! – Le aseguro. – Me agarro a donde sea para que no me saques de aquí. – Le advierto. – Puede que lleguen noticias o Daddy venga mientras estemos fuera

Ana: Mejor que sea por las buenas y no te olvides el traje de baño. – Me responde. – Donde vamos hay piscina, pero no playa. – Me indica. – Estoy segura de que cuando estemos allí te querrás bañar y ya sabes que sin traje de baño no te acercas al agua.

Jess: ¡Será por las malas! – Le contesto con complicidad y resignación. – Si fuera por las buenas, no me convencerás porque no voy a ninguna parte, si no es con Daddy. – Le indico. – Estoy segura de que no me llevas con él. – Alego.

Ana: Déjate de bromas y date prisa en hacer la maleta porque el taxi estará en la puerta dentro de diez minutos y el avión no espera a nadie. – Me ruega con buen humor y sin creerse mucho mis reticencias. – Si te portas bien, te diré dónde vamos y quizá te sorprenda. – Me insinúa. – Como te he explicado antes, hasta hace media hora no me han dado la autorización. Si no te he avisado es por eso, para que no montes el escándalo de siempre.

Jess: ¡Ya te he dicho que yo no voy a ninguna parte! – Replico en actitud desafiante. – No me importa, si duermo en la calle hasta que abran el St. Clare’s de nuevo.

Ana: Mete en la maleta lo que quieras, y vente conmigo. – Me ruega en tono cordial. – Te aseguro que, como te vayas con Monica, las vacaciones no serán tan divertidas. – Argumenta. – Te prometo aire libre y piscina, incluso, tal vez al final, me des las gracias. – Me aclara con ánimo. – Vamos a casa de unos amigos y tendrás una habitación para ti sola durante el tiempo que estemos con ellos. – Me indica. – ¡No les hagas este feo! – Me ruega.

Jess: L ¡Qué no! ¡Qué yo me quedo! – Le digo con firmeza.

Ana: Si quieres que sea por las malas, será por las malas. – Sentencia con toda tranquilidad y adopta una actitud menos benevolente. – (Gesto serio y voz firme) ¡O te haces la maleta ya mismo o te vas con lo puesto! – Me amenaza. – Te bañarás desnuda en la piscina porque no gastaré un centavo en conseguirte lo que ahora no te lleves. – Me amenaza. – Mejor dicho, no te bañarás, porque no consentiré que te acerques a menos de veinte metros, aunque te ases de calor. – Me advierte con firmeza y con gesto de que habla en serio.

Jess: L ¡Qué no! ¡Qué yo me quedo! – Le contesto con firmeza.

Ana: ¡Tú lo has querido! – Amenaza. – Que te conste que te he avisado y te lo he pedido por las buenas. – Dice para justificarse ante su proceder.

En vista que me cruzo de brazos, agacho la cabeza, me siento en el borde de la cama y respondo con una actitud desafiante a sus amenazas, pasa de las palabras a los hechos, saca mi maleta del armario, la abre sobre la cama y mete en ésta lo que le parece, sin preocuparse por nada. Porque sí, porque aunque no quiera saberlo ni sea necesario, dispongo de una maleta que nunca he tenido la necesidad de usar y que tan solo sirve para ocupar un espacio vacío en el armario, para que el aspecto de éste no parezca tan desolador cuando se abren las puertas, dado que mis pertenencias son pocas, aunque mis sueños y necesidades sean tantos que necesitaría un rascacielos entero para darles cabida, pero me temo que en el St. Clare’s hay presupuesto para todo menos para mis tonterías y ahora mismo Ana no tiene ánimos para admitirme ninguna por muy testaruda que me ponga. 

La cuestión es que la maleta no vaya vacía, Ana se preocupa de llenarla tan solo para que no haga el viaje con lo puesto, ya que en dos semanas aún cabe la posibilidad de que cambie de opinión y agradezca el viaje, e incluso lo disfrute como si me hiciera ilusión desde el primer momento. Lo peor es que creo que Ana es capaz y no incluirá ningún traje de baño, de manera que, aunque me derrita de calor y muera por lanzarme al agua, me quedaré con las ganas porque no me bañaré vestida ni desnuda en la piscina. Se supone que nos ausentaremos dos semanas, pero eso para mí es casi una eternidad; ¡Dos semanas durante las cuáles el St. Clare’s estará cerrado por reformas! ¡Dos semanas durante las cuales hay una mínima posibilidad de que Daddy venga a por mí y tal vez no tenga la ocurrencia de preguntar en la parroquia, porque ni siquiera sepa que el St. Clare’s depende de ésta! Para él habrá sido un viaje en balde, ya que habrá llegado hasta aquí y ya no habrá otra pista ni indicio por la que localizarme, ya que yo ni siquiera sé dónde me lleva Ana. De hecho, prefiero que no me lo diga porque cualquier sitio me parece que está demasiado lejos.

Ana: [Me muestra un bikini azul] Te llevas el traje de baño ¿o estarás de morros las dos semanas? – Me pregunta con su cordialidad habitual. – (Me mira mientras espera una respuesta) Supondré que algún día te animarás. – Dice en respuesta a mi silencio.

Ante la expectativa de cómo se llena la maleta, en mi cabeza la respuesta es de total indiferencia, que da igual lo que Ana meta en ésta porque no iré a ninguna parte mientras no sea Daddy quien venga a por mí o aseguren que me llevan a su lado. Sin embargo, esta segunda posibilidad queda descartada porque Ana es la primera que reconoce que la información que sabemos resulta demasiado confusa y no hay por dónde empezar ni qué considerar que sea cierto o falso, a pesar de que dudar de la veracidad de cualquiera de los datos implica que se dude de todos y lo que nadie se cuestiona es que esos datos estaban en la carta que dejaron conmigo cuando me abandonaron, por lo cual se supone que tienen alguna intención. ¡Es absurdo que alguien deje datos falsos! Para Ana lo único que tiene validez es el lugar y año de nacimiento: “Toledo, Spain, 1974”. Si se confirmara que eso es cierto, todo lo demás tendrá consistencia, porque de toda la información es lo único que no cuadra con “Medford, Massachusetts, USA, 1981”, en esa hipotética paternidad.

Supongo que, si me hubiera avisado antes, se habría topado con que no me encuentro en el St. Clare’s Home ni por los alrededores hasta cerciorarme que desistía de sus planes o era lo bastante tarde como para que una chica de mi edad no ande por ahí sola por la calle. De ahí que no me haya dado opción a que me piense lo de la fuga. Esta vez no tengo escapatoria y mis trucos no me servirán. Da lo mismo cómo vaya vestida o la actitud con que me lo tome, me llevará con ella de todas maneras. Reconozco que la noticia de que el St. Clare’s Home estará en obras este verano no es ninguna novedad, ni tan siquiera que Monica o Ana aprovechen las próximas semanas para tomarse unos días de descanso, ya que aquí apenas queda nadie y ellas también se merecen unas vacaciones, con independencia de lo que yo haga, mientras se aseguren que no me quedaré sola. Lo inesperado es que este año Ana me haya incluido en sus planes y por sus palabras entiendo que no ha sido una decisión que haya tomado en el último momento, sino algo que ha preparado desde hace algún tiempo, como si ésta fuera una exigencia ineludible para que yo me quede aquí los próximos años, una prueba para que los administradores se convenzan de que se me puede sacar de aquí, aunque sea por las malas. Si no me da opción a que me lo piense, tampoco se sentirá culpable porque me haya fastidiado unos planes que reconozco aún no tengo. Todo lo había aplazado hasta el momento en que terminasen las clases y estuviera segura de que este verano tampoco me movería del St. Clare’s, aunque los precedentes son como para que fuera optimista. Sin embargo, esta vez mis expectativas no se cumplen, Ana me saca de aquí y le da igual si ha de ser a rastras o desbordada por la emoción del viaje.

Ana: ¿No me ayudas? – Pregunta con intención. – Te advierto que más vale que te hagas una maleta en condiciones porque, de lo contrario, cuando te lamentes, ya será tarde.

Jess: ¡Ya te he dicho que no iré a ninguna parte! – Replico malhumorada. – ¡Me quedo aquí como todos los años! – Afirmo con rotundidad.

Ana: Te meto lo que me parece y con eso te apañas hasta que volvamos. – Me advierte. – ¡Ya no eres tan pequeña y sabes que soy responsable de las chicas de Primaria! – Me avisa y justifica por si después me encuentro con la maleta vacía o que no me gusta lo que me haya metido.

Jess: ¡No me hagas la maleta, porque no iré a ninguna parte! – Le reitero, aunque soy consciente de que mi opinión le importa menos que nada.

Ana: Por mucho que te empeñes, me parece que la tontería no cabe en la maleta. – Me responde en tono afable. – Le haría un hueco junto al cepillo del pelo, pero seguro que en el aeropuerto lo rechazan por sobrepeso. – Me dice sin perder el buen humor.

Jess: ¡Mete lo que quieras, porque no pienso moverme de aquí! – Replico convencida.

Ana: ¡Te mereces que te dé una ducha fría a ver si así eres un poco más sensata, pero no tenemos tiempo! – Me advierte.

Mientras hablamos los cajones y estantes del armario se vacían mientras que la maleta se llena de manera tan ordenada que siempre parece que queda sitio para algo más. Si por mí fuera, dejaría todo cómo estaba, pero Ana no está dispuesta a ser muy condescendiente en esta ocasión. Como no estoy muy colaboradora, tampoco se muestra muy selectiva a la hora de hacer mi equipaje, pero está claro que no está dispuesta a consentir que me quede ni a que la maleta vaya medio vacía. La suerte es que los armarios del St. Clare’s no son muy grandes y, más que capacidad, les falta ropa con que llenarlos. No somos pobres, pero vivimos sin excesos y gracias a la generosidad de la gente. Se cumple con todos los requisitos y condiciones, pero con un presupuesto ajustado. Aparte que, debido a mi costumbre de no ir a ninguna parte, aunque me obliguen, entiendo que se me considera un gasto extra, como lo será mi estancia durante los próximos años. De tal manera que, mientras observo con impotencia cómo se llena la maleta, tengo la impresión de que este verano Ana reducirá gastos para que el saldo a final de año sea favorable. Que me ausente durante dos semanas es una ganancia para todos. Sin embargo, sospecho que el viaje no será barato, pero que, si me quiero quedar durante los próximos años, si Ana ha conseguido que los administradores se convenzan y tengan esta consideración conmigo, esperarán que haya algún cambio por mi parte. Mi plaza en Matignon High me la guardan hasta comienzo de curso, por si hubiera un traslado de expediente en el último momento, pero me da la sensación de que Ana pretende que no me sienta tan segura aquí por el hecho de que de momento me haya librado del traslado. Todas las chicas tenemos que pasar por la experiencia de ver cómo sacan nuestras maletas a la calle y conmigo se ha tenido demasiada paciencia.

Ana: ¿Estos shorts te están bien? – Me pregunta por si he cambiado de actitud. – ¡Cómo no colabores un poco me temo que te pasarás las dos próximas semanas en pijama! – Me amenaza con cierta consideración. – Pero eso no me impedirá que salgamos de paseo, porque estoy segura de que tendrás curiosidad por conocer el lugar.

Según la opinión de Monica, ya visto casi en pijama cuando llevo ropa informal, la que me consigo por mi cuenta, pero con la confirmación de que no es fruto del trapicheo, sino de la tienda. No guardo el ticket de compra, porque no quiero que me pregunten cuánto me ha costado, no sea que piensen que malgasto los ahorros en caprichos. El caso es que tengo mi propio estilo de vestir, que me permito demasiadas rebeldías o libertades, a pesar de que soy una chica del St. Clare’s Home y se supone que tenemos lo justo para vivir, sin lujos. Reconozco que no causaría buena impresión entre la gente del barrio que alguna de nosotras destacase por llevar ropa cara cuando en las misas de la parroquia, cada cierto tiempo, se pide un donativo para los niños necesitados y nosotras nos damos por aludidas. De hecho, cuando pasan el cepillo nosotras casi estamos obligadas a echar algo, a ser las primeras que demos ejemplo de generosidad. Por lo cual, dado que no dispongo de excesivo dinero propio para ropa, me apaño con lo que ahorro. Si con ello Monica piensa que voy en pijama, tal vez haya de darle la razón, dado que exigirle un aumento en mi asignación no es factible. Me visto para estar cómoda y diferencio bien lo que es la ropa de calle y el pijama. Si alguien se burla de mí que sea por su propia ignorancia, más que por el hecho de que me haya puesto en ridículo delante de todo el mundo.

Me siento humillada, atrapada tanto por el hecho de que no tengo escapatoria para las imposiciones de Ana, porque lo quiera o no me llevará con ella, como por el hecho de que sin la necesidad de que me quite nada es como si me desnudase, como si mientras vacía el armario quisiera dejar constancia de lo que llevo puesto, tanto lo que se ve a simple vista como lo que no. La cuestión es que esta mañana me he vestido con idea de quedarme en el dormitorio, para estar cómoda, no para salir a la calle, aunque no haya problema en recibir visitas. Sin embargo, me temo que Ana tiene en cuenta ese detalle y prefiere no entrar en discusiones. Nos tenemos que marchar y no me dará ocasión a que retrase nuestra salida, porque igual me cambio de ropa en cinco minutos como tardo cuatro horas. Es más, una vez que se ha llenado la maleta y el armario ha quedado casi vacío no hay mucho que pensar al respecto, me quedo con lo puesto y ya me cambiaré en otro momento menos comprometido.

Ana: Alegra esa cara. – Me ruega animada. – Cualquiera diría que te llevo a la cárcel o algo peor. – Alega. – La verdad es que no sabes la suerte que tienes y estoy segura de que a más de una de las chicas les entusiasmaría un viaje como éste. – Me dice. – Como sabes, no es habitual que me lleve a ninguna conmigo, de manera que considérate una privilegiada.

Si me subo a algún medio de transporte que me saque del barrio, mejor que sea para llevarme a Carson Beach y traiga de regreso antes de que anochezca, lo demás no me interesa lo más mínimo, de manera que Ana exagera, si espera que me entusiasme con este viaje. No me ha dicho dónde vamos. Tan solo que estaremos lejos durante un par de semanas, lo que implica que en ese tiempo hay demasiadas probabilidades de que Daddy venga y no me encuentre. Estamos a comienzos del verano. Tal vez Daddy haga el viaje en sentido contrario, en España también han empezado las vacaciones. Quizá ya se haya planteado que soy lo bastante mayor como para que pase unos días con él o me quede en su casa para siempre, por lo cual vendrá a por mí antes de que comience el nuevo curso. Si tan solo me quedo con él unos días, mejor que sea cuanto antes, si no, Monica y Ana se preocuparán porque no se me haga tarde para volver. En septiembre empiezo las clases en el Medford High y estaría mal que lo hiciera más tarde que mis compañeros. Supongo que, si Daddy tuviera conocimiento de mi existencia y quisiera que me fuera con él, ya se habría puesto en contacto con el St. Clare’s, dado que no creo que con este asunto se improvise. Ana ha dicho que lleva varios meses con las gestiones de este viaje y hasta hace media hora no tenía seguro que fuera con ella. El riesgo ha sido que lo ha planificado todo sin saber si al final obtendría la autorización. La economía del St. Clare’s no está como para que se malgaste el dinero de esa manera.

Ana: ¿Quieres algo más? – Me pregunta. – No sé si la maleta es demasiado grande o tú estás escasa de ropa, pero aún queda sitio para algunas cosas. – Me indica. – Si no dices nada, la cierro, te llevo de las orejas al cuarto de baño para que hagas un pis rápido y nos bajamos a la calle porque el taxi está a punto de llegar.

La ropa que queda en el armario, por no decir que lo ha dejado casi vacío, es la ropa de invierno y el uniforme del colegio, aunque, dado el clima que suele haber en Medford, con tantos meses de frío, casi sería más lógico pesar que la maleta va medio vacía. Que no sé dónde vamos, pero hasta ahora no he estado preparada ni mentalizada para irme de aquí, por lo cual, si Ana ha sacado la ropa de los cajones para que no me vaya con lo puesto o porque éste viaje es menor improvisado de lo que a mí me parece. Incluso me atrevo a pensar que llevo la ropa que me llevaría a Carson Beach si fuéramos a pasar el día y ha metido algo más ante la expectativa de que allá donde vamos nos quedaremos a dormir y se espera que en algún momento haya de tener un aspecto un poco más formal. Pero vayamos donde vayamos no pienso ir a ninguna parte, salvo de regreso al internado.

El St. Clare’s Home no anda sobrado de dinero, por lo cual no creo que el hecho de que la maleta vaya medio vacía sea porque ésta es demasiado grande ni porque en los últimos meses de curso, en los últimos dos o tres años, mi trapicheo con la ropa casi haya quedado en el olvido, porque aparte de que sea consciente de que Ana me controla más en ese sentido, para que no regrese del colegio con más, menos ni otra ropa de la que me haya puesto por las mañanas, lo cierto es que el interés de los chicos por hacer tratos conmigo ya no me convence tanto. Supongo que me ocurre lo mismo que con los chicos del parque. He empezado a darme cuenta de que sus intenciones no son tan inocentes como las mías y no estoy dispuesta a que se aprovechen ni me tomen por tonta, dado que no lo soy, aunque ello me haga merecedora de algunas burlas y enemistades. No es culpa mía que hayan cambiado mis gustos o necesidades con respecto a la ropa, sobre todo que me controlen más que a las demás chicas del St. Clare’s. Las apuestas que me hacen los chicos resultan demasiado estúpidas y tampoco estoy dispuesta a que se queden con prendas que considero personales. Cuando tan solo se trataba de sudaderas y pantalones no había problema.

No me obligará a que me cambie, no sé si porque considera que dentro de lo malo mi vestuario es aceptable para que salga a la calle o porque en vista de mi actitud no tiene interés en discutir conmigo y que aumenten las discrepancias entre nosotras. Si pretende que la siga, que sea una chica sumisa, más que obediente, mejor que no me ponga nerviosa ni más alterada de lo que me siento al saber que me saca del St. Clare’s, que nos vamos, y no se admiten negativas ni objeciones por mi parte. Ana no es de las que recurre a la fuerza para imponerse, en ese aspecto es más dialogante que Monica. Sin embargo, cuando ha tomado una decisión y dado una orden, lo recomendable es no rebelarse o sufriremos las consecuencias de su firmeza. En esta ocasión me temo que ya he hecho méritos suficientes como para que haya perdido toda su confianza y no esté dispuesta a ser muy condescendiente. Puede decirse que me saca del St. Clare’s por las malas, aunque no a rastras, dado que no es su estilo. A su favor cuenta con la ventaja de que me asusta más la mudanza a Matignon High que un viaje sorpresa de una o dos semanas a un destino desconocido, porque del viaje se vuelve, de Matignon High quizá ni siquiera se me permitiera venir por aquí de visita, ante la posibilidad de que después no me quisiera marchar.

Ana: Venga, mueve esos pies hacia el cuarto de baño, si no quieres que te ponga un pañal o lleves los pantalones sucios hasta que lleguemos a nuestro destino. – Me ordena. – No me obligues a llevarte de las orejas, porque sabes que soy capaz y estoy segura de que no te gustará la experiencia. – Me advierte. – Pon un poco de colaboración por tu parte. – Me ruega.

Jess: Ya voy. – Le digo con desgana y resignada.

Espero que esto no sea más que una broma pesada, que me quiera dar una lección para que no me sienta tan segura y dé cuenta que no hay razón para que me considere una privilegiada por el hecho de que el próximo curso siga aquí. Mi maleta y mis pertenencias salen por la puerta con la misma facilidad que para las demás, con la única diferencia que, tanto Jodie, Brittany y cuantas chicas me han precedido, lo han hecho con un entusiasmo que casi han tenido que frenarles en la puerta para que sus prisas no provocaran un accidente en la calle, porque a veces han salido demasiado lanzadas. Sin embargo, a mí no me sacan de aquí ni por las buenas ni por las malas, al menos así ha sido hasta esta tarde. Todo el mundo está convencido de que, si se derrumbara el edificio, lo único que quedaría en pie, la única evidencia de que aquí alguna vez estuvo el St. Clare’s Home, sería que yo seguiría a aquí a la espera de que Daddy viniera a por mí. Ana no está dispuesta a ser tan condescendiente con mi testarudez y espera que pase por la experiencia de saber qué se siente lejos de aquí. Si no se trata más que de una broma o de una lección, estaremos de regreso antes de que anochezca, dado que sacarme del barrio, de Medford, del condado, del Estado, del país o del continente, se entenderá como un secuestro, salvo que me lleve con Daddy y la única que aún no me he enterado de ello soy yo porque se trata de una sorpresa. Sin embargo, si hubiera descubierto algo de Daddy, me lo habría dicho. Me prometió que no tendría secretos conmigo y a veces asegura que soy más lista de lo que me creo porque tengo orejas en todas partes y me entero de todo antes que nadie.

No tengo ganas de ir al cuarto de baño y menos aún de que me saquen de aquí por las malas y sin saber el destino, pero la actitud de Ana no me deja alternativas. No se muestra nada dialogante y, dadas las circunstancias, casi mejor que no me ayude a bajarme los pantalones como si aún fuera una niña pequeña. Ya hace tiempo que sé ir sola al cuarto de baño, aunque no demuestre la misma seguridad en lo referente a alejarme del St. Clare’s y menos aún para irme tan lejos que ni yo misma sepa dónde voy. Conozco a Ana y sé que nunca amenaza en balde, de manera que me conviene que mi visita al cuarto de baño sea provechosa porque no sé cuándo tendré una nueva oportunidad y tampoco me atrae la idea de hacérmelo encima, sobre todo porque, si hemos de ir lejos, el viaje será largo, pero mi capacidad de aguante es limitada. Hasta ahora siempre he tenido un cuarto de baño cerca, pero no sé dónde vamos y, en consecuencia, perderé tiempo en localizar alguno. De todos modos, tampoco me aguantaré hasta que regresemos al St. Clare’s, porque me temo que estaremos lejos varios días y no tengo tanta capacidad de retentiva.

Ana: Espabila que el taxi llega en dos minutos y conviene que estemos en el porche. – Me indica sin perder la seriedad ni la firmeza. – Mejor que no hagas ninguna tontería, porque te agarro de las orejas y no te suelto hasta que lleguemos a nuestro destino. – Me advierte. – Si saltas por la ventana que sea para llegar antes que yo al porche. – Me dice con un poco de complicidad.

Jess: ¡Ya voy! – Le contesto porque está claro que no me deja otra alternativa y ahora mismo no me concede ningún voto de confianza.

Nunca he estado tan loca como para saltar por la ventana del cuarto de baño cuando he querido escaparme sin que nadie me viera. Estamos en un segundo piso y la ventana no es tan accesible, pero sí es cierto que en alguna ocasión he utilizado el truco de decir que iba al cuarto de baño para marcharme por la puerta del patio y no regresar hasta una hora después, si es que no me han ido a buscar antes. Lo malo es que Ana ya se conoce mis trucos después de estos años y no es tan fácil que me libre de situaciones que no son de mi agrado. Con ella en la casa la única salida es que cuente con su consentimiento y conocimiento previos. Sin que haya llegado al extremo de encerrarme con llave o mantener la puerta abierta de par en par, aunque hubiera visitas o yo me tuviera que dar una ducha. Esta mañana me temo que sus insinuaciones y amenazas van en ese sentido. O me comporto como debo o no me quitará el ojo de encima ni cuando vaya al cuarto de baño, para lo que empezará ahora mismo, como le dé motivos. Lo cierto es que prefiero que me dé un cierto margen de libertad, al menos cuando necesito un poco de intimidad.

No hay tiempo que perder de manera que ni se me ocurre pedirle cinco minutos para cambiarme de ropa, peinarme ni para cualquier cosa que considere sospechosa e implique un retraso en nuestra marcha. Me tendré que ir tal y cómo estoy, como si ello me fuera indiferente o de buenas a primeras me hubiera vuelto la chica más coqueta y presumida del mundo y me preocupase en exceso la primera impresión. Ana ha dicho que nos vamos y en lo único que debo pensar, que de verdad me ha de preocupar, es que a partir de ahora y no sé hasta cuándo lo tendré complicado para acceder a un cuarto de aseo, por lo cual me debería sentir afortunada porque Ana lo tenga en cuenta y me permita que vaya ahora. Tal y como ella me ha insinuado, me podría negar, pero las consecuencias y repercusiones serán para mí, lo que ambas sabemos no será una situación ni sensación agradable por lo cual más me vale que no me haga de rogar o después será ella quien no atienda a mis ruegos y recuerde que ya tuve mi oportunidad y la desaproveché con pleno conocimiento

Al menos me temo que en esta ocasión ella ha sido bastante más previsora que yo y el hecho de que esta mañana me ha escogido la ropa ha sido con toda intención. Tal y como me ha dado a entender, este viaje no es improvisado y se las ha ingeniado de manera que a mí no me quede escapatoria, aunque sí la sospecha de que no la habrá pasado por alto, por lo cual no tengo la menor posibilidad de negarme ni de retrasar nuestra salida, salvo que pretenda ser más lista de lo que he demostrado hasta ahora y, en tal caso, quizá me libre del viaje, pero comenzaré el nuevo curso como estudiante del Matignon High, adonde le será más fácil que a este viaje mucho más económico. La cuestión es que, por las buenas o por las malas, Ana espera que haga este viaje con ella. La recompensa será que algún día encontraremos a Daddy y me podré ir con él, si éste me acepta, porque, si me viene a buscar y yo no estoy aquí, quizá piense que ha perdido la última posibilidad de dar con mi paradero.

Ana: Espabila que el taxi llega en un minuto y conviene que le esperemos en el porche. – Me indica sin perder la seriedad ni la firmeza.