¡A ese no, Jerusalén!

Escucha, Jerusalén, a tu pueblo,
escucha el grito de la plaza
“¡Crucifícale, a ese, crucifícale!”
Escucha que dicen mi nombre,
que ya me asignaron la cruz,
que ya me ponen las cadenas.
Pero escucha a tu pueblo gritando:
“¡Libérale, a ese no, libérale!”.

Mira, Jerusalén, que me liberan
que yo mentí, que ya llevo cadenas,
que pusieron la cruz en mis hombros,
pero mira que ahora me liberan.
“¡Crucifícale, a ese, crucifícale!”

Mira que cogen a un inocente,
a uno que ha sanado a la gente,
a aquel que está entregando su vida
y que se está abrazando a la muerte.
“Crucifícale, Jerusalén, crucifícale,
al Hombre, a ese Hombre, crucifícale”

Pon mi cruz sobre sus hombros,
pon su Nombre en mi cartel.
Crucifica al Rey de los Judíos
al Rey de cuántos yo engañé.

Mira, Jerusalén, que se lo llevan,
que yo me quedé en la plaza,
que a mí me han dejado solo,
porque todos se han ido tras Él,
quieren ver cómo muere el Hombre,
asegurarse de que le crucifican a Él,
pero es a mí a quien me clavan,
porque Él me carga en sus hombros
es mi cruz la que lleva su sangre,
no me deja que me muera aquí solo.