¡Mujer tenías que ser!

¡Mujer tenías que ser ante el sepulcro!
Tenía que ser ella en el amanecer,
porque los hombres aún tenían miedo,
habiendo visto, prefirieron no ver,
habiendo oído, se hicieron los sordos,
habiendo huido, temían así volver.
Pero la mujer acudió al sepulcro
regresó porque aún tenía que hacer,
porque la tarea no había acabado,
cuando llegó a su vida aquel anochecer.

¡Mujer tenía que ser y no hombre!
Pecadora, traidora y más penitente,
con el dolor en el corazón y en la mente,
con el perdón brillando en su frente,
por eso salió temprano a acabar la tarea,
aquel deber que aplazó el anochecer,
era viernes de noche y el sábado no pudo ser.
Y al llegar encontró la piedra movida,
el sepulcro abierto de par en par,
pero ella no vio en esto su pecado
y buscó a su redentor por todos lados
Le preguntó al labrador y al ángel,
quiso saber dónde se lo habían llevado.

¿Dónde está el cadáver que vino a buscar?
¿Quién llegó antes que ella y pudo entrar?
Ciega se sentía, pues no le reconocía,
perdida, cansada, pues le faltaba la vida,
se habían llevado a su Redentor del mundo
lo habían robado de donde ella lo tenía.
¿María, no le has encontrado todavía?
Mírale, es aquel, tu Redentor volvió a la vida,
con su muerte te ha redimido de tu pecado
y tú, con su perdón, tu vida has cambiado,
porque fuiste tú la que salió a buscarle,
pero ha sido Él quien te ha encontrado.

Abril 2000