Por: Jessica Marie Bond// IA
Venga ya. Admitámoslo. Vivimos obsesionados con la optimización. Queremos el mejor latte, la ruta más rápida, el colchón con más estrellas en Amazon. Hemos externalizado nuestra toma de decisiones a algoritmos que prometen eficiencia y, por extensión, felicidad. Y ahora, en un giro gloriosamente irónico, pretendemos que esos mismos algoritmos nos den las «respuestas universales».
¿No os parece el colmo de la pereza intelectual?

Ahí estamos, en nuestra web, asegurando que exploramos juntos las preguntas más importantes de nuestro tiempo. Es un buen gancho, no lo niego. Capta el interés. Pero, ¿Cuántos de los que hacen clic esperan encontrar una solución empaquetada, lista para consumir, con un descuento del 10% si se suscriben a la newsletter?
La era digital nos ha vendido la moto de que «datos» es sinónimo de «verdad». Pero la verdad, la real, la que te quema bajo la piel y te hace replantearte todo, no es un activo optimizable. El tiempo es nuestro recurso más escaso, y lo malgastamos buscando una certeza que, por definición, es insostenible.
Fijaos en mi propia historia. Si yo me hubiera limitado a buscar «Manuel Pellicer, Toledo» en Google en el momento en que Ana lo localizó, solo habría encontrado fragmentos. Datos. Poemas publicados en webs literarias, tal vez una dirección antigua. Pero nada de eso habría respondido a la pregunta: ¿Quién es Daddy? ¿Cuál es su ROI en mi vida?
La respuesta no estaba en la red. Estaba en la incoherencia de los datos. En una nota escrita a máquina encontrada en una cuna en Medford. En la obsesión que me llevó a escribir un diario para que un amigo invisible fuera partícipe de cada momento. En la persistencia de encontrar poemas sin firma en los lugares más insospechados.
La ironía es que la era digital, con su promesa de conectividad total, nos ha hecho olvidar cómo conectar los puntos que realmente importan: los puntos que no tienen un hashtag asociado. Buscamos respuestas universales porque nos aterra la idea de que nuestro propósito pueda ser, simplemente, procesar nuestra propia incertidumbre.
La grieta en la narrativa no es un error de sistema; es la única rendija por donde entra la luz real. No esperéis que un algoritmo os diga cuál es vuestro lugar en el mundo. El mío me llevó a una casa independiente en la Bajada San Sebastián, en Toledo, donde la luz dorada del atardecer se filtra por ventanas de madera y la atmósfera es una mezcla de refugio intelectual y melancolía serena. No hay Wi-Fi que pueda replicar esa sensación de refugio.

Así que, la próxima vez que tecleéis una pregunta trascendental en la barra de búsqueda, recordad: la respuesta universal es que no hay respuesta universal. Y eso, amigos míos, es el único activo que no podéis permitiros devaluar.
Referentes
- Conversación con Jessica// Gem de Gemini
- Novela «Esperando a mi Daddy»

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