Reflexiones en el Aseo

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Thursday, September 14, 1995 – 10:55 AM

Reflexiones en el Aseo: Por qué quedar con Yuly fue la mejor decisión del día

Jessica Marie Bond

14 de septiembre de 1995

Son las 10:55 de la mañana y aquí estoy, refugiada en el aseo de las chicas de Matignon High. Tras tres horas seguidas de clase, quedar aquí con Yuly no es solo una cuestión de necesidad física, sino de pura estrategia. En este instituto, donde mi fama de chica solitaria me precede y donde siento que todo el mundo me mira de reojo por venir del St. Clare’s, el baño es el único rincón donde puedo soltar los hombros. Además, pactar este punto nos da margen; si una llega tarde, la otra siempre tiene algo que hacer frente al espejo.

Pero, sobre todo, es una cuestión de supervivencia frente al radar de Mr. «Panceta». Después de la visita sorpresa que me hizo ayer en el internado, lo último que quiero es que nos vean juntas por los pasillos. Ya se metió bastante en mi vida privada hablando con Ana; no necesito que ningún profesor nos intercepte para otra «charla motivacional». El aseo es nuestra zona segura, lejos de los despachos oficiales y de esas miradas que parecen juzgarte antes de que abras la boca. Aquí, entre el olor a jabón y el ruido de las cisternas, por fin podemos hablar sin filtros.

Yuly

Yuly está nerviosa. Teme que Bacon se presente en su casa también, aunque yo le he dicho que lo dudo; ella es de las que destacan, mientras que yo ya estoy «fichada» como la alumna problemática. Lo que me quema por dentro es la jugada sucia de Mr. «Panceta». Me lo dejó claro: mi calificación final será lo que condicione la de Yuly. Es una presión asquerosa. Apenas nos conocemos de una semana y ya pretende que el futuro de mi única amiga dependa de mis notas en Spanish. Yuly necesita una media de más de 80 puntos para entrar en el nivel Honor el año que viene, y me aterra que por mi falta de ganas de cooperar —esa «falta de civilización» de la que siempre habla Ana— acabe hundiéndola a ella. Me siento como si Bacon la estuviera usando de rehén para obligarme a trabajar.

En un momento, para relajar el ambiente, Yuly se fijó en mi pelo. Llevo esas dos trenzas o rastras de hilos de colores justo en la nuca. Es un detalle de coquetería que Ana y Monica me consienten en el internado mientras no pase de ser un capricho. Yuly dice que acentúan mis «rasgos amerindios» y que me hacen parecer «menos europea». Me dejó descolocada. Siempre he creído que mi padre es español, europeo, pero la verdad es que mi reflejo cuenta otra historia de mestizaje que no acabo de entender. No es que me guste mucho mirarme en los espejos, prefiero evitar el recordatorio de que me parezco a una madre a la que no conozco. Estas rastras, que aprendí a hacerme con maña cruzando hilos y mechones, son de las pocas cosas que siento que decido yo sobre mi identidad. Como suele decir Ana con un suspiro: «Tendrá que ser Daddy quien haga de una chica un poco más civilizada, porque para el resto del mundo es imposible».

En el aseo de las chicas // Nano Banana

Al final, el hambre ha podido más que el refugio. Yuly se escandalizó cuando le confesé que a veces vengo con el estómago vacío. No es porque en el St. Clare’s nos falte comida —dependemos de la parroquia, sí, pero Ana siempre se ocupa de que tengamos lo necesario—, es más por mis prisas y mis ganas de salir corriendo. Ana llega a perseguirme hasta la parada del autobús para asegurarse de que coma algo, obsesionada con esos rumores de chicas que dejan de comer por problemas de autoestima. A mí me sobra apetito, lo que me falta a veces es paz.

Salir del aseo para ir a comer con Yuly me hace sentir, por un momento, una chica normal. En un entorno donde a menudo me siento rechazada o como un bicho raro por ser «una de las del internado», tener a alguien que me trate con simpatía es un salvavidas. Sé que soy cabezota y que no me adapto bien a los cambios, pero hoy, entre las paredes de este baño, he sentido que he consolidado una amistad necesaria para no hundirme este curso.

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