Más que un «Bicho Raro»

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Thursday, September 14, 1995 – 10:55 AM

Más que un «Bicho Raro»: Mi verdad tras los muros de St. Clare’s

Jessica Marie Bond

Quién soy (y quién no soy)

Mi nombre es Jessica Marie Bond, aunque mi identidad no tiene raíces ni apellidos que pesen. Mi historia no comienza con una genealogía familiar, sino en la frialdad aséptica de una cuna en el hospital de St. Clare en 1981. Para el resto del mundo, nacer es el inicio de un relato; para mí, fue una desconexión total, mi particular «estrecho de Bering». Odio esa parte en la clase de Historia porque ese estrecho es el puente gélido que me vincula a una «sangre de nativos americanos» que no quiero reconocer. Es el rastro de la madre que me dejó, una genealogía que prefiero borrar. Habito este Medford de septiembre como una observadora periférica, alguien que mira el mundo desde el borde del abismo. Esta orfandad biográfica no es un vacío pasivo; es una herida activa que me convierte en lo que todos ven: un «bicho raro». Soy una existencia sin árbol genealógico que solo cobra sentido en la espera y en la certeza innegociable de la dirección de Fulton Street.

Mi Autopercepción: El búnker defensivo y el espejo

Me miro al espejo y veo una «talla pequeña» que choca violentamente con la madurez biológica de mis compañeras en Medford High. Mientras ellas ensayan ser mujeres, yo me refugio en mis jeans con peto. No es una elección de moda de revista; es un blindaje, un búnker contra la mirada lasciva. Ese estúpido de Gabe se cree muy gracioso tarareando su canción sobre «Jessica Bond» y «sexual bombs», pero para mí es solo ruido que intenta ensuciarme. Mi ropa es mi defensa contra una hipersexualización que no pedí y que me hace sentir infantilizada y expuesta al mismo tiempo.

Para sobrevivir a la intemperie de Medford, he construido una estructura psíquica rígida:

  • Testarudez Crónica: Es mi mecanismo de preservación. Si me niego a ceder, siento que detengo el tiempo. Si el mundo deja de moverse, Daddy podrá encontrarme exactamente donde me dejó.
  • Escepticismo: Miro Medford High con un recelo clínico. Reducir a Mr. Bacon a la caricatura de «Paco Panceta» es mi forma de despojarlo de poder; si es un chiste, no puede amenazar mi estabilidad.
  • Honestidad Radical: Tengo una incapacidad patológica para la falsedad social. Cuando le dije a Ana que mis motivos para estudiar español eran una «sarta de mentiras», no lo hice por rebeldía, sino porque no sé fingir para suavizar la realidad. La mentira es un esfuerzo innecesario en un mundo que ya es una ficción dolorosa.
Jessica con sus pantalones con peto

Motivos de Preocupación Real: El miedo a ser una «caja de correo urgente»

Lo que me quita el sueño no tiene nada que ver con lo que los profesores anotan en sus informes. Mi mente vive en Toledo, España, con «Daddy». Sé que mi lógica es perturbadora para los demás: si él nació en 1980, solo tendría siete años cuando yo nací. Es una cronología rota, lo sé, pero es mi «patología de la esperanza» y elijo creer en ella. Mi mayor terror no es suspender un examen, sino que me trasladen al Matignon High. Si me mueven de Fulton Street, si me tratan como una «caja de correo urgente» enviada a otra dirección, Daddy no sabrá dónde buscarme. Mi GPA no es una meta académica; es la casa de ladrillo del cuento de los tres cerditos que Ana me menciona para que el «lobo» de la administración no sople mi vida por los aires.

Requisito AdministrativoSignificado Real
GPA de 3.0Mi casa de ladrillo; el talismán para que no me muden de St. Clare’s.
Aprobar Spanish IUn acto de lealtad absoluta a la espera de Daddy y su idioma idealizado.

Cuestiones sin Fundamento: Desmitificando los rumores de Medford High

En el instituto se dicen demasiadas estupideces sobre las chicas de St. Clare’s. Es hora de una dosis de honestidad radical.

  • La supuesta delincuencia

No somos hijas de criminales ni somos ladronas, por mucho que Yuly se preocupe por su cuaderno. Estamos en St. Clare’s porque el mundo nos soltó la mano, no porque hayamos roto la ley. El abandono no me convierte en delincuente; me convierte en alguien que cuida lo poco que tiene con uñas y dientes.

  • La apariencia «hippie»

Mis trenzas y rastras de colores no son una afiliación ideológica ni una protesta social. Son un hábito de infancia, un capricho de coquetería que conservo desde que era pequeña. Ana me ha insinuado más de una vez que debería cortarlas, que son peligrosas si intento darles un significado más profundo, pero las mantengo precisamente por eso: son el único hilo físico que me une a un pasado que apenas recuerdo.

  • Los trastornos alimenticios

Si me ven desayunando con una prisa desesperada en la cocina del St. Clare’s, no es porque tenga problemas de autoestima o dietas extrañas. Es puro instinto de supervivencia contra el reloj. El bus no espera a nadie y Ana me persigue hasta la parada con la comida en la mano. Mi relación con la comida es normal; es mi relación con el tiempo lo que es conflictivo.

El Idioma como Escudo: Por qué el español no es solo una clase

Para mí, el «español» y el «castellano» son dos mundos en guerra. El español es el idioma de mi padre, la música de mis sueños en Toledo. El castellano, en cambio, es la estructura rígida de Mr. Bacon que me obliga a escuchar el eco del abandono de mi madre.

Por eso practico la «disociación operativa»: puedo leer con una pronunciación perfecta, pero vacío las palabras de todo significado. Complazco a la autoridad sin «contaminar» mi refugio interno. Mi silencio en clase y mi negativa a hablar no son falta de capacidad; son una declaración de lealtad hacia un fantasma. Prefiero habitar el vacío de mi origen que aceptar un idioma que me conecte con una realidad donde Daddy nunca llegue a buscarme.

Origen


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