La concha rota

2–3 minutos

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Vine a la playa sin una razón clara. Eso ya debería haberme dicho algo.

La arena estaba fría todavía, esa temperatura rara de las mañanas que no acaban de decidirse. El mar hacía exactamente lo que se supone que hace el mar: avanzar, retroceder, no comprometerse con nada. Llevaba meses haciendo yo lo mismo, aunque con peor ritmo.

Caminé sin zapatos porque sí. No por simbolismo. Porque cargar con más cosas de las necesarias ya me parecía suficientemente absurdo.

Detrás de mí iba quedando un rastro de huellas que el agua borraba con una puntualidad impecable. Me pregunté si eso debería molestarme. Decidí que no. Hay cierto alivio en que el sistema funcione bien aunque no te incluya.

El olor a sal es difícil de procesar cuando llevas demasiado tiempo respirando aire de ciudad, que huele a decisiones apresuradas y wifi compartido. Este era diferente. Este no pedía nada.

Me detuve cuando una ola me llegó a los tobillos. El agua estaba fría y no tenía ninguna opinión al respecto. No me juzgaba por haber llegado tarde, por haberme alejado de mí misma con tanta eficiencia, por haber optimizado exactamente las cosas equivocadas. El mar es notable en ese sentido: una indiferencia que, curiosamente, no duele.

Entonces vi la concha.

Seashell on wet sandy beach with waves and sunset in background
A close-up of a seashell on the beach as waves roll in during sunset

Estaba medio enterrada. Tenía una grieta diagonal y un borde comido por las mareas, ese desgaste específico que no es deterioro sino historial. La recogí sin pensarlo demasiado, que es la única forma en que hago las cosas que realmente importan.

No era perfecta. Era exactamente lo que era.

La guardé en el bolsillo.

Me senté cerca de la orilla, donde las olas llegaban sin del todo alcanzarme. Los dedos en la arena. Los ojos en el horizonte, que es ese lugar que existe precisamente para que podamos mirar a ninguna parte sin que nadie nos pregunte qué nos pasa.

Hay un tipo de cansancio que no tiene que ver con el sueño. Tiene que ver con haber ignorado demasiado tiempo algo que no para de intentar decirte algo. Yo lo había gestionado con mucha disciplina: agenda completa, compromisos razonables, decisiones tomadas por inercia con aspecto de convicción.

El mar no tiene agenda. Quizás por eso vine.

No llegué a ninguna conclusión extraordinaria. No tuve revelación. Lo que pasó fue más pequeño y probablemente más real: dejé de intentar resolver algo que todavía no sé cómo formular. Y en ese espacio —entre la pregunta y la respuesta que todavía no existe— algo empezó a respirar.

El sol seguía subiendo. Las gaviotas hacían su trabajo. Yo permanecía ahí, con una concha rota en el bolsillo y la certeza vaga de que algunas cosas solo necesitan que dejes de gestionarlas para empezar a moverse solas.

No sé si eso es sabiduría o rendición.

Sospecho que a estas alturas la diferencia es marginal.


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