El Mito de la Edad de Oro

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Una Reflexión sobre la Armonía Perdida y la Necesidad de la Justicia

1. Introducción: El desencadenante de la memoria

Tras satisfacer su necesidad física en compañía de los cabreros, don Quijote realiza una observación detenida de un puño de bellotas. Este fruto silvestre no es para él un simple alimento, sino el objeto que activa el recuerdo de una era de plenitud. La sencillez del entorno rural sirve de marco para un análisis sobre la transición de una sociedad orgánica a una civilización fragmentada. A través de este símbolo, se inicia una disección de la «dichosa edad», donde la estructura del discurso revela una preocupación técnica por la pérdida de la armonía colectiva y el aumento de la complejidad innecesaria.

Discurso de la edad de Oro (fragmento)

2. La antítesis fundamental: «Tuyo» y «Mío»

El núcleo del argumento se centra en la aparición de la propiedad privada como el elemento disruptor de la paz social. En la Edad de Oro, según el texto, quienes vivían en ella «ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío». Esta ausencia de posesión individual definía la «santa edad», un tiempo donde todas las cosas eran comunes.

Bajo un análisis riguroso, se observa que la diferencia entre aquella época y la actual «edad de hierro» es de carácter económico y existencial:

  • En la modernidad, el oro es el motor de la fatiga humana.
  • En la «santa edad», la inexistencia de la propiedad eliminaba la necesidad del trabajo fatigoso. El sustento no requería más esfuerzo que «alzar la mano» para recibir lo que el entorno ofrecía.
Discurso de la Edad de Oro (M. de Cervantes)

3. La provisión de la naturaleza y la república de la concordia

La naturaleza operaba como un sistema de provisión directa, libre de artificio. El orden natural mantenía una eficiencia que garantizaba el refugio y el alimento sin coacción:

  • Las robustas encinas: Convidaban liberalmente con su fruto dulce y sazonado.
  • Fuentes y ríos: Ofrecían aguas sabrosas y transparentes en magnífica abundancia.
  • La «república» de las abejas: Descritas como «solícitas y discretas», entregaban su cosecha en las quiebras de las peñas sin buscar interés alguno.
  • Los valientes alcornoques: Cedían sus anchas y livianas cortezas por «cortesía» para construir defensas contra las inclemencias del cielo.

Este estado se fundamentaba en la paz, amistad y concordia. La tierra, actuando como una «primera madre», ofrecía su «fértil y espacioso seno» de forma voluntaria, sin que la «pesada reja del corvo arado» violentara sus entrañas.

4. El contraste en la moralidad y la justicia

La degradación de los valores se manifiesta en la transición de lo esencial a lo superfluo. El discurso establece una comparativa entre la honestidad antigua y la curiosidad ociosa del presente.

  • Estética y honestidad: Las «zagalejas» de la Edad de Oro utilizaban adornos naturales como hojas de lampazos e yedra. Su presencia era «pomposa y compuesta» sin recurrir a la púrpura de Tiro ni a la «martirizada seda», materiales que definen la artificiosidad de las cortesanas contemporáneas.
  • Pureza del lenguaje: Los conceptos amorosos se expresaban sin el «artificioso rodeo de palabras». La verdad y la llaneza no permitían la entrada del fraude, el engaño o la malicia.
  • Administración de la justicia: En la antigüedad, la justicia se mantenía en sus «proprios términos». Actualmente, el sistema se encuentra menoscabado por el favor y el interés, fuerzas que turban el juicio y persiguen la equidad.
  • La ley del encaje: Este concepto se define como la tendencia del juez a ajustar la ley a su propio arbitrio o entendimiento personal. En la Edad de Oro, tal subjetividad no tenía lugar, pues no existía el conflicto de intereses que obligara a juzgar ni sujetos sobre los cuales ejercer tal juicio.

5. El fin de la inocencia y el surgimiento de la Caballería Andante

El paso hacia los «detestables siglos» actuales marca el crecimiento de la malicia sistémica. Un punto crítico es la seguridad de las mujeres: en la Edad de Oro, la «perdición» de una doncella nacía únicamente de su «gusto y propia voluntad», sin que existiera la amenaza de un «lascivo intento» ajeno. Por el contrario, en el tiempo presente, ninguna está a salvo de la «amorosa pestilencia» que penetra incluso los espacios más resguardados.

Como respuesta técnica a esta inseguridad y al avance de la malicia, se instituyó la Orden de los Caballeros Andantes. Su creación no es un acto poético, sino una necesidad operativa para:

  • Defender a las doncellas.
  • Amparar a las viudas.
  • Socorrer a huérfanos y menesterosos.

6. Conclusión: La gratitud y el deber de Manuel

El discurso cierra con la declaración de don Quijote sobre su pertenencia a dicha orden y su agradecimiento por el «buen acogimiento» recibido. Reconoce que, aunque la ley natural obliga a favorecer su causa, la hospitalidad de los cabreros es meritoria por nacer del desconocimiento de esa obligación.

Desde una observación analítica, el discurso de don Quijote posee una estructura lógica coherente. No es la divagación de un hombre fuera de la realidad, sino un diagnóstico preciso de la degradación social. Quijote identifica que el fin de la comunidad y el inicio del interés privado han corrompido la justicia y la seguridad. Su empeño por restaurar la caballería constituye un intento de reintroducir un marco ético de responsabilidad individual frente a un sistema que ha sustituido la concordia por el artificio y el fraude. Es, en última instancia, una reflexión sobre el deber de restaurar el orden allí donde los valores han sido desplazados por el interés.

Discurso de la edad de Oro. Don Quijote, Capitulo 1

—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.

Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo.

Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían.

Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero32, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado.

Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado.

Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero.

Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

Origen

https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap11/default.htm

Discurso de la edad de Oro. Don Quijote, Capitulo 1


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