Etiqueta: Esperando a mi Daddy
Thursday, September 14, 1995 – 03:15 PM
Mi testigo menos deseado: La ironía de invocar a «Paco Panceta»

Jessica Marie Bond
El regreso a pie y la emboscada en el porche
Perder el autobús escolar fue el precio de quedarme paralizada en el aseo intentando recomponerme tras la última presión de Mr. Bacon. Por suerte, el padre de Yuly me dejó en Valley St, pero el resto del camino tuve que hacerlo a pulmón, con el miedo trepando por la espalda.
Cruzar el túnel bajo la I93 siempre me revuelve el estómago. No es solo un túnel; es la frontera con el hospital donde me abandonaron, ese «estrecho de Bering» personal que tanto detesto estudiar en Historia. Mr. Bacon se empeña en que aprenda sobre puentes de hielo y ancestros con sangre nativo-americana, pero para mí, ese estrecho es solo el símbolo de la traición de mi madre: el puente gélido que me separó de un pasado real y me depositó en este presente de espera. Odio esa sangre y odio ese mapa.
Cuando por fin divisé el St. Clare’s Home, cometí el error de principiante: subí por la acera del colegio, el «lado equivocado» de la calle. Si hubiera bajado del bus como una chica normal, no vendría por ahí. Y por supuesto, Ana ya estaba en el porche, observándome con esa omnisciencia irritante de quien sabe que he vuelto a moverme por la periferia.
El ultimátum de Ana y la «Sarta de Mentiras»

Ana —o «McAna», como la llamamos por su habilidad casi mágica para resolver cualquier desastre con una llamada— no acepta excusas. Ella maneja su «contrato de contingencias» como un arma. Me soltó otra vez el rollo del «Cuento de los Tres Cerditos»: dice que mi vida es de paja y que necesito cimientos de ladrillo (un GPA de 3.0) si no quiero que el lobo del sistema me sople lejos de aquí.
Me amenaza con enviarme por «correo urgente» en una caja a Toledo —la de verdad, la que a ella le gusta— o, peor aún, trasladarme a Matignon High. Mi permanencia en St. Clare’s depende de que acepte su chantaje.
Reglas de Supervivencia de McAna (según mi testarudez):
- El Impuesto del Castellano: Pagar con verbos que me niego a sentir solo para mantener un techo sobre mi cabeza.
- La Dictadura del Ladrillo: Alcanzar un 3.0 de nota media o perder el derecho a que busquen a mi padre.
- Realismo Obligatorio: Cambiar mis «películas mentales» por datos geográficos aburridos. Ella dice que mis listas de motivos para estudiar son una «sarta de mentiras», y tiene razón: estudio para que no me echen, no por amor al arte.
- Vigilancia Afectiva: Aceptar que ella siempre va a estar ahí, desarmando mis defensas con una «honestidad radical» que me deja desnuda.
Por qué Mr. Bacon es el «Antagonista»

Mr. Francis Randy Bacon, alias «Paco Panceta», es el verdugo de mi fantasía. Con su americana marrón, sus pantalones de pana azules y ese olor a academicismo rancio, se empeña en enseñarnos «Castellano». Para él, España es Burgos, mapas satelitales, orografía de la Meseta y el cauce del Tajo.
Ese castellano rígido es una traición de la lengua. Mi «Español» es el idioma de mi padre, un santuario mítico en Toledo que no necesita coordenadas. El «Castellano» de Bacon es una herramienta para desmitificar mi refugio, para decirme que mi padre es solo un número en una estadística demográfica (ese 3% de hispanos que tanto le gusta citar).
«Hablar en su clase me hace sentir que el abandono de mi madre toma voz propia. Prefiero la lectura mecánica: pronunciar perfecto, como una máquina, sin dejar que el significado me contamine. Es mi forma de ser leal a la espera mientras el mundo intenta que hable una realidad que no quiero aceptar.»
La paradoja del garante: Usar al enemigo como escudo
Cuando Ana me miró con incredulidad en el porche, dudando de que realmente viniera de clase, tuve que recurrir a lo más bajo: usar a Paco Panceta como escudo. «Llama a Mr. Bacon», le dije. Es una paradoja asquerosa. Estoy usando al hombre que me humilló frente a todos —obligándome a participar en sus juegos de «buen compañero» donde nadie me rescataba— como mi única garantía de verdad.
| Lo que siento por Mr. Bacon (Veneno puro) | Por qué lo necesito (Cinismo estratégico) |
| Es el carcelero que intenta encerrar mis sueños en mapas de Burgos. | Sé que los profesores tienen esa manía de la honestidad institucional; él no mentirá. |
| Me dejó en evidencia y me hizo sentir como un bicho raro ante Yuly y los demás. | Si él confirma que estuve allí, Ana deja de interrogarme y puedo subir a mi habitación. |
| Odio su insistencia en que el español sea una «herramienta de consumo». | Su validación es la moneda con la que compro otra noche en Fulton St. |
La vigilancia y la pérdida de la intimidad
Vivir aquí es vivir bajo una lupa. Entre la mirada de Ana en el porche y la presencia de Bacon en el Foodmaster o en el instituto, siento que no hay rincón seguro. Es una vigilancia que se mete hasta en el aseo; ni siquiera allí disfruto de intimidad, sintiendo que alguien evalúa si estoy perdiendo el tiempo o planeando mi próxima «estasis defensiva».
Me aterra que Bacon vuelva a presentarse en St. Clare’s, como ya hizo antes, solo porque falte a una clase. No me dejan ser Jessica Marie Bond en paz; todos quieren «arreglarme» o empujarme a ser sociable, como si mi silencio fuera una enfermedad y no mi única forma de control.
Conclusión: Un pacto con el diablo por un sueño en Toledo
Al final, aguantar a Paco Panceta y aceptar el chantaje de McAna es un mal necesario. Si me mandan a Matignon High, si me sacan de Fulton St, Daddy nunca sabrá dónde buscarme cuando por fin venga desde España.
Aceptar que ese profesor de Boston con raíces en Burgos sea mi testigo es un trago amargo, pero su firma en mi expediente es mi salvoconducto. Hablar castellano me parece un castigo, pero es el precio que pago por mantener viva mi película mental.
Prefiero humillarme ante la realidad de un aula de Medford que arriesgarme a que el único hilo que me une a mi padre se corte para siempre por mi propia testarudez.
Origen
- Wednesday, September 14, 1995 página 4
- NotebookLM

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