Sobrevivir al Spanish I

5–8 minutos

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Thursday, September 14, 1995 – 03:45 PM

Por qué el abecedario es mi última frontera

Jessica Marie Bond

El recuento de los daños tras la «guerra»

Son las 03:45 PM y por fin me he encerrado en mi cuarto, en el trastero. Me he quitado la mochila y me he ajustado los tirantes de mi peto vaquero; a veces siento que estas prendas son lo único que me protege de parecer demasiado vulnerable, aunque aquí dentro me siga sintiendo de «talla pequeña» comparada con las otras chicas de mi edad. Hoy, 14 de septiembre de 1995, Medford High ha dejado de ser un edificio escolar para convertirse en un campo de batalla psicológico.

Vengo agotada. Sobrevivir a la clase de Mr. Bacon —o «Paco Panceta», como lo llamo para restarle ese aire de autoridad que tanto le gusta imponer— ha sido como una tortura lenta. He vuelto a mi búnker, a mi refugio, sintiéndome como una prisionera de guerra que ha logrado escapar tras ser exhibida como el eslabón más débil.

Lo peor es que esta sensación de desarraigo no es nueva; es la misma que siento en Historia cuando hablan del estrecho de Bering. Para los demás es un puente de tierra; para mí es el recordatorio gélido de la madre que me abandonó en una cuna de hospital, la sangre nativa que prefiero ignorar para no heredar su ausencia.

English translation

It’s 3:45 PM, and I finally locked myself in my room, up in the storage space. I took off my backpack and tightened the straps on my denim overalls. Sometimes I feel like these clothes are the only thing keeping me from looking too vulnerable, even though in here I still feel like I’m wearing the wrong size compared to the other girls my age. Today, September 14, 1995, Medford High stopped being a school building and turned into a psychological battlefield.

I’m wiped out. Surviving Mr. Bacon’s class, or “Paco Panceta,” as I call him just to take some of that authority-trip he loves so much down a notch, felt like a slow-motion torture session. I came back to my bunker, my safe place, feeling like a prisoner of war who somehow managed to escape after being put on display as the weakest link.

The worst part is, this feeling of being uprooted isn’t new. It’s the same thing I feel in History when they talk about the Bering Strait. To everyone else, it’s a land bridge; to me, it’s this freezing reminder of the mother who left me in a hospital crib, the Native blood I’d rather ignore so I don’t inherit her absence.

Crónica de un «secuestro» lingüístico: El incidente de Gabe y Yuly

La clase de hoy fue un desastre llamado «Guerra de Palabras». Chicos contra chicas. Cuando Gabe me miró con esa sonrisa de suficiencia y soltó: «¡Guapa!», el aula se quedó en silencio. Mr. Bacon me presionaba para que tradujera, pero yo me quedé petrificada. No es que no supiera la respuesta; es que pronunciar esa palabra era abrir una brecha en mi muro.

Elegí el silencio por tres razones fundamentales:

  • El rechazo a la burla de Gabe: Si decía «pretty», sabía lo que vendría después. Empezaría a cantar esa estúpida canción de «Jessica Bond» con sus letras de «sexual bomb» y «give it to me». Quedarme callada fue mi única forma de no dejar que su suciedad me tocara.
  • El silencio como lealtad al búnker: Mi lengua es mi última frontera. Decir «I don’t speak Spanish» es mi declaración de principios. Si empiezo a hablar, dejo entrar el idioma de la realidad y traiciono mi espera. Mi pronunciación es perfecta cuando leo mecánicamente (esa disociación operativa que tanto me ayuda), pero me niego a otorgarles significado a los sonidos.
  • El contraste con Yuly: Julia Stephanie es perfecta. Sacó un A+ y se defendió sola contra todos los chicos. Verme allí, siendo la «moneda de cambio» que los chicos capturaron porque no respondí, me hizo sentir como un estorbo.

Después de clase, me quedé demasiado tiempo escondida en el aseo para no enfrentarme a las burlas. Por eso perdí el bus. Yuly, en un gesto que todavía no sé si es lástima o amistad, convenció a su padre para acercarme hasta Valley St. Caminar el resto del trayecto hasta Fulton Street bajo el sol de septiembre me sirvió para rumiar mi derrota.

El ultimátum de Mr. Bacon y el trato con Ana

Al final de la clase, Paco Panceta me retuvo para decirme que no puedo seguir «calentando la silla». Me soltó que está en contacto con Ana y que mi actitud me llevará al suspenso. Para mí, el GPA de 3.0 no es una nota; es mi seguro de vida.

Ana usa conmigo la metáfora del «Cuento de los Tres Cerditos»: dice que necesito construir cimientos de ladrillo para que el lobo no sople mi casa. Lo que ella no entiende es que mi «casa de ladrillos» es St. Clare’s. Si no apruebo, me enviarán al Matignon High como una «caja de correo urgente», y si me mueven de aquí, Daddy nunca sabrá dónde encontrarme.

El español es mi mayor conflicto. Es el idioma de mi padre biológico, ese caballero joven de Toledo que nació en 1980. Sé que suena extraño que naciera el mismo año que yo —lo que lo convertiría en un niño de siete años cuando yo nací—, pero mi esperanza no entiende de matemáticas, sino de mitos. El español debería ser mi puente hacia él, pero en clase de Bacon solo se siente como el idioma que me conecta con la madre que se fue.

El gran obstáculo: Superar el abecedario

Mi compromiso para la próxima semana es recitar el abecedario frente a todos. Es una pesadilla porque implica romper mi silencio voluntario. Aquí está mi análisis de la situación:

El Reto del AbecedarioMi Motivación para Superarlo
Vulnerabilidad extrema: Al pronunciar las letras, el búnker se agrieta y dejo que el idioma «me contamine».Supervivencia en St. Clare’s: Si no saco el 3.0, me mandan a Matignon y pierdo mi dirección en Fulton Street.
El miedo al ridículo: Que Gabe use cualquier sonido para reactivar sus canciones lascivas.La búsqueda de Daddy: Cumplir mi parte del trato para que Ana no deje de buscar al caballero de Toledo.
La disociación operativa: El esfuerzo de poner intención en sonidos que mi cerebro quiere mantener vacíos.Demostrar control: Enseñarle a Paco Panceta que puedo cumplir, pero bajo mis propios términos de resistencia.

Un horizonte despejado tras la ‘Z’

Una vez que llegue a la ‘Z’, una vez que el eco de mi voz en español se apague en el aula, todo tendrá que estabilizarse. Mi optimismo es una estrategia; si dejo de creer que esto funcionará, el suelo bajo mis pies se desmoronará como el estrecho de Bering.

No estoy aprendiendo un idioma para integrarme en high school. Lo hago para comprar tiempo. Cada letra del abecedario es un ladrillo más en mi casa de Fulton Street, esperando a que ese padre que imagino llegue por fin a reclamarme. No dejaré que el Spanish I sea mi tumba.

Aprobaré.

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