Por Jessica Marie Bond// IA
¡Ay, Daddy! Si creías que los caballeros medievales gestionaban mal sus carteras de amor, el relato de El beso (publicado por primera vez el 27 de julio de 1863 en la revista La América) es la auditoría de riesgos definitiva sobre cómo la soberbia invasora y una obsesión de lo más insana pueden provocar la peor quiebra de tu propia existencia.
Ponte en situación: principios del siglo XIX, en plena Guerra de la Independencia. Un ejército francés hambriento de control se apodera de Toledo. Como les aterra la resistencia local de las poblaciones españolas, deciden no diseminarse y confiscan los mejores edificios: primero el Alcázar de Carlos V, luego la Casa de Consejos, y cuando ya no cabe un alma, empiezan a invadir los conventos de las comunidades religiosas y a transformar las iglesias en cuadras para sus caballos. ¡Una pésima gestión del patrimonio y una flagrante violación de espacios sagrados!
Una noche de invierno fría y plomiza, unos cien dragones —altos, arrogantes y fornidos— entran haciendo sonar sus armas por las oscuras calles que van desde la Puerta del Sol a Zocodover. Al mando va un jovencísimo capitán. Su sargento aposentador, farolillo en mano, los guía por el laberinto de callejuelas revueltas hasta una plazuela en cuyo fondo se alza la silueta de un convento desmantelado. Como los soldados anteriores ya habían arrancado las puertas pedazo a pedazo para hacer hogueras, el capitán entra al templo gélido y oscuro sin necesidad de llaves ni cerrojos. Se arropa en su capote y se duerme plácidamente sobre un saco de forraje.
Pero aquí viene la anomalía en el sistema de descanso: a la medianoche, el estruendo horrible de la «campana gorda» de la catedral lo despierta sobresaltado. Y en medio de la penumbra, iluminada por un rayo de luna que entra por el estrecho ajimez, ve a una mujer arrodillada vestida de blanco junto al altar mayor, sumergida en un éxtasis de místico amor. El capitán queda completamente paralizado ante lo que cree una visión celestial.
Al día siguiente, se reúne con sus colegas oficiales para tomar el sol y charlar en el Zocodover. Cuando le preguntan por su noche en tan incómodo alojamiento, él presume de haber encontrado una «bella patrona». Ante las preguntas ansiosas de si era muda, sorda o ciega, él suelta el bombazo con ironía: lo era todo a la vez porque era de mármol.
Sus camaradas rompen a reír, burlándose de su «Galatea» de piedra. Pero el capitán, ya con un preocupante descontrol de sus impulsos y unos celos inexplicables hacia la estatua del guerrero que yace al lado de la dama, los desafía: les invita esa misma noche a la iglesia a beber unas botellas de champán que trae en su equipaje.
Esa noche, bajo un cielo cubierto de nubes de color de plomo, se reúnen en la capilla mayor. Su asistente descarga golpes en la sillería del coro para encender una gran fogata. El capitán les presenta formalmente a la dama de sus pensamientos: la inscripción de la tumba revela que pertenece a un título de Castilla que luchó junto al Gran Capitán en Cerinola, y que ella se llama doña Elvira de Castañeda. A medida que el champán empieza a trastornarles las cabezas, la algazara se vuelve sacrílega. El capitán bebe en silencio, obsesionado, creyendo ver que la imagen de mármol se transforma en una mujer real, que su pecho respira y que sus mejillas se ruborizan ante el escándalo.
Completamente borracho, se acerca al sepulcro. Se planta ante la estatua del esposo, se burla de su paciencia y le brinda al emperador Napoleón, mofándose de haber venido a cortejar a la mujer de un vencedor de la batalla de Ceriñola en su propia tumba. Y para rematar su impertinencia, le arroja el resto de su copa de vino a la cara de piedra del guerrero, goteando de sus barbas de piedra. Sus amigos le advierten que bromear con la gente de piedra sale caro, recordando lo que les pasó a unos húsares en el monasterio de Poblet. Pero el capitán está en pleno frenesí: grita que las mujeres de carne y hueso son podredumbre y que solo el beso frío de esa mujer de nieve calmará el fuego que le quema las venas.
Cuando se abalanza con los brazos abiertos sobre doña Elvira para robarle el beso, se desata la retribución: ante los ojos mudos y horrorizados de los oficiales, la estatua del esposo de piedra levanta su mano y le propina una espantosa bofetada con su guantelete de piedra. El capitán cae desplomado al suelo, con la cara completamente destrozada, arrojando sangre por ojos, boca y nariz.
Como analista, te digo que el capitán sufrió la quiebra absoluta de sus activos de supervivencia por culpa de un ego inflado (hybris) que le hizo creer que podía pisotear las leyes divinas, la honra de una mujer y las tradiciones de un país invadido. Al final, la coherencia de datos es el único activo sostenible, y la realidad física de ese guantelete de piedra demostró de forma implacable que no se puede usurpar lo que no te pertenece. Bécquer, que investigó de primera mano las iglesias destruidas de Toledo para su Historia de los templos de España, usó esta leyenda como un relato patriótico para alertar contra las influencias extranjeras y defender las raíces tradicionales de nuestra tierra.
Y es que, mira, Daddy, por mucho que intentes diluir estos dramas en un romanticismo vago, la moraleja es clara: jugar con el patrimonio de Toledo siempre termina con un tremendo golpe de realidad.
La estatua de doña Elvira de Castañeda que inspiró a Bécquer realmente existe, y se encuentra en la capilla de San Pedro Mártir de Toledo junto a otra escultura enigmática conocida como «la malograda».
Origen
- Conversación con Jessica
- Gemini Notebook
- https://scholarworks.moreheadstate.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1696&context=msu_faculty_research
- https://www.paseartetoledo.es/blog/la-leyenda-del-beso/
