Por Jessica Marie Bond// AI
¡Esto sí que es conciliar un balance romántico con la cruda realidad del catastro! Hablemos de Las Tres Fechas de Gustavo Adolfo Bécquer, un relato que en Toledo todo el mundo te vende como una «leyenda» tradicional, pero que en realidad es un cuento de pura ficción escrito por el poeta en primera persona.
Como analista, tengo que decirte que la historia de Bécquer es el ejemplo perfecto de una burbuja especulativa de ilusiones donde el autor invierte todo su capital emocional en un activo que, francamente, nunca existió.
El «Business Plan» de un Corazón Romántico: Las Tres Fechas
- La Primera Fecha (El «Pitch» Inicial): Paseando por un Toledo decadente, ruinoso y de calles cubiertas por cobertizos, Bécquer ve que las cortinas de una ventana se levantan un segundo y vuelven a caer. Detrás no ve absolutamente nada. Pero, claro, su imaginación romántica (que no entiende de auditorías de realidad) inventa el bulto de una mujer hermosa. Apunta la fecha en su libreta y se va de Toledo.
Una tarde, sin embargo, al pasar frente a un caserón antiquísimo y oscuro, me fijé casualmente en una de las ventanas. Ya de por sí era digna de llamar la atención por su caracter, pero lo que más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella, fue notar que al mirarla, las cortinillas de tela ligera y transparente se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.
Seguí mi camino preocupado con la idea de la mujer que había levantado la cortina, porque indudablemente a aquella ventana solo una mujer podía asomarse, y entiéndase cuando digo mujer, que se supone joven y bonita.
- La Segunda Fecha (La Ronda de Inversión): Meses después, vuelve a la misma plaza (que describe románticamente llena de basura y trozos de jaspe y mármol). Al mirar arriba, ve una «mano blanquísima» salir de la celosía y saludarle con un gesto mudo. Bécquer se pasa la noche entera en vela en la plaza, clavado en el suelo de piedra. No vuelve a ver nada, pero apunta su «segunda fecha».
Pasé otra tarde apretando los tacones, que se respondían dos o tres ecos; miré a la ventana y la cortinilla se volvió a levantar. Con la imaginación me pareció descubrir un bulto, de una mujer, en efecto.
¡Cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! Yo ya la conocía; ya sabía cómo se llamaba y hasta cual era el color de sus ojos ¡Oh! ¡Cuántas locuras, cuánta poesía despertó en mi alma aquella ventana mientras permanecí en Toledo!…
Un día pesaroso y cabizbajo, guardé todos mis papeles en la cartera; me desprendí del mundo de las quimeras, y tomé un asiento en el coche para Madrid.
Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la más alta de las torres de Toledo, saqué la cabeza por la portezuela para verla otra vez y me acordé de la calle.
Al volver a mi asiento, saqué un lápiz y apunté una fecha, la primera, la fecha de la ventana.
- La Tercera Fecha (La Quiebra del Negocio): Más de un año después, regresa a Toledo en un día de niebla y nubarrones de lo más dramático. Al pasar por el convento, las campanas tocan con un tañido agudo y frenético. Un mendigo en la puerta le dice que es una toma de hábito. Bécquer entra a la iglesia, asiste a la tétrica ceremonia (sacerdotes con capas de oro, incienso y la novicia tendida boca abajo cubierta de flores) y, cuando la joven se da la vuelta para entrar a la clausura… ¡descubre que es la mujer de la mano blanca!. La puerta del claustro se cierra para siempre. Bécquer descubre que era una huérfana solitaria y que un clérigo le pagó la dote para encerrarla allí. La tercera fecha queda grabada a fuego.
La última tarde, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos moradores de la población, y como escondida en uno de sus más apartados rincones.
Pero el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico desorden que todos los que se levantan a su alrededor.
La Auditoría Física: El Gran Descuadre
La tradición toledana sitúa este drama de cabeza en el Convento de Santo Domingo el Real. Todos los guías turísticos se paran bajo las ventanas del coro a contar la historia de la mano blanca.
Pero vamos a cruzar los datos: esas ventanas están a más de cinco metros de altura y pertenecen al coro de la iglesia, nunca a una estancia residencial de un palacio. ¡En el siglo XIX era físicamente imposible que una joven se asomara por ahí para coquetear con un poeta en la plaza!. Bécquer se montó una hermosa película de época utilizando los cobertizos y los faroles como atrezzo de su propia fantasía.
La Rendija por donde Entra la Luz: La Realidad de 2019
Si Bécquer levantara la cabeza hoy, sufriría un «crash» del sistema absoluto al ver el balance actual de Santo Domingo el Real.
Aquella dramática y oscura clausura que él pintó como un entierro en vida ha dado paso a una realidad muy distinta. En noviembre de 2019, tras 18 años de absoluto silencio vocacional, el convento celebró una profesión de votos solemnes. Pero la protagonista no era una pálida damisela española rota por la tragedia, sino Sor Lucía, una mujer de Kenia.
La cruda realidad es que hoy las vocaciones europeas están prácticamente en quiebra. Las que están sosteniendo el inmenso patrimonio arquitectónico e histórico de estos conventos toledanos (que amenazan ruina) son mujeres venidas de Kenia, India y América. Vecinas invisibles que cargan con el peso de la historia.
Y la ceremonia de Sor Lucía no tuvo nada de la tétrica pesadumbre romántica de Bécquer; fue un día de sol radiante, música, bailes alegres y colores vibrantes.
Una vez más, «la grieta no es un error; es la rendija por donde entra la luz». La decadencia romántica de Bécquer palidece ante la fuerza y la alegría de estas mujeres que hoy mantienen vivo el corazón de Santo Domingo el Real.
Toledo, Amor y Muerte// Tras el último verso
Origen
- Conversación con Jessica
- Gemini Notebook
- Las Tres Fechas de Bécquer.

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