Blanco y en botella

Introducción

Si debemos adivinar de qué se habla cuando nos dicen que es blanco y se contiene en una botella, inmediatamente lo normal es pensar que se trata de leche, casi sin dudarlo. Por ello, esta frase es muy usada en español para indicar que algo está muy claro, es obvio o evidente.

Dueños de medio pueblo

Esta expresión la hemos utilizado en mi casa para referirnos al pueblo de mi padre, un pueblo de la costa de Valencia, según Wikipedia, cuenta con menos de 5000 habitantes, y una superficie de 2,9 km².

Hubo una época en la que raro era el negocio o empresa que no llevara alguno de los apellidos de mi padre. De manera que íbamos por allí imaginándonos que éramos los dueños de todo. ¿Obvio no? Era el pueblo de mi padre y el apellido era el mismo ¿De quién iba a ser todo eso si no? Blanco y en botella

No hace mucho incluso beatificaron a un antiguo sacerdote del pueblo con el mismo nombre y apellido de mi padre, como poco tenía que ser de la familia, pariente más o menos directo ¿Qué iba a ser si no? Blanco y en botella. Me consta que de serlo, es un pariente muy lejano, aunque sea del mismo pueblo.

Y ya que te pones a decir que todo es nuestro, ¿Por qué no el edificio más alto? Está en el pueblo, en la primera línea de playa, y ya os he dicho que en la actualidad éste no tiene más de 5000 habitantes censados, sin contar a los turistas que acuden en vacaciones. Por estadística, por probabilidad, tiene que haber sido propiedad de mi padre también.

El mirador de la playa

La realidad es que mi padre se marchó del pueblo a finales de los años 50s y lo que podríamos definir como «nuestro», «Propiedad de mi padre», en realidad la coincidencia del apellido casi es por casualidad, a lo sumo porque es de algún primo más o menos indirecto o de parentesco tan lejano que ya es complicado encontrar la genealogía que une a las dos familias. Mi familia más directa no se dedica a los negocios.

Lo único cierto es que el solar sobre el que está construido el edificio más alto de la playa, El Mirador, sí fueron tierras que trabajo y compró mi abuelo, que en los años 60s se vendieron a los promotores que quisieron construir el edificio. Pero, como tal, no lleva el apellido de mi padre y esta referencia es casi una anécdota familiar poco relevante en la actualidad.

Por supuesto, cuando vamos, y hemos vuelto por allí, no ha habido camión lo bastante grande como para llevarse todo el cariño y afecto recibido por parte de abuelos, tíos, primos y su descendencia. Que eso sí tiene nuestro nombre y apellido, personalizado y marcado a fuego. Nunca ha sido menos el cariño que les hemos llevado y dejado, por eso íbamos en varios coches, no porque fuésemos familia numerosa, aunque es probable que también.

Pero, lo que son empresas, fortunas y tierras, en la actualidad, nada de nada. Excepto una higuera que crece en el límite de la finca, en el linde de la acequia, porque, de manera privada, de palabra, durante la compraventa, ya que había confianza, se acordó que seguiría siendo nuestra. El problema es hace tiempo que no vamos en época de cosecha ni cuando vamos tenemos ocasión de acercarnos por allí.

La higuera en 2008. Google Maps

De manera que uno se acaba marchando del pueblo con la sensación de que te has de sacudir la suela de los zapatos, de las sandalias, para que no le acusen de apropiación indebida. Puede decirse que allí, salvo los más cercanos, ya no nos conoce ni el cartero.

Habremos de ir más, para que nadie se quede con ese cariño de familia; el nuestro para ellos no se amontone en casa a la espera de que alguien se lo lleve para allá ni sean otros quienes se coman «nuestros higos».

Dueños de media ciudad

Según Wikipedia, la ciudad, el municipio de Toledo tiene una superficie de 232,10 km² y en la actualidad es una población de más de 85.000 habitantes. Es una ciudad, capital de la provincia y de la Comunidad Autónoma de Castilla La Mancha. Es casi inevitable que aparezca en los mapas y que no haya referencias a la historia de España en la que no sea mencionada de algún modo.

Es Toledo, la ciudad de las tres culturas, la ciudad imperial… ¿Es mi ciudad?

Toledo

Lo lógico es pensar eso de con una superficie tan grande, con una población que supera en varias decenas miles a la del pueblo de mi padre, aquí, no es que no nos conozca ni el cartero, casi ni nosotros mismos ¿Quién nos va a conocer? Somos como un grano de arena en la inmensidad del mar. Pero ¿somos parte de la historia de Toledo?

Gustavo Adolfo Bécquer

Primero aclarar que no, no estoy emparentado con quien fue uno de los grandes poetas del Romanticismo español, Sin embargo, éste sí tuvo relación con mi familia. Fueron vecinos y compartieron pared. Por lo que no es complicado imaginarse a este gran poema escribiendo alguno de sus poemas cuando vivía en Toledo mientras mi tatara tatarabuela freía unos huevos fritos con chorizo y el olor de tan delicioso manjar le llegaba a su nariz. E incluso que éste se llegase a quejar de los ronquidos que se escuchaban por la noche.

Aparte que coincidieran en misa en la parroquia de Santa Leocadia o en la cantina del barrio. Que tal vez mi tatara tatarabuelo se tomase una cerveza con él ¿Quién sabe?

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)
Muro de la que fue casa de los Bécquer en Toledo

El guía turístico

La anécdota que sucedió hace no muchos años, de la que tuve ocasión de ser testigo directo, fue cuando acudimos toda la familia a un recorrido nocturno por la ciudad, ya que, aunque seamos de Toledo, hay lugares en los que nunca hemos estado.

El caso es que estando en los jardines del Alcázar, viendo a lo lejos el castillo de San Servando, donde nos detuvimos para que nos contasen la leyenda del fantasma que se supone lo habita, el guía turístico tuvo la ocurrencia de comentar dónde se encuentran las oficinas de su empresa, en la zona del casco, cerca de la plaza de Zocodover y de la calle Comercio, calle Ancha. En un rincón que pensaba nadie conocía, porque la contratación de estas rutas se hace por medio de su página web y el punto de encuentro es la plaza de Zocodover.

Grupo de turistas con guía en la plaza de Zocodover
Grupo de turistas reuniéndose con su guía en la plaza de Zocodover

El guía preguntó, en general, si de los que estábamos allí, alguien conocía la ciudad, entendiendo que dentro de ese numeroso grupo había gente de todas partes de España y casi de cualquier parte del mundo.

Como es lógico, mi madre se identificó como nacida en Toledo, pero, además, le indicó que donde ahora están las oficinas de la empresa de turismo, antes había una churrería; «esa casa fue mía». Que mi abuela había sido la propietaria de la casa y que mi madre, de joven, en ocasiones, iba a cobrarle el alquiler al churrero. Lo que ya no sé es si alguna vez les pagaban o no con churros.

El caso es que hace bastante tiempo que vendieron la casa, pero aquella noche la guía se llevó la anécdota de su vida para contar a sus siguientes grupos y yo os la cuento a vosotros.

Más propiedades

Aparte de la ya mencionada casa de mis abuelos, que se vendió a mediados de los años 80s a sus actuales propietarios y la casa de al lado, vendida pocos años antes; además de la casa de la empresa de los guías, tengo constancia de que tenían un local en la calle Comercio, (Calle Ancha). Por aquel entonces el inquilino era de los de renta antigua. De los que con un «Buenos días» ya te pagaban de más y le tenías que responder por educación. Era lo que establecía la ley y, daba a entender que el arrendamiento de dicha vivienda era de mucho tiempo, pero que, por nuestra parte, ya no resultaba rentable. Porque, además, era un ingreso a repartir entre varios hermanos y no te llegaba ni para pipas, como se suele decir.

Se trataba de una casa de las más estrecha de la calle, por mucho que ésta sea conocida como «la calle Ancha», que aún lo sigue siendo y, por las ocasiones en que he pasado por allí, ha debido cambiar, sino de propietario, al menos de actividad en varias ocasiones, con reformas y rehabilitaciones evidentes.

Imagen de la calle Comercio (Calle Ancha) Foto: Gabillo

También éramos propietarios que las casas que había junto al puente de San Martín, expropiadas y derribadas por el ayuntamiento a mediados del siglo XX para proteger el torreón del puente, la muralla y potenciar el valor turístico de la ciudad.

Puente de San Martin hacia 1857. Toledo Olvidado
Zona donde estaba la casa, en la actualidad

El alma de Toledo

Y si antes os decía que la familia Bécquer había sido vecina de mis tatarabuelos y os comentaba que en la actualidad mi familia es como un grano de arena en la playa dentro de Toledo, por casualidades de la vida, por no quitarle romanticismo a esta historia y seguir con escritores ilustres de la Literatura de España, mencionar entre otros a Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós (1843-1920)

Aclaro que con este buen señor tampoco me une ningún parentesco. No está en la genealogía de mi familia. Sin embargo, sí parece que éste presumía de haberse tomado alguna que otra copa de vino, de haber pasado alguna que otra noche, en casa de mis otros bisabuelos. Aunque pueda parecer que a mí me salen bisabuelos y tatarabuelos por todas partes, porque éstos no son los mismos que eran vecinos de los Bécquer. Tal vez, por eso de que Toledo siempre se ha considerado una ciudad pequeña, a pesar de su importancia y relevancia histórica.

No cabía más gente dentro de sus murallas ni por los alrededores en la segunda mitad del siglo XIX. ¡A la fuerza se tenían que juntar unos con otros o con los de los pueblos de los alrededores!

El caso es que con orgullo, y entiendo que no sin motivos, he leído de gente que resume de que entre su familia ha habido propietarios del alma de Toledo, de «la venta del Alma, de Víctor Rojas», en el cerro de la Cabeza. Lo cual no voy a les desmentir, porque las familias son muy grandes, han pasado los años y todo el mundo tiene derecho a creer, rejuntarse y multiplicarse cuanto considere oportuno y se pueda permitir, a que sus descendientes hagan lo propio.

Venta del Alma, fotografía antigua. Foto de: Toledo Olvidado

Sin embargo, si seguimos con el tema de eso de blanco y en botella, éste es un edificio que se encuentra en Toledo, al otro lado del río, cruzando el puente de San Martín y que mis abuelos han tenido propiedades por toda la ciudad, mucha de las cuáles no tengo demasiado claras y he mencionado las que tengo por seguras, sobre lo de esta Venta no me cabe ninguna duda.

Aclarar que la propiedad, como tal, no era de mi abuela en su totalidad, tan solo la mayor parte por herencia y que no residían allí. Aparte que, como con el resto de las propiedades que han tenido en Toledo, ésta también se vendió en su momento.

Por eso entiendo que eso de que fue «nuestra venta» es un sentimiento compartido por muchos a los que no conozco en persona.

En cualquier caso, para mí «la Venta del Alma», sobre todo, reside en una fotografía. En la cara de susto o de alegría que debía sentir en aquellos momentos, en la que fue mi primera visita y casi la única. A mis hermanos y a mí nos tomaron aquella fotografía sentados en la baca del coche, a las puerta de la Venta.

Este soy yo a las puertas de la Venta del Alma, 1978

Conclusión

Al final ni soy dueño del pueblo de mi padre ni soy dueño de media ciudad; mis expectativas de haber llegado a ser un gran terrateniente se quedan en un vago sueño, en castillos en el aire.

Aun así, me considero propietario de esas ilusiones, que hay parte y recuerdo de mi familia allá donde voy. Que te pones a investigar, a remover libros y datos y, como poco, mis antepasado han sido proscritos, perseguidos por la Justicia o le han salvado la vida a la mismísima Reina Isabel II; han endulzado con azúcar más de un pastel, cruzado el océano de ida y de vuelta o han llegado a ser grandes generales del Ejército Español, cuando no vendido ese televisor para ver el festival de Eurovisión, ese mundial de fútbol o la boda de no se qué princesa europea, o conseguido que la voz de la radio llegase a sus transistores.

Somos eso, como un grano de arena en la playa. Una familia que, como todas, durante siglos se han juntado con los de aquí y los de allí, hasta el punto de que ni los descendiente de los de aquí ni los de allí a fecha de hoy tengan muy claro que somos familia. Pero se te escapa una sonrisa de complicidad cuando te enteras que ese extraño que cada mañana te saluda por la calle y no sabes muy bien porqué, por esas cosas de la vida, es un pariente lejano; que, sin embargo, vive cerca, como en la puerta de al lado o es uno de los padres en donde estudian tus hijos y con quien no crees tener más relación que esa, hasta que te pones a hablar de Toledo o del pueblo y por poco no sois hermanos y compartido columpio y chupete en la infancia o es quien te vende el pan cuando vas a la playa.

Es decir, blanco y en botella, somos familia, aunque no sé si habrá higos para tantos, pero todo será cuestión de compartir, de acercarse a ver si la higuera aún sigue en el cauce de la acequia, igual que uno va por el pueblo soñando con que es el dueño de todo, se acuerda de su abuelo cuando ve el edificio más alto de la playa o que en la historia de Toledo, la familia de uno ha tenido una relevancia vital, que se ha codeado con escritores ilustres..