¿Cinco minutos o una vida entera?

Etiqueta: Esperando a mi Daddy

Saturday, September 11, 1995 – 12:23 AM

¿Cinco minutos o una vida entera? La verdadera razón de nuestra «parsimonia» en el vestuario

Por Jessica Marie Bond (Jess)

Introducción: El choque de realidades en Medford High

El reloj marca las 12:22 PM y Medford High School entra en esa vibración eléctrica que precede a la quinta hora. Para la mayoría es solo Physical Education, pero para mí es el momento de enfrentar una transición que todavía me acobarda: es apenas la segunda vez que me cambio de ropa rodeada de chicas que no pertenecen a mi burbuja de St. Clare’s o St. Francis. Mientras cruzamos el umbral del vestuario, observo con una mezcla de alivio y timidez que las chicas rubias de West Roxbury son tan normales como las de Medford; llevan la misma ropa interior y no tienen nada de «raro». Aun así, esa sensación de ser observada, que me persigue por los pasillos aunque vaya vestida, se intensifica aquí dentro, donde la vulnerabilidad es mayor y el tiempo parece agotarse antes de empezar.

El vestuario como refugio de privacidad y seguridad

Se habla mucho de por qué las chicas no corremos como los chicos hacia las pistas, pero nadie parece entender que para nosotras el vestuario es un búnker. No es solo parsimonia; es una necesidad absoluta de privacidad. Por lo que a mí respecta, si algún día se impusieran los vestuarios mixtos, «me vengo vestida con la ropa de deporte y no me cambio en toda la mañana«. No tengo interés en que los chicos me vean en situaciones personales, especialmente tipos como Gabe. Él viene conmigo desde el St. Francis y ha decidido que, para que nadie piense que es «medio tonto» o un «chico demasiado bueno» por venir de un colegio católico, debe destacar a base de bromas pesadas y actitudes de matón. Yo soy su objetivo principal.

La cautela es obligatoria. Yuly me lo advirtió con esa complicidad suya que a veces me descoloca: «Jessica, asegúrate de que no hay ningún agujero sospechoso antes de quitarte nada». Ella lo tiene claro, y yo empiezo a darle la razón: «Chicos y sentido común son dos conceptos incompatibles». Ya han malgastado la media neurona que tenían y ahora piensan con cualquier otra cosa menos con la cabeza.

La complicidad femenina: Más que solo cambiarse de ropa

Esos minutos entre taquillas no son tiempo muerto. Son el espacio donde Yuly está intentando construir una amistad que me proteja del aislamiento. Ella se ha tomado tan en serio el trabajo de Spanish I para Mr. Bacon que, literalmente, está escribiendo una biografía sobre mí. En ese rincón del vestuario, me propuso un trato de «igualdad de condiciones»: ella me cuenta una confidencia y yo le cuento algo mío. Es un intercambio de secretos que me asusta y me intriga a la vez. Mientras hablamos de nuestras vidas —ella viviendo tan lejos en West Roxbury y yo atrapada en mis rutinas de Medford—, el vestuario se convierte en el único lugar donde no soy «la chica nueva» o el blanco de Gabe, sino simplemente Jessica, alguien que le cae bien a otra persona a pesar de mis «manías».

El dilema de la higiene y la autoimagen

La «parsimonia» que tanto irrita a los profesores tiene razones logísticas que ellos, en su impaciencia masculina, jamás comprenderán:

  • La indecisión estética: Aunque suelo ser rápida, admito que si no tengo claro el aspecto que quiero proyectar, soy capaz de «probarme todo el armario» antes de decidirme. La imagen es nuestra armadura.
  • Higiene personal: Después de gimnasia viene Science. Ninguna chica con un mínimo de amor propio se atrevería a entrar en un aula sin preocuparse por el sudor o los olores corporales. Es una cuestión de dignidad que requiere tiempo.
  • El ritmo del grupo: Existe una «tranquilidad contagiada». He decidido conscientemente no ser la primera en salir; no quiero romper la cohesión con mis compañeras ni que me recriminen por ir por libre. Prefiero ir al ritmo de todas para superar las discrepancias que las tonterías de los chicos han sembrado en la clase.

El juicio de Mr. Ford y la incomprensión del profesorado

Al salir a las pistas, nos encontramos con la furia de Mr. Ford. «¡Ya era hora!», nos espetó con una impotencia que casi daba miedo. Su lógica es simple y errónea: «son cinco minutos para cambiarse, no de asistencia a clase». Mientras los chicos ya disfrutaban de su partido de baloncesto, nosotras fuimos condenadas a dar vueltas a la pista.

Mr. Ford// Nano Banana

Lo más humillante fue cuando se fijó en Yuly y en mí. Como ni siquiera sabe nuestros nombres, nos llamó «esas dos que van de paseo» y nos apodó sarcásticamente como las señoritas «Bond y MacWindsor». Nos gritó que dejáramos de «ejercitar el músculo equivocado (la lengua)» y nos obligó a correr en sentido contrario al resto. El castigo fue claro: no nos iríamos hasta dar diez vueltas más que nuestros compañeros. Al final, mientras todos se iban a las duchas, nosotras todavía teníamos cuatro vueltas por delante bajo su mirada severa.

Conclusión: El precio de nuestra calma

Aunque Mr. Ford terminó la clase con un tono más afable, advirtiéndonos que si no nos interesa la asignatura nos suspende y se «quita un problema», la inquietud permanece. No quiero que se me cuelgue la etiqueta de «chica rebelde». Ya tuve mis épocas en St. Clare’s y St. Francis, y estuve peligrosamente cerca de ganarme una reputación que Ana y Monica se esforzaron en limpiar. Me aterra pensar que Mr. Bacon y Mr. Ford puedan intercambiar notas sobre mi actitud y decidan que soy una alumna conflictiva.

Por orgullo, la próxima vez intentaremos ser las primeras en llegar, solo para que los chicos no tengan el gusto de vernos humilladas otra vez. Pero que quede claro: nuestra necesidad de privacidad, de higiene y de ese diálogo que nos mantiene cuerdas no va a desaparecer. Mr. Ford puede cronometrar cinco minutos, pero para nosotras, ese tiempo es el que necesitamos para no perdernos en el caos de Medford High. El precio hoy han sido diez vueltas extra y llegar tarde a Science, pero nuestra dignidad no se negocia por un silbato.

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