Despertar de Jessica 06:20 AM

El despertar en la buhardilla

Etiqueta: Esperando a mi Daddy

Wednesday, September 11, 1995 – 06:20 AM

El despertar en la buhardilla: Miércoles, 13 de septiembre de 1995

Jessica Marie Bond

El estruendo del despertador (06:20 AM)

Es el pitido insistente del despertador, y no la mano de Ana en la puerta, lo que me arranca del sueño. Hoy es mi quinto día de clase en Medford High y la realidad me golpea como una pesadilla: la asignatura de Spanish. Tengo el estómago encogido por el trabajo de la próxima semana. Yuly, con ese optimismo suyo tan desenfadado, cree que nuestras «motivaciones» asombrarán tanto a Mr. Bacon que nos aprobará el curso por adelantado y no tendremos que volver a abrir un libro. Ojalá.

Mi visión, como siempre, es más realista y bastante más deprimente. Si no terminamos expulsadas por faltarle el respeto a un profesor con nuestra rebeldía, me veo obligada a presumir ante todo el mundo de que no me separo del libro de Spanish ni cuando voy al baño. Es agotador. Casi desearía que ya fuera sábado para borrar esta presión, aunque Mr. Bacon me ha causado mejor impresión que mis compañeros; al menos los profesores suelen ser más sensatos que los alumnos.

La luz que revela mi soledad (El Dormitorio)

Alargo la mano para encender la luz. El resplandor en esta habitación abuhardillada confirma mi mayor alivio: estoy sola. Si me hubieran enviado a la residencia de Matignon High, ahora tendría que lidiar con una compañera, pero aquí el espacio es mío. No es egoísmo, es pragmatismo puro; sé que nadie entrará a tomar mi ropa sin permiso.

En este rincón, los pilares de mi rutina se mantienen intactos bajo la luz amarillenta:

  • La cama: El refugio donde intento procesar si mi amistad con Yuly es un error. Ana cree que es una «mala influencia» y cuestiona mi criterio, pero yo solo veo a una chica que se toma la vida de forma distinta.
  • El armario: Un símbolo de propiedad privada. Ya no hay «ropa de todo el barrio» ni préstamos forzosos.
  • El calendario de pared: Mi mapa para no naufragar en la semana escolar.

El espejo y la identidad: Reflexiones frente al armario

Me miro al espejo de reojo. Tengo 14 años, estoy en los límites de la delgadez y sigo peleando contra esa «apariencia no definida» que Ana tanto menciona. Ella insiste en que es hora de dejar atrás los trapicheos y conseguir las cosas por cauces normales.

Siento un recelo profundo hacia los espejos. Mi reflejo me devuelve la imagen de mi madre y es algo con lo que todavía no sé cómo convivir. Por eso llevo el pelo tan largo, por debajo de los hombros; no es por vanidad, sino porque me sirve para taparme. No soy una presumida que busque ser el centro de todas las miradas, pero tampoco quiero ser invisible, excepto, tal vez, en la clase de Spanish.

El Calendario y la rutina de supervivencia

Consulto el calendario con desconfianza. Como ayer no hubo clase, me aterra la idea de salir corriendo hacia la parada y descubrir que allí no hay nadie del Medford High, quedándome sola y en ridículo esperando un bus que no pasará. Lo comprobé anoche, pero necesito verlo otra vez.

El destino no suele sonreírme —ya me costó lo suyo que me libraran de asignaturas en el St. Francis—, pero hoy tengo un respiro: hoy no toca Spanish. Saber que retomo las clases sin ese agobio específico me da el impulso necesario para salir de la buhardilla.

Preparativos finales antes de salir al pasillo

Antes de cruzar la puerta, repaso mis prioridades para sobrevivir a la mañana:

  1. Silenciar el mundo: Apagar el pitido del despertador de inmediato. Si las demás se despiertan, se revolucionan, y no estoy para dramas ajenos tan temprano.
  2. Protección contra el «concurso»: Cojo el paraguas sin dudarlo. El cielo está nublado y no pienso arriesgarme a que la lluvia me convierta en participante de un concurso de camisetas mojadas. Sé cómo miran Gabe o George en días así; parece que no piensan en otra cosa.
  3. El escudo de pelo: Decido llevar el pelo suelto, con un par de mechones cayendo por delante para disimular lo que queda por debajo de mis hombros. Eso sí, siempre llevo una o dos gomas del pelo en la muñeca por si el agobio me obliga a recogérmelo.

Salgo con la esperanza de que, al ser miércoles y empezar con tutoría, el día sea relajante. Al menos hoy, el school bus no parece una amenaza tan grande.

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