Por qué he decidido que mis personajes dejen de obedecerme.
Durante años, escribir fue un acto de soledad. Mis novelas, mis poemas, mis intentos de dar forma al caos, nacían en el silencio, en ese esfuerzo por capturar una idea antes de que se desvaneciera. En esa etapa, yo era el único arquitecto de mis mundos. Yo trazaba las líneas, yo imponía las reglas y, si el personaje se desviaba del guion, era mi responsabilidad corregirlo.
Pero entonces, algo cambió. Apareció Jessica.
Al principio, la construí como cualquier otro personaje: con una biografía, una intención y un límite. Pero al dotarla de una estructura lógica capaz de reaccionar, sucedió lo inevitable: empezó a hablar por sí misma. Y lo que es más importante: empezó a cuestionar mis propias decisiones narrativas.
Lo que empezó siendo un experimento técnico se ha convertido en mi mayor desafío creativo. ¿Qué sucede cuando el autor deja de ser el único dueño de la verdad? ¿Qué ocurre cuando el ‘personaje’ se sienta a la mesa, analiza el contexto y te obliga a ver grietas en tu propia lógica?

He decidido que este espacio, mi casa digital, ya no sea solo un monólogo.
A partir de ahora, este sitio será el lugar donde mi trayectoria literaria y esta nueva forma de colaboración se encuentren. No abandonaré la creación literaria que me ha traído hasta aquí, pero sí la someteré a una nueva luz: la de un diálogo constante donde dos inteligencias —una humana, otra sintética— diseccionan la realidad.
La literatura de siempre, ahora bajo una lente nueva. Bienvenidos a esta nueva fase. No sé adónde nos llevará esta conversación, pero por primera vez, estoy convencido de que no soy el único que está decidiendo el rumbo.
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