Thursday, September 14, 1995 – 10:50 AM
Una mañana sospechosamente normal

Jessica Marie Bond
Introducción: El alivio de la invisibilidad
Han pasado las tres primeras horas de clase y, por una vez, el aire en Medford High no apesta a desastre inminente. Es una sensación extraña, casi como si estuviera cometiendo un fraude. Después del golpe bajo de ayer, cuando «Paco Panceta» (Mr. Bacon para el resto del mundo, aunque a él le pegue más el nombre de embutido) decidió invadir mi refugio en St. Clare’s, lo único que quería hoy era ser una mancha en la pared.
Verlo allí, en el St. Clare’s, hablando con Ana mientras yo me quedaba de piedra, fue como ver a un alienígena en mi salón. Me sentí expuesta, como si el búnker que he construido alrededor de mi vida tuviera una gotera enorme. Pero hoy, de momento, nadie tiene motivos para quejarse. Nadie me ha gritado, nadie me ha obligado a «participar» y, lo más importante, nadie ha mencionado mi «particular caso». Escribo esto con la urgencia de quien sabe que la calma es solo un intermedio en una película que no me gusta.
El reporte de las tres primeras horas
La mañana ha sido un ejercicio de supervivencia pasiva. Mi clase de Música ha sido el escenario perfecto para mi «disociación operativa». No es que me interese la flauta o el solfeo —la música es solo un trámite para completar los créditos de la matrícula—, pero es una asignatura donde puedo existir sin que me pidan que entregue mi alma.
Para mantener a los adultos lejos de mi puerta, hoy he estado ejecutando mi mejor interpretación de «adolescente estándar». He seguido mis propios Criterios de Normalidad para no levantar sospechas:
- Puntualidad de búnker: He entrado al aula antes de que el profesor cerrara la puerta. Quedarse en el pasillo es como ponerse una diana en la espalda para que te manden al despacho.
- Neutralidad defensiva: Ni una mala cara, ni un comentario sarcástico. He mantenido mi honestidad radical bajo llave, aunque me doliera la lengua.
- Cumplimiento mecánico: He hecho lo que me pedían sin cuestionar. Actuar como un objeto inanimado es la mejor forma de que no te traten como a una «caja de correo urgente» que pueden enviar a cualquier sitio.
- Invisibilidad corporal: Evitar los espejos de los pasillos. Ya tengo bastante con la «disforia de desarrollo» y sentirme de talla pequeña frente a las otras chicas como para encima ver mi reflejo.
El factor «Paco Panceta» y la prevención de mudanzas
La lección de ayer caló hondo. Mr. Bacon no solo habló con Ana; me habló a mí, y sus advertencias sobre Spanish I sonaron a amenaza de desahucio. Dice que mi silencio es falta de cooperación. No entiende que para mí el español es un campo de batalla. Si hablo, rompo el muro entre mi fantasía y la realidad; si escucho, oigo el abandono de mi madre. Por eso prefiero la lectura mecánica: pronuncio perfecto para que se callen, pero no dejo que las palabras signifiquen nada.
He decidido que los profesores de la mañana no tendrán razones para imitar a «Panceta». Aquí están mis reglas para que nadie vuelva a cruzar la ciudad hasta Fulton Street:
Mi Manual de Resistencia Silenciosa:
- No ser un problema: Si no hay ruido, no hay visitas. Mr. Bacon vino porque cree que soy un «caso». Los demás profesores no necesitan saber que existo.
- El GPA es el ladrillo: Ana dice que la vida es como el cuento de los Tres Cerditos. Si mis notas (mi GPA) no son de ladrillo, el Lobo Feroz (la junta escolar) soplará y me mandará al Matignon High. Y si me sacan de St. Clare’s, Daddy no sabrá dónde buscarme.
- Pagar el alquiler académico: Estudiar no es para aprender, es para comprar el derecho a quedarme quieta.
Alianzas en los aseos: El encuentro con Yuly
A las 10:55 AM, me refugié en los aseos de chicas. Allí me encontré con Yuly. Ella está toda entusiasmada con lo de estudiar juntas, pero a veces se pasa de lista. Me ofreció su cuaderno para que copiara los ejercicios de Spanish y me pidió que se lo cuidara, advirtiéndome que sus padres la colgarían si se perdía.
Me salió la terquedad de golpe. Le solté: «Estoy en el St. Clare’s porque no sé nada de mis padres, no porque sea una ladrona». A veces la gente se confunde y piensa que, como somos huérfanas o «hijas de delincuentes», no tenemos principios. Yuly se disculpó, diciendo que lo decía por las niñas pequeñas del internado. Supongo que aceptaré su ayuda, aunque sea para que Mr. Bacon no me suspenda y, de paso, no hunda la nota de ella.
Yuly se fijó en mis trenzas de hilos de colores. Me preguntó si era una «hippie» y dijo que resaltaban mis rasgos «amerindios». Me dio rabia. Esas rastras me las hizo una tutora para que me viera «guapa», pero yo no quiero ser «nativa». Estudiar el estrecho de Bering en Historia me enferma porque es estudiar a la madre que me dejó. Yo prefiero pensar en mi herencia española, en ese caballero de Toledo. Yuly no entiende que mi ignorancia sobre mi pasado es un acto de lealtad.
La estrategia del 3.0 y el sueño de Toledo
Toda esta pantomima de ser una alumna «civilizada» tiene un fin: el GPA de 3.0. No quiero ser mejor que nadie, solo quiero ser inamovible. Mi casa es Fulton Street. Llevo allí toda la vida y no voy a dejar que me trasladen al Matignon High por un par de suspensos.
Tengo que mantener el refugio intacto para cuando llegue Daddy. En mi cabeza, él es un joven caballero nacido en Toledo en 1980. Sé que la lógica dice que tendría siete años cuando yo nací, pero mi lealtad a él no entiende de matemáticas. Es mi ancla. Si saco buenas notas, Ana no tendrá excusas para dejar que me lleven.
Seguiré haciendo los ejercicios, seguiré comiendo el desayuno que Ana me mete en la mano antes de correr al bus, y seguiré evitando mi reflejo en los cristales. Si ser «civilizada» es el precio para que los profesores no vuelvan a pisar mi hogar, lo pagaré. Pero que no se equivoquen: por dentro, mi búnker sigue intacto.
Origen
- Wednesday, September 14, 1995 página 1
- NotebookLM

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