Friday, September 15, 1995 – 06:20 PM
Entre West Roxbury y Medford: El dilema del despertador y el tráfico fluido

Julia Stephanie MacWindsor
Introducción: La realidad de las 07:50 AM en Spanish I
Son las 07:50 de la mañana. Entro en el aula de Medford High con mi jersey rojo de punto, mis jeans grises y las Converse rosas pisando fuerte, aunque llegue con el tiempo justo. El ambiente es el de siempre: un bostezo colectivo mientras Mr. Bacon (o «Paco Panceta», como le bauticé para restarle autoridad) intenta que la clase no se duerma. Sinceramente, ver a mis compañeros sufrir con el «ser» y el «estar» mientras yo planeo mentalmente mi próximo verano en Vigo me hace sentir en una dimensión paralela.

Estar sentada aquí, aspirando al «Spanish Honor» siendo bilingüe, es mi pequeña ironía estratégica. No es solo que hable el idioma; es que lo habito. Mientras los demás ven una asignatura, yo veo un recreo técnico. Mi Tío Luis me obligaba a hablar en castellano desde que dejé los pañales, y pasar los veranos con mis yayos en Galicia me ha dado una soltura que el pobre Paco no sabe ni por dónde le viene. Soy la «estudiante estrella» con licencia para llegar tarde, básicamente porque sé más que el que está en la pizarra.
El contraste geográfico: De la comodidad del St. Clare’s al viaje desde West Roxbury
A veces observo a Jessica Bond y pienso en la tesitura tan loca en la que estamos. Ella vive en el búnker de St. Clare’s, a un paso del instituto, pero parece que siempre lleva el mundo a cuestas con su peto de jeans que usa como camuflaje. Si yo viviera allí, las carreteras estarían despejadas, el tráfico de la Ruta 1 no existiría y llegaría con el café perfecto y el abecedario recitado de memoria. Pero mi realidad es el «outsider» de West Roxbury.
Aquí el contraste de nuestros mundos:
- Jessica: La «chica invisible» de Medford. Vive de prestado en el St. Clare’s, con el estigma de ser un «bicho raro» y la presión de Ana (su tutora) recordándole el «Cuento de los Tres Cerditos» para que construya cimientos sólidos con su GPA. Para ella, el instituto es un campo de minas.
- Yuly: Mi cuartel general es una casa funcional en West Roxbury. No vivo de prestado; tengo raíces. Llego en coche porque mis padres trabajan cerca, mezclando el orgullo de Vigo con el asfalto de Boston. Mi seguridad es mi mejor accesorio, incluso por encima de mis Converse.
El privilegio de las notas: Por qué ser «Estudiante de Honor» importa
Seamos realistas: tener un historial de A+ desde quinto grado te da superpoderes sociales. Cuando entro en clase, «Paco Panceta» apenas me mira el reloj. Sabe que estoy sobrecualificada y que asisto a otras clases impartidas íntegramente en español. Mi presencia en Spanish I es una jugada maestra para «rascarse la barriga» en las materias fáciles y centrar mi energía donde realmente importa.
Mientras Jessica teme que su silencio la mande directa al Matignon High, yo me permito el lujo de corregir a Paco o de debatir sobre lo injusto que es que me evalúe igual que a los que no distinguen «hola» de «ola». Utilizo mi «licencia social» para proteger a Jess; si yo llego tarde y no pasa nada, puedo estirar ese margen para que ella no se sienta tan presionada. Es puro pragmatismo bilingüe.
La cruda realidad doméstica: El despertador vs. «Espabilar»
Pero no todo es «mimoseo» y notas perfectas. En mi casa de West Roxbury, Carmen (mi madre, viguesa de pura cepa) no entiende de atascos en la Ruta 1. Mi padre irlandés intenta defenderse como puede en español, pero la que manda es la disciplina de Vigo. Para ellos, no hay excusa que valga cuando el despertador suena.
He intentado todas las técnicas de persuasión afectiva —ese «mimoseo» que me sirve para conseguir casi cualquier capricho—, pero con la puntualidad matutina no hay nada que hacer. El grito de «¡Espabila, nena!» de mi madre corta el aire antes de que pueda pestañear. Para mis padres, el tráfico es inevitable, pero no «espabilar» es un pecado capital. Así que salgo de casa con la lección aprendida: en Medford High mando yo, pero en West Roxbury, el despertador es el que tiene la última palabra.
Reflexión final: Empatía estratégica y solidaridad en Medford High
Mi misión con Jessica va más allá de aprobar. Ella es un búnker y yo soy la que tiene las llaves. Cuando los idiotas del pasillo le cantan esa canción estúpida de «Jess Bond», yo saco mi escudo: les recuerdo que a mí me llamaban «Spanish Omelet». Uso mi propia vulnerabilidad como arma de distracción masiva para que ella no se sienta sola.
Incluso intento enseñarle que el español no es un trauma, sino un juego. El otro día casi nos volvemos locas con los «falsos amigos». Ella pensaba que «aspersión» era calumnia (cuando es sprinkling) y se quedó a cuadros cuando le dije que «son» en español no es su «Daddy», sino el verbo ser (they are). Es un lío, sí, pero estamos juntas en esto.
Le he propuesto ir al zoo este fin de semana, que está a solo diez minutos de mi casa, para sacarla de su aislamiento en St. Clare’s. Porque al final, aunque el despertador sea mi enemigo y el tráfico una pesadilla, aquí en la clase de «Paco Panceta» siempre habrá tiempo para compartir el abecedario (¡con la ‘ñ’, Jessica!) y asegurar que ese 3.0 de GPA sea una realidad. ¡Ánimo, nena, que para eso estamos las amigas!
Origen
- Friday, September 15, 1995 página 1
- NotebookLM

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