¿Amistad real u otra «sarta de mentiras»?

4–7 minutos

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Friday, September 15, 1995 – 07:50 PM

Reflexiones tras el pupitre: ¿Amistad real o otra «sarta de mentiras»?

Jessica Marie Bond

Introducción: El ruido en el aula de Spanish I

Son las 7:50 AM del 15 de septiembre de 1995. Estoy sentada en el aula de Spanish I en Medford High, rodeada por ese murmullo matutino que siempre me resulta ajeno. El aire huele a tiza y a la urgencia artificial de los lunes. Mientras espero a Mr. Bacon —a quien Yuly ya ha rebautizado como «Paco Panceta»—, me hundo en mi «búnker defensivo». He aprendido que, si me mantengo lo suficientemente inmóvil, el mundo deja de empujarme.

Para mis compañeros, esta clase es solo un requisito. Para mí, es un campo de batalla lingüístico donde se libra una guerra entre la realidad y la fantasía. Por un lado está el «castellano» de Mr. Bacon: una estructura gélida, mecánica y aburrida que me obliga a estar presente. Por otro, está el «español» de mi cabeza: la lengua cálida de mi padre, ese «Daddy» de Toledo que algún día vendrá a buscarme. En clase de Historia me obligan a estudiar el Estrecho de Bering, y lo odio; para mí no es solo un puente geográfico, sino el símbolo del «estrecho» que me desconectó de mis ancestros maternos y de esa «sangre nativa» que prefiero ignorar. Rechazo ese puente porque prefiero el mito de España. Mi silencio en clase no es ignorancia; es una declaración de lealtad a la espera.

El impacto de la «Adopción Hipotética»: Entre la gratitud y el pánico

Hoy Yuly ha soltado una de sus bombas de vitalidad:

«Si no fuera porque te negarás, les propondría a mis padres que te adoptaran».

Lo dice con la ligereza de quien tiene raíces profundas en Vigo, pero a mí me ha provocado un pánico seco. Mi «orfandad biográfica» no es un vacío que necesite ser llenado por una familia funcional de West Roxbury; es mi identidad.

Aceptar su propuesta no sería un acto de generosidad, sino una amenaza a mi estasis. Esta es la dicotomía de lo que acaba de ocurrir:

  • La Intención de Yuly (Generosidad y Cercanía): Ella ve mi soledad en el St. Clare’s y quiere integrarme en su mundo. Ve la adopción como un puente para que deje de ser una «outsider».
  • Mi Interpretación (Amenaza al «Punto de Encuentro»): Para mí, cambiar de dirección es el fin. Si me muevo de Fulton Street, si dejo de ser un objeto inanimado en espera, Daddy no sabrá dónde encontrarme. Mi seguridad depende de no cambiar de código postal.

Por eso, mi respuesta ha sido radicalmente honesta, aunque para ella suene a locura: «Gracias, pero no hace falta. En el St. Clare’s no se está tan mal y cualquier día llegarán noticias de Daddy y me iré con él». No necesito un hogar nuevo; necesito que el tiempo se detenga hasta que el fantasma de mi padre se haga carne.

La intensidad de Yuly: ¿Por qué se toma nuestra amistad tan en serio?

Yuly es un «motor social» que no entiende de muros. Es bicultural, bilingüe y está ridículamente sobrecualificada para esta clase; solo está aquí para «rascarse la barriga» y asegurar un sobresaliente mientras habla con su madre, Carmen, o con su tío Luis. Sin embargo, se empeña en ser mi sombra. Me reserva el pupitre, corrige al profesor con una fluidez que me asombra y se toma nuestra redacción como una misión de rescate personal.

Me pregunto por qué una chica como ella querría ser amiga de una «caja de correo urgente» extraviada como yo. Para Ana, mi tutora, escribí una lista de motivos para estudiar español, pero ambas sabemos que aquello fue una «sarta de mentiras». La única verdad es que estudio este idioma para estar lista cuando él llegue. Yuly, con su familia real y su casa en West Roxbury, es el espejo que me devuelve mi propia rigidez. Su insistencia me obliga a existir, y eso es precisamente lo que trato de evitar.

La trampa de la confianza: El Zoo y los «Falsos Amigos»

Yuly me ha invitado al Zoo de Boston este fin de semana. Dice que está abonada y que vive cerca. Para ella es un plan normal; para mí es una distracción peligrosa que me aleja de mi vigilia permanente. Solo hago una excepción para salir del barrio: Carson Beach. Y solo voy allí porque, al mirar el océano, siento que estoy un poco más cerca de España. El Zoo no me acerca a Daddy; solo me aleja de mi puesto de guardia.

Durante la clase, me ha dado una lección sobre los «falsos amigos» en el lenguaje. Me explicó que aspersión no es una calumnia (aspersion), sino regar las plantas (sprinkling). Pero lo que más me dolió fue la corrección sobre la palabra son. Cuando ella dijo «Mis abuelos son guapos», yo entendí «hijo». —»Yo soy la hija (daughter) de Daddy, no su hijo (son)», le solté con mi lógica defensiva. Ella me explicó que son es simplemente el verbo «ser», el estado de existir.

Ese es el problema. Me pregunto si Yuly es también un «falso amigo» lingüístico: alguien que parece una cosa en la seguridad de Medford High pero que resultará ser algo completamente distinto fuera. Me aterra que su amistad sea una traducción literal fallida de una realidad que no puedo sostener.

Conclusión: El miedo a ser «vista»

A pesar de mi resistencia, la «empatía estratégica» de Yuly está empezando a agrietar mi búnker. Cuando los chicos de clase intentaron humillarme con esa canción obscena de «Jessica Bond», ella no me miró con lástima. Me contó que a ella la llaman «Spanish Omelet» (tortilla española). Al compartir su propia marca de bicho raro, me hizo sentir, por un instante, que no estaba sola en la periferia.

Admitir que Yuly me cae bien es admitir mi vulnerabilidad. Me asusta su persistencia porque, si ella me ve de verdad, me convierto en alguien real. Y si soy real, el hecho de que Daddy no haya venido a buscarme deja de ser una espera mística para convertirse en un dolor concreto y presente. Ser invisible es mi único escudo; dejar que Yuly camine a mi lado es empezar a aceptar que quizás, solo quizás, el mundo va a seguir moviéndose aunque yo intente detenerlo.

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