Lo que pensé de Manuel (y lo equivocada que estaba)

Ana
El despertador a las ocho de la mañana sonó como una promesa que no estaba segura de poder cumplir. Mientras subía al coche de Carlos, el frío de aquel sábado 7 de octubre de 2000 se colaba por mis huesos, pero yo me sentía ilusionada. Íbamos a Toledo, al primer retiro del curso del Movimiento, y para mí aquello significaba mucho más que una escapada de fin de semana; era la oportunidad de beber de mis raíces espirituales y sentirme, por fin, parte de esa gran familia. Al llegar a la iglesia, me encontré con un panorama desolador: apenas había «cuatro gatos», los más madrugadores y responsables.
Me sentía nerviosa ante la idea de reencontrarme con la gente del campamento, pero el ambiente era extrañamente tranquilo. Carlos, que ya se sentía un veterano, no tardó en sacar su guitarra para unirse al coro, dándome un «plantón» que me dejó sentada en un banco central, cuidando de las mochilas y resignada a un segundo plano. Parece que he venido solo a calentar el banco, pensé mientras observaba cómo él buscaba su cuota de protagonismo.
Al término de la misa de la tarde, la atmósfera cambió por completo. La capilla, que antes estaba vacía, se había llenado hasta los topes, y al salir a la calle nos esperaba una multitud. Carlos, siempre tan interesado en presumir de su vida social, parecía ansioso por presentarme oficialmente. De repente, me vi envuelta en esa situación que tanto me molestaba: ser exhibida como un trofeo de caza. Carlos quería que todos vieran que ya no estaba solo. Me sentí profundamente incómoda y algo secundaria:
«Carlos era quien estaba más interesado en esa última charla con todos, dado que había gente que aún no le había visto con novia y era un detalle que no quería pasar por alto. De algún modo, consiguió que me sintiera algo incómoda, dado que esperaba que me tratasen y consideraran como algo más que su novia».
En medio de aquel desfile de saludos forzados, apareció él. Carlos me presentó a Manuel Pellicer.

Si alguien me hubiera susurrado al oído que ese chico de mirada distraída iba a ser el eje de mi existencia, me habría reído con ganas. Mi percepción inicial fue de una indiferencia absoluta.
Lo que vi en Manuel aquel 7 de octubre:
- Uno más del montón: No hubo ningún brillo especial en su mirada ni nada en su porte que le hiciera destacar entre la multitud del Movimiento.
- El de siempre: Ya nos habíamos cruzado esporádicamente años atrás y mi impresión fue que el tiempo se había detenido para él. No ha cambiado ni un ápice, pensé al ver que seguía siendo el mismo chico plano de siempre.
- Dato biográfico irrelevante: Registré que seguía sin tener novia, pero para mí aquello fue una observación tan vacía como el clima de aquel día.
- Cero interés mutuo: Durante todo el retiro no nos habíamos hecho ni caso. Le saludé por pura cortesía, pero en mi interior sabía que podría haberme ahorrado este saludo perfectamente.
Hubo una pequeña anécdota que hoy, con el tiempo, adquiere un tinte irónico, aunque aquel día me pareció un simple error administrativo. En el campamento anterior, por un fallo de los organizadores, me había correspondido ser la «amiga invisible» de Manuel. Sin embargo, él nunca apareció. Al mencionarlo, el error se subsanó rápidamente, pero me quedé con la sensación de que Manuel era el típico chico informal que se apunta y se borra a última hora. En aquel momento, que él no hubiera estado allí para recibir mi regalo me dio exactamente igual; no sentí que me hubiera perdido de nada importante.
Es curioso cómo funciona la ceguera del primer contacto. Aquel 7 de octubre, Manuel Pellicer no fue más que una sombra, un rostro borroso eclipsado por el peso de mi relación con Carlos y por mi propio cansancio al final del día. Me sentía cansada y solo deseaba regresar a casa. Hoy reflexiono sobre la frecuencia con la que saludamos a personas cruciales sin sospechar quiénes son realmente. En Toledo, frente a esa iglesia, le di la mano a un extraño, sin saber que estaba tocando mi propio destino. Para mí, él era solo un chico más que no me interesaba en absoluto. Qué poco sabía yo de lo que el silencio en mis labios terminaría por confesar.
Origen
- Ana. Silencio en tus labios (1) – Tras el último verso
- Gemini Notebook

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