Ana. Silencio en tus labios (1)

Capítulo 1: EL FLECHAZO

Tú los lees como si fueran un cuento,
una historia a la que le falta final feliz,

DEDICATORIA

A todos aquellos con quienes he compartido mi asperger cuando no sabía que lo tenía. En especial en quienes me he basado para crear los personajes de esta novela.

Aclaración

Todo lo que se relata en esta novela es ficción.

Comienzo de la novela, Capítulo 1

Sábado, 7 de octubre de 2000

Cuando Carlos me propuso que fuéramos a aquel primer retiro del curso, a Toledo, al principio no supe qué contestarle. Era verdad que había estado en el campamento y estaba muy ilusionada ante la idea de ver a la gente otra vez. Aquella sugerencia era una excusa para que pasáramos el fin de semana lejos de casa, sin que, en principio, mis padres pusieran ningún reparo. De hecho, durante el campamento había adquirido un mayor compromiso con el Movimiento, consideraba que se trataba de algo a lo que ya no daría la espalda ni viviría de una manera tan comedida como hasta entonces, centrada en mis estudios, y esas actividades quedaban para momentos muy puntuales. Dejé que Carlos me convenciera, sobre todo que lograse el beneplácito de mis padres y me sacara de la ciudad, con la seguridad de que no haríamos nada malo. A mi edad ya me merecía ese voto de confianza y sólo sería un fin de semana. Íbamos a Toledo, tan lejos, que serían pocas las oportunidades en que lo repetiríamos.

Carlos siempre me echaba en cara que fuera una chica un tanto aburrida, que mi actitud frente a la vida había cambiado poco entre cómo era antes de ser novios y después, cuando lo cierto era que sólo le ponía mis quejas y excusas sobre que no tenía tiempo para nada, aunque mi compromiso con la parroquia estaba fuera de toda duda. Salvo en época de exámenes, no había fin de semana que no se contara conmigo. En cierto modo, eso fue lo que le atrajo de mí, me consideró una chica llena de vida y entusiasmo, más aún cuando me interesé por las actividades de su grupo para no ir tanto por libre. Sin embargo, en todo lo que fueran salidas de la ciudad hasta entonces tan solo había recibido negativas por mi parte. En unas ocasiones condicionada por mis padres, otras por una decisión personal o por incompatibilidad de agendas.

Aquel sábado, a las ocho de la mañana, me recogió con su coche. Me hizo madrugar, aunque la verdad es que el día anterior tampoco me había acostado demasiado tarde e iba bastante descansada. Aparte que, como no conduciría, pensé que dormiría algo durante el trayecto. Sin embargo, admitía que la idea de acudir a aquel retiro me tenía un tanto nerviosa, ante el hecho de reencontrarme con la gente del campamento; tenía mucho que contar a unos y otros; tendría la oportunidad de conocer cómo era la vida del Movimiento, porque lamentaba que en mi parroquia no se hicieran esas mismas actividades, ya que el grupo era demasiado pequeño. En Toledo estaba el centro de todo y aquel viaje para mí sería como beber de las raíces, con la oportunidad de conocer gente de la que sólo había oído hablar o con la que me había encontrado de manera esporádica y poco relevante en ocasiones anteriores. No iba a como una novata, pero era todo bastante novedoso en mi vida.

Se suponía que el retiro comenzaba a las diez y media, en realidad, el día anterior por la noche, con la Hora Santa y una primera meditación, pero nosotros no habíamos encontrado alojamiento y preferimos acudir sólo el sábado desde primera hora. Pensábamos que tampoco nos perdíamos tanto y que lo recuperaríamos con facilidad, dado que, como tal, era una continuidad. A esas horas y, como suele decirse, en la iglesia había cuatro gatos, los más responsables o madrugadores. Me pareció que, además, eran quienes vivían más cerca o que, como nosotros, no habían podido o querido trasnochar el día anterior y lo compensaban con esa puntualidad por la mañana para recibir a quienes llegábamos de lejos. Tampoco es que me hubiera hecho muchas ilusiones con respecto a la posibilidad de encontrarme la iglesia llena. Después de haber estado en el campamento, aquello no me podía sorprender.

Nos sentamos en uno de los bancos del centro, ni muy atrás ni en primera fila. No queríamos destacar y Carlos me comentó que se dejaban un par de bancos libres para los guitarristas. Para él no era su primer retiro y sabía de lo que hablaba. De hecho, se había traído su guitarra y esperaba unirse a ese grupo, siempre y cuando a mí no me importase aquel plantón. La verdad era que me daba un poco igual. Si hacía falta una voz femenina en el coro, me uniría a ellos, dado que ya cantaba en la parroquia y no demasiado mal, aunque para aquel retiro prefería quedar en un segundo plano, cuidaría de las mochilas, aunque no hubiera ido sólo a calentar el banco.

De cuantos se encontraban allí en aquellos momentos, me sorprendió confirmar que por uno u otro motivo conocía a la mayoría, aunque no todos hubieran estado en el campamento de aquel año, pero ello desmentía la idea de Carlos de que no me había movido de mi casa cuando el Movimiento nos convocaba a alguna actividad o encuentro. Tampoco es que me acordase del nombre de todos, porque en su mayoría les conocía de vista. Sin embargo, como me había sucedido en el campamento, allí también me sentí en familia; sin que pudiera decir que hubiera alguien que me llamase más la atención que los demás.

El contraste con el inicio del día estuvo en la misa de la tarde, donde más que escoger banco, casi hubo peleas por no quedarse de pie, dado que la capilla se llenó de gente; se dio un poco más de sentido a la idea que tenía del Movimiento, como si la asistencia de gente hubiera ido en aumento a lo largo de todo el día; la misa era el momento más importante y el cierre, antes de las despedidas. A esas horas no sabía qué haríamos después, se dudaba entre el regreso a casa o quedarse hasta que ya no hubiera nada que hacer. En mi caso, todo dependía de la decisión de Carlos, aunque estaba claro que no tardaríamos en marcharnos. Mi temor fue que el trayecto de vuelta se hiciera tan agotador como el de ida. Si no regresábamos demasiado tarde, tal vez aún tuviéramos tiempo para una cita esa noche. De todas maneras, ya me sentía algo cansada y, tras el regreso a casa, lo más probable fuera que no saliera de nuevo.

Al término de la misa, tras los avisos sobre el siguiente retiro y las actividades programadas para las siguientes semanas, en vez de levantarme y encaminarme a la calle, me quedé sentada en el banco, un último rato de oración y agradecimiento por el día que había pasado y que, por problemas de agenda y de distancias, veía poco probable que se repitiera con frecuencia, aunque sabía que, si viviese en Toledo, o se celebrara el retiro más cerca de mi casa, lo más seguro sería que no faltase e incluso acudiera a la oración del viernes para que mi participación fuera completa. De algún modo, envidiaba la suerte de quienes acudían sin los obstáculos que a mí se me presentaban, aunque sabía que Carlos alguna vez lo había hecho.

Tal y como me esperaba, cuando salí a la calle, me encontré con que se había concentrado allí todo el mundo, aún quedaba mucha gente a quien saludar, a aquellos que habían acudido al retiro sólo para asistir a la misa y alguno que, había estado en el retiro, pero aún no les había dicho nada, porque no había surgido la ocasión ni el interés en conseguir ese acercamiento. Por mi parte no sentía recelo hacia nadie, dado que había ido al retiro a conocer a la gente para no tener la impresión de que las distancias nos separaban. Tampoco es que esperase iniciar una gran amistad con todos, pero, en previsión de una mayor participación en las actividades del Movimiento, no quería sentirme una extraña entre quienes ya consideraba mis hermanos. En realidad, me dio la impresión que Carlos era quien estaba más interesado en esa última charla con todos, dado que había gente que aún no le había visto con novia y era un detalle que no quería pasar por alto. De algún modo, consiguió que me sintiera algo incómoda, dado que esperaba que me tratasen y consideraran como algo más que su novia, después de que en el campamento había conseguido que me conocieran por mi nombre.

Entre las personas a quienes tuvimos ocasión de saludar estuvo Manuel, a quien tenía un especial interés en conocer, aunque creía recordar que no era la primera vez que nos veíamos, pero de aquel primer encuentro ya habían pasado algunos años y entonces no nos habíamos hecho demasiado caso. Lo mismo había sucedido durante todo el día, pero al final no pude evitar el saludo, lo que confieso a mí me hubiera dado lo mismo, pero Carlos no era de la misma opinión, porque se le había echado en falta en el campamento. No se lo comentamos, pero debido a un fallo de los organizadores, me había correspondido ser su amiga invisible, cuestión que se subsanó en cuanto lo dijimos, pero el caso es que me quedé con la sensación de que se debió haber apuntado al campamento y borrado en el último momento. La impresión que me causó la verdad es que no fue muy distinta a la que recordaba de la primera ocasión, era sólo un chico más dentro del grupo y seguía sin novia. Era el de siempre.