Friday, September 15, 1995 – 03:00 PM
Un búnker en movimiento: Mis planes para el parque este fin de semana

Jessica Marie Bond (Jessica)
El vacío de un viernes por la tarde en St. Clare’s
Es viernes. El silencio en St. Clare’s no es pacífico; es un vacío que pesa. Observo desde la periferia cómo las otras niñas se marchan con sus familias de acogida. Se van como si este lugar fuera una sala de espera y no una estación terminal. Yo me quedo. Soy el «bicho raro», la que Ana dice que tiene una «terquedad crónica», aunque yo lo llamo simplemente tener memoria.
Yuly me invitó al zoo con sus padres, pero le dije que no. No es solo por las complicaciones de la custodia o porque no quiera ser una «deuda» que sus padres tengan que transportar de West Roxbury a Medford. Es que si me voy al zoo, ¿qué pasa si Daddy viene?
Mi «búnker» está aquí, en el anexo sobre el garaje, con su techo abuhardillado y ese suelo que vibra cuando alguien arranca un motor. He vuelto rápido de clase para asegurarme de que Ana no piense que me he rendido. No voy a dejar que me envíen a Matignon High como si fuera un paquete de correo urgente. Me quedo a la espera de noticias de Daddy, refugiada en mi dormitorio, lejos de las miradas de los padres de acogida que me señalan como a un mueble viejo que nadie quiere llevarse a casa.
¿Por qué el parque Park? Motivaciones de una «observadora periférica»
Ana se empeña en decir que vivo en una «estasis», como si fuera un bicho disecado en un tarro de cristal. Dice que mi resistencia a moverme es una patología. Yo creo que es estrategia. Sin embargo, este fin de semana el anexo se siente demasiado pequeño. Acercarme por el park no es buscar diversión —esa es una palabra para gente como Yuly, que habita Medford con una naturalidad que casi me asusta— sino realizar un movimiento de resistencia.
El parque es el único lugar de esta ciudad que no miro con un recelo clínico absoluto. Es un espacio de «esparcimiento y recuerdos gratos», un terreno neutral donde puedo ser una observadora periférica. Yo voy al parque a vigilar mis fronteras, a «matar el aburrimiento» antes de que la apatía me gane la partida, manteniendo mi voluntad intacta mientras el resto de Medford finge que todo es normal.
Cartografía del parque: Lo que veré (y lo que evitaré)
El parque no es un recreo; es un mapa de exclusiones que debo navegar con mi camuflaje puesto:
- La cancha de baloncesto y el diamante de béisbol: Instalaciones de «categoría superior», dicen. Me sentaré a observar el diamante de béisbol, dispuesto de forma diagonal. Me gusta esa geometría estática; me recuerda que el orden es posible incluso en un lugar tan caótico como este.
- La zona de juegos: Un recordatorio de lo que nunca tuve. Está llena de niños pequeños y familias funcionales. Aunque soy de «talla pequeña», mi cuerpo ha decidido madurar biológicamente por su cuenta, convirtiéndome en un blanco. Ese lugar no es para mí; me resulta ajeno y doloroso.
- El sendero para caminar: Mi ruta de patrulla. Rodea los campos ofreciendo zonas de sombra. Es ahí donde me escondo. Iré con mis jeans con peto (overalls), mi escudo personal. Son mi armadura contra los idiotas del instituto y su estúpida canción de «Jessica Bond / Sexual Bomb». Si me ven como un bloque de mezclilla sin forma, dejan de cantar. El camuflaje es mi única libertad.
El Manzano y la conexión con «Daddy»
En un rincón del parque sobrevive un viejo manzano. Es mi conexión con la «película mental» que proyecto cada noche. Dicen que en los años 70 este parque era el corazón de los adolescentes de Medford. Según mis cálculos —esos que Ana dice que son una «distorsión cognitiva»— Daddy nació en 1974. Sé que las cuentas no salen, que un niño de siete años no engendra una hija en 1981, pero mi mitología personal no necesita lógica, solo lealtad.

Imagino a ese chico de Toledo, España, apoyado en el tronco del manzano, quizás recogiendo ramas secas para una barbacoa como hacen ahora los vecinos. El olor del humo de las brasas me transporta a ese Toledo santuario que no conozco. Pisar la tierra cerca de ese árbol es como tocar una reliquia. El manzano resiste al tiempo y a los vándalos que queman las redes de las canchas, igual que yo resisto en St. Clare’s.
Plan de acción para el fin de semana
He diseñado este planteamiento defensivo para que Monica (que se queda de guardia mientras Ana ve a sus padres) no tenga motivos para darme una charla sobre «madurar»:
| Momento del Paseo | Actividad en Hickey Park | Propósito de Supervivencia |
| Sábado tarde | Patrullar el sendero por las zonas de sombra. | Mantener el camuflaje y evitar que la «putrefacción de Medford» se instale en mi cabeza. |
| Domingo (post-misa) | Observación estática del manzano. | Alimentar la mitología de Daddy sin dejarme engañar por los «falsos amigos» del entorno. |
| Regreso (Puntual) | Retorno inmediato al anexo de Fulton Street. | Estar en el búnker por si Daddy aparece con los papeles en regla y para que Monica no me moleste. |
Conclusión: La lealtad a la espera
Caminar por el parque no significa que haya bajado la guardia. Medford sigue siendo el lugar donde «Paco Panceta» intenta enseñarme un idioma que siento como una traición. Mi verdadero hogar no es este suelo, sino la espera. El paseo es solo un trámite para proteger mi GPA de 3.0, ese talismán que uso para comprar mi derecho a no ser trasladada.
Este fin de semana, mientras piso las hojas secas del parque, seguiré repasando el abecedario español en mi cabeza. No el «castellano» gramatical de la escuela, sino el «español» que es la llave para encontrar a mi padre. Soy una observadora periférica en Medford, una pieza de artillería en espera. El parque me da sombra y un manzano que recuerda los años 70; yo le doy mi silencio y mi negativa absoluta a ser cualquier otra cosa que no sea la hija de ese fantasma de Toledo.
Origen
- Friday, September 15, 1995 página 5
- NotebookLM

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