El Cristo de las Aguas

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Seguimos detenidos en el paseo del Barco del pasaje. Estamos en Semana Santa y en Toledo se respira, se vive fe y devoción. La ciudad está de fiesta y llena de procesiones, las imágenes salen de los templos a recorrer sus calles, como si fuera el Día del Corpus, pero por recorridos mucho más variados, aunque también se acercan hasta la catedral para después regresar al templo del que partieron. Toledo vive sus tradiciones más antiguas, más vivas. Y al igual que hay quien vive estas fechas con la mayor de las devociones, los hay que se animan a participar de otros actos lúdicos y culturales promovidos por el Ayuntamiento. Toledo está de fiesta y hay celebraciones para todos, de manera que se cruzan por sus calles tradición y progreso, una mirada al interior del alma, a lo escondido del corazón en contraste con aquellos que acuden a Toledo en busca de arte y cultura, que aprovechan estos días de vacaciones para romper con la rutina, porque ahora ya no tienen excusa para no venir a Toledo. Los hosteleros y demás negocios locales reciben a todos con abiertos de par en par, porque Toledo se llena de vida de gente a cualquier hora del día y de la noche. Y los que hacen noche necesitan donde pasar el día y los que pasan el día quizá necesiten donde pasar la noche y que no tiene casa necesita quien le dé de comer y el que tiene qué comer necesita algo que hacer cuando no está en casa. Quien tiene qué comer y tiene casa, tiene sed o el anhelo de llevarse un recuerdo de su paso por Toledo.

Sin embargo, ahora no quiero detenerme a mencionar a los turistas que estos días invaden Toledo, que quizá tan solo sean gente que se ha acercado de la ciudad desde los pueblos de os alrededores o vengan del otro lado del mundo atraídos por la curiosidad y la novedad de estar en Toledo

Turistas junto a la catedral

Ni tan siquiera me quiero detener en acompañar el recorrido de las procesiones ni invitaros a asistir y participar en alguna de las muchas y variadas ofertas del programa de fiestas de Semana Santa. Aunque tampoco me quiero desviar del tema.

En la entrada de ayer Devoción y fe en Semana Santa faltan las alusiones a uno de esas imágenes de Cristo que en su momento tuvieron y recibieron gran devoción por parte de los Toledanos, de esas que sin duda en estas fechas recorrerían sus calles como expresión de la fe viva y de las tradiciones que se mantienen en el ciudad. aunque pasen los años. Esta imagen debería estar, pero por desgracia no está, aunque sea protagonista de un de las leyendas que se cuentan en la ciudad. El Cristo de las Aguas

Antes de ofreceros la imagen, es necesario recordar que esta talla, al parecer ejecutada en el siglo XVI, ocupó su lugar durante siglos en el desaparecido Convento del Carmen Calzado (situado en el actual paseo del Carmen, junto a Doce Cantos), siendo trasladada a la Iglesia de la Magdalena cuando el citado convento iba a ser sucesivamente desocupado, desmantelado y derribado. La imagen se perdió para siempre en el fatídico verano de 1936 durante la Guerra Civil, pues los bombardeos sobre el Alcázar destruyeron la mencionada Iglesia de la Magdalena, situada muy cerca del baluarte.

Sea como fuere, lo cierto es que el Cristo era uno de los más queridos de la ciudad, y a él se le pedían milagros relacionados (¿cómo no?) con el líquido elemento, siendo habitual que se le sacara en procesión en las sucesivas sequías, tan recurrentes y habituales en nuestro duro clima castellano.

Leyenda

Bajo el título de la Santa Vera Cruz, y fundada por Rodrigo Díaz de Vivar el Cid, nació en 1085 una congregación religiosa un tanto peculiar. Fue la primera que se conoce con este nombre, y a ella han pertenecido a lo largo de toda su historia los más leales y cristianos caballeros de Castilla.

Pero si hay algo que ha contribuido a su enaltecimiento es el famoso suceso relacionado con esta congregación ocurrido en el siglo XVI.

Fue aproximadamente a mediados de la decimosexta centuria. En aquella época existía cerca del puente de Alcántara, junto al Artificio de Juanelo, una presa que encauzaba la corriente del Tajo. Habitualmente acudían a aquella presa numerosos toledanos con el fin de pescar, o incluso rebuscar ínfimas cantidades de oro entre las arenas de la orilla.

Ocurrió que un día, habiendo mucha gente como de costumbre, quedaron sorprendidos al ver en el río, junto a la presa, una rudimentaria y enorme caja de madera que flotaba en el agua. Y el asombro crecía cuando los testigos al intentar acercarse para coger dicha caja no podían hacerlo, ya que ésta se alejaba a la orilla opuesta como empujada por fuerzas desconocidas.

Asombrados se encaminaron apresuradamente a la población para notificar la extraña noticia. Unos, dando crédito a lo referido, bajaban para observar por sus propios ojos. Otros, considerando el hecho falso u obra de Satanás, prefirieron no acercarse a la presa.

No tardó en llegar la noticia a las autoridades civiles y religiosas, quienes en solemne comitiva bajaron al río para interrogar a aquella arca flotante en nombre de Dios, como se solía hacer en el supersticioso siglo XVI con todo lo desconocido.

Cada congregación fue haciendo el interrogatorio en turno según su dignidad e importancia, pero el resultado era infructuoso.

Continuó estéril aquel interrogatorio hasta que llegó el turno a la congregación de la Santa Vera Cruz, momento en el cual la caja se acercó a la orilla por sí misma dirigiéndose hacia los Padres Carmelitas.

Entonces se arrojaron varios nadadores al agua, pudiendo capturarla y traerla a la orilla. Todos los que observaban sentían palpitar violentamente sus agitados corazones por la emoción y la intriga.

La incertidumbre se acrecentó cuando un Padre Carmelita abrió la caja y extrajo de ella un rótulo que decía:

‹‹Voy destinada para la Santa Vera Cruz de Toledo.››

Al instante hundió sus manos en el interior del arca y las volvió a sacar sosteniendo un crucifijo no muy grande, con un Crucificado moreno y de larga melena.

Embargado por la emoción, y entre gritos de júbilo y lágrimas de emoción, el pueblo de Toledo y sus autoridades improvisaron una procesión para conducir la nueva imagen a la Sala del Carmen Calzado, según el deseo de los Padres Carmelitas. Allí permaneció largo tiempo hasta que fue trasladada a la parroquia de Santa María Magdalena, donde se conservó durante bastantes años.

Desde que se venera, y en recuerdo a la peculiar forma en que fue encontrada, se ha conocido a aquella imagen como la del “Cristo de las Aguas”.

Siempre que se ha hecho necesaria la aparición de la lluvia por largas sequías se ha sacado la imagen por la ciudad en solemne procesión, y no se ha hecho esperar la aparición de aliviadoras nubes, circunstancia que también ha contribuido a la nomenclatura de tan peculiar y milagrosa figura.

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