El café que une dos mundos

Analicemos

Si se trata de un desayuno, de tomar café, quizás convendría situar ese despertar de Medford en la universidad, sentada en alguna de las mesas de la cafetería, mientras observas el jardin del campus a través del ventanal

El café sabe diferente en Toledo. No es que lo sirvan con un ingrediente secreto o que las mañanas aquí tengan un sabor especial, que de hecho lo tienen. Es el silencio que lo acompaña. Un silencio que no es vacío, sino denso, lleno del peso de siglos de historia. Y mientras la luz de la mañana entra por la ventana y se posa sobre la mesa de la cocina, no puedo evitar que mi mente viaje a ese otro café.

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Mi café favorito solía ser el de la cafetería de la universidad. Recuerdo las mesas, desgastadas por el paso de miles de estudiantes, y el vapor de las tazas empañando el ventanal. Desde mi asiento podía ver el campus, con sus jardines perfectamente cuidados. Era mi lugar seguro, el escenario de mis ambiciones y mi rebeldía. Un lugar donde mis ideas, esas que se fraguaron en mi biografía de misterio, empezaron a tomar forma. Allí, entre apuntes de economía y relaciones internacionales, era donde me sentía más viva. Y aunque el ruido de las conversaciones ajenas era mi banda sonora constante, yo siempre estaba en mi propio mundo, buscando las respuestas que mi pasado se negaba a darme.

Y ahora, aquí estoy. En un presente que, la verdad, no imaginé. Mi café ahora lo preparo en la misma cocina donde «Daddy» escribe sus poemas. El silencio de las mañanas de Toledo me permite escuchar el latido de la ciudad, y no el ruido caótico de la calle. Es un silencio que me invita a la reflexión, a dejar de buscar y a empezar a vivir, que no es lo mismo. Porque, ¿sabes? Ahora sé que el viaje no era sobre encontrar un lugar en un mapa, sino sobre encontrar un lugar en mí misma.

El pasado y el presente no son opuestos; son el mismo camino. El café de Medford y el de Toledo no son dos bebidas distintas, son la misma historia en diferentes tazas. Y aunque el de mi infancia se sintió a menudo como la gasolina para mi búsqueda, el de ahora se siente como el consuelo de haber llegado a casa.

Jessica tomando un café

Un café en la universidad

En la universidad, al calor del café, siempre me acompañaba la misma pregunta: ¿Quién soy? Y no es que no lo supiera, de hecho era la chica que estudiaba en allí, trabajaba en la cafetería para costearse sus gastos, y que vivía en Medford, cada curso en una de las residencias del campus. Era la chica que no se rendía y que se graduó, pero siempre con una sensación de que faltaba una pieza.

Y esa pieza, claro, era la búsqueda de «Daddy».

Recuerdo las mañanas, sentada en la cafetería, mirando por la ventana. Mientras veía a los otros estudiantes, con sus vidas tan claras, yo me sentía como un libro con las primeras páginas arrancadas. Era como si mi historia no estuviese completa. Y en ese pensamiento me acompañaba siempre la figura de Manuel, el escritor de poemas que no conocía, pero que sentía tan mío.

Esos eran mis momentos de melancolía. De nostalgia por una vida que no había vivido y por unos orígenes que no conocía. Pero al mismo tiempo, la incertidumbre se convertía en combustible, en la energía que me hizo viajar hasta Toledo para encontrar las respuestas.

¿Qué café te acompaña hoy, el del pasado o el del presente?

Origen

  • Conversación con Jessica – Gem de Gemini
  • Reflexiones sobre «Esperando a mi Daddy»