Etiqueta: Judea justo antes
Primera Entrada: La Grandeza y el Caos del Templo de Jerusalén
5 días antes de las calendas de abril, año 747 ab urbe condita
He llegado a Jerusalén. Después de semanas de viaje, ninguna historia me había preparado para la escala del Templo. Es una obra monumental, un proyecto impulsado por el rey Herodes que, según me dicen, se inició hacia el año 20 a.C. y lleva, por tanto, más de veinte años en construcción. Ahora mismo, los obreros recubren las fachadas con un deslumbrante mármol traído desde Asia Menor, un lujo que rivaliza con nuestros propios templos en Roma. La ambición de Herodes es innegable; busca impresionar tanto a su dios como al César.
Sin embargo, al cruzar sus puertas y entrar en el llamado Patio de los Gentiles, la solemnidad se desvanece y da paso a un caos que ofendería a cualquier magistrado romano. Es menos un santuario y más un mercado bullicioso. Mis observaciones me dejan perplejo:
- Cambistas de Monedas: Hombres sentados en mesas con balanzas, cambiando nuestras monedas imperiales —con la efigie del divino Augusto— por una moneda local llamada siclo de Tiro. Al parecer, las monedas con imágenes «paganas» no son aceptables para el tributo del Templo. Por supuesto, cobran una comisión considerable por su servicio. La piedad, aquí, tiene un precio.
- Vendedores de Animales: El aire está impregnado del olor de palomas y corderos, vendidos en jaulas para los sacrificios rituales. Es práctico para los peregrinos que viajan de lejos, pero convierte el atrio sagrado en un corral. El balido de los corderos se mezcla con las oraciones.
- Opiniones Divididas: No soy el único que observa esta contradicción. Un levita de avanzada edad, un tal Eleazar ben Mattatías, se lamentaba en voz alta cerca de mí: «Este lugar era la casa del Altísimo, no un bazar encubierto». Sus palabras resuenan con la verdad.
Para añadir más desconcierto a este lugar, un rumor asombroso recorre la ciudad. Se dice que un ser celestial, que se identificó como Gabriel, se le apareció a un sacerdote anciano llamado Zacarías, justo dentro del santuario. Como romano, encuentro estas historias difíciles de creer; parecen fábulas para niños. No obstante, la conmoción que ha causado entre los judíos es palpable. Viven atentos a las señales del cielo con una intensidad que nos es ajena.
Este Templo es un reflejo de Judea misma: una obra de grandeza a la par que un hervidero de comercio y superstición. Mañana observaré cómo Roma impone su propio tipo de orden en estas calles.
Segunda Entrada: La Justicia de Roma, un Espectáculo Público
III días antes de las calendas de abril, año 747 ab urbe condita
Hoy he sido testigo de cómo Roma administra la justicia en esta provincia, y he de admitir que es una estrategia de dos filos. Coincidiendo con su festividad de la Pascua, nuestro gobernador mantiene una costumbre conocida como la «amnistía pascual». Es un gesto político inteligente: se ofrece clemencia a un reo elegido por el pueblo para apaciguar a la multitud durante una celebración que conmemora su propia liberación. Un recordatorio sutil de quién ostenta ahora el poder de liberar y perdonar.
Pero esta clemencia es solo una cara de la moneda, perfectamente calculada para equilibrar la otra: el terror. Por cada hombre liberado, he visto a otros ser conducidos a la crucifixión. Es un método brutal, pero su ejecución es un meticuloso espectáculo de poder. Colgada del cuello del condenado va una tablilla, el titulus, con su crimen inscrito para que todos lo entiendan. La elección de los idiomas no es casual; es un mensaje de dominio absoluto:
- Hebreo: La lengua local, para que cada habitante judío comprendiera la ofensa y temiera las consecuencias.
- Latín: La lengua del Imperio, una afirmación rotunda de que la autoridad de Roma es indiscutible en estas tierras.
- Griego: La lengua franca del Oriente, para que comerciantes y viajeros de todas las provincias entendieran que la ley romana se aplica a todos.
El recorrido del condenado tampoco fue elegido al azar. La procesión avanzó lentamente por el Decumanus Maximus, la arteria principal de la ciudad, interrumpiendo el comercio y la vida cotidiana. La estrategia es clara: un acto de clemencia para calmar los ánimos, seguido de múltiples actos de terror para disuadir cualquier rebelión. En Roma tenemos el circo; aquí, la crucifixión sirve a un propósito similar de control social, especialmente durante esta volátil festividad.
La justicia de Roma es dura y visible, pero la devoción de los judíos parece buscar consuelo en lugares mucho más serenos y apartados de la ciudad.
Tercera Entrada: El Silencio del Monte de los Olivos
El día antes de las calendas de abril, año 747 ab urbe condita
Buscando un respiro del denso ambiente de Jerusalén, he ascendido hoy al Monte de los Olivos, una colina cubierta de árboles centenarios al este de la ciudad. Desde su cima, la vista es majestuosa. El Templo refulge bajo el sol, una joya de mármol y oro dominando el horizonte. Toda la ciudad se extiende a mis pies, un laberinto de piedra y vida. El contraste entre el bullicio que se adivina abajo y la paz profunda que reina aquí arriba es sobrecogedor.
Este monte es, para los judíos, un santuario sin muros. Vienen aquí para la oración y la meditación, lejos del mercado que ha profanado su Templo. Es un espacio para el encuentro con su dios, en la quietud de la naturaleza. Recordé la reflexión del filósofo griego Menandro, quien escribió sobre este mismo lugar: «Aquí la presencia divina se percibe con más fuerza que en mármol alguno».
Su observación me hizo pensar. Nuestra religión romana está llena de estatuas magníficas de Júpiter, Marte y Venus; damos forma y rostro a nuestros dioses para poder venerarlos. Los judíos, en cambio, prohíben cualquier imagen. Parecen sentir a su dios en lo invisible, «en el misterio, en el viento», como me explicó un anciano rabino. Es una idea extraña para mi mente pragmática, pero no puedo negar la poderosa espiritualidad que emana de este lugar. Hay una fuerza aquí que no necesita de templos construidos por el hombre.
En este monte también se ven tumbas excavadas en la roca, recordándome que las costumbres de este pueblo en torno a la muerte son tan particulares como su forma de venerar a su dios.
Cuarta Entrada: El Ritual de la Muerte en Judea
Las calendas de abril, año 747 ab urbe condita
Mis últimos días en Jerusalén coinciden con la observación de sus ritos funerarios, tan teatrales como solemnes. He presenciado una procesión fúnebre encabezada por plañideras, mujeres contratadas específicamente para llorar y lamentarse en público. Su llanto es un espectáculo calculado, un oficio pagado con unas pocas monedas, a menudo realizado por mujeres de clase baja. Aunque en Roma las matronas de la élite también muestran su dolor, aquí se ha convertido en una profesión.
Las diferencias con nuestras costumbres son notables. He intentado sistematizarlas para mi propia comprensión:
| Costumbre Funeraria Judía | Costumbre Funeraria Romana (Era de Augusto) |
| Entierro fuera de las murallas (inhumación). | Principalmente cremación para las clases altas. |
| Tumbas familiares excavadas en roca. | Cenizas en urnas, guardadas en columbarios o mausoleos. |
| El cuerpo es envuelto en lienzos y ungüentos. | Rituales con ofrendas a los dioses manes (espíritus). |
| El sepulcro se sella con una gran piedra redonda. | Se construyen tumbas monumentales como símbolo de poder. |
Lo que más me asombra es el lujo asociado a estos ritos. Existe un próspero comercio de perfumes funerarios, contenidos en frascos de alabastro finamente trabajados. Me han dicho que uno de estos frascos puede costar hasta 300 denarios. ¡Es el salario de más de un año de un trabajador! Semejante gasto en un muerto, cuando tantos vivos pasan necesidad, me parece una extravagancia que roza la locura. Muestra una reverencia por la muerte que, a mis ojos, parece desmedida.
Después de tantos días en esta ciudad de contrastes, mi viaje llega a su fin. Mañana partiré, llevando conmigo el recuerdo de estas costumbres tan ajenas a Roma.
Quinta Entrada: Reflexiones Finales en una Posada de Betania
El día después de las calendas de abril, año 747 ab urbe condita
He dejado atrás el polvo y el fervor de Jerusalén. Mi camino me lleva al este, y he decidido pasar la noche en la aldea de Betania, a unas tres millas de la ciudad. Me alojo en una posada sencilla pero acogedora, regentada por un matrimonio afable, Elías y Encharia. El lugar es seguro, el pan está recién horneado y el vino es de buena calidad. La tranquilidad de este lugar me invita a una última reflexión.
Judea es una tierra de profundas contradicciones. Es un pueblo capaz de erigir una obra tan colosal como el Templo de Herodes, una proeza de ingeniería y arte, y al mismo tiempo llenar sus atrios sagrados con el ruido de mercaderes. Su fe es inquebrantable, una fuerza que los une y los define, pero se manifiesta en rituales que a un romano le parecen extraños y excesivos.
Aquí, la presencia de Roma es una capa superficial. Patrullamos las calles, administramos la justicia con el titulus y la cruz, y recaudamos los impuestos. Gobernamos la tierra, las carreteras y los puertos. Pero el espíritu de este pueblo es algo completamente distinto. Reside en sus oraciones silenciosas en el Monte de los Olivos, en sus lamentos pagados, en su esperanza febril por señales divinas.
Roma ha conquistado Judea, de eso no hay duda. Pero me marcho con la firme convicción de que el alma de este pueblo es un territorio que nunca podremos conquistar del todo.
Origen
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