Un abrazo a Toledo

Introducción

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En la entrada anterior (El Toledo más salvaje) iniciábamos el paseo por la senda ecología del rio Tajo, que por haberla iniciado, en nuestro caso, en las ruinas del circo romano y tras haber llegado bajo el puente de la Cava, ya parecía que se nos hacía demasiado largo y apenas han sido unos centenares de metros. La duda que se quedaba pendiente era resolver la dirección a tomar, si seguir el cauce del río, que nos lleva hasta la antigua fabrica de armas y nos aleja del casco histórico o atrevernos a ir contracorriente y confiar en que podamos llegar hasta el puente de Alcántara, sin que ninguna muralla ni obstáculo de la orografía del terreno nos impida el paso.

También nos podemos quedar dar una vuelta por este parque y curiosear por si hubiera algo de interés, porque después de todo este tiempo creo que hemos aprendido que la ciudad esconde sus tesoros debajo de las piedras, que no hay que dar más de dos pasos para que os sorprenda.

Parque del puente de la Cava

En cualquier caso, siempre nos podemos quedar a observar el río, como el paso de la vida y del tiempo, soñar con la posibilidad de cruzar al otro lado, porque la verdad es que por esa parte del Toledo aún no henos estado. Salimos a la ronda del Valle por el puente de San Martín. Pero mejor no nos adelantemos, porque lo cierto es que la distancia y la vegetación no nos permiten observar con mucho detalle.

El Cristo de la Vega

Lo que sí podemos observar, desde una perfectiva diferente, es el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, con los brazos abiertos hacia Toledo y la espalda al río. Que es la única evidencia de que no nos hemos alejado de la civilización.

Se encuentra enclavado en plena vega del río Tajo, extramuros de la ciudad.

Monumento del Sagrado Corazón de Jesús visto desde el parque

Nuestro paseo por esta senda ha comenzado en las ruinas del circo romano y hemos pasado por delante de la puerta de la ermita sin prestar demasiada atención, porque se supone que ya hemos estado (Con los brazos extendidos) Lo que se veía desde el paseo de Recaredo, frente a la puerta del Cambrón, a modo de contraste entre lo que se ve desde arriba y desde abajo

Vista aérea
Vista desde el paseo de Recaredo, a la altura de la puerta del Cambrón
Vista de la Puerta del Cambrón desde la ermita del Cristo de la Vega
Vista aérea de la zona
Entrada a la ermita/basílica
Vista de la ermita desde la Calle

La Ermita del Cristo de la Vega es un templo del S. XIX que cuenta con un ábside de estilo mudéjar, remanente de la iglesia original erigida en torno al S. XIII. Está situada en plena Vega Baja de Toledo, en la antigua zona de cementerios de la ciudad. También conocida como Basílica de Santa Leocadia, su origen se remonta a la época visigoda, celebrándose en su día en su interior «Los Concilios», asambleas eclesiásticas de obispos que se convocaban de manera regular para legislar o deliberar sobre asuntos religiosos.

La ermita, durante la Guerra de la Independencia, fue prácticamente destruida.

En 1826, el párroco Vicente Vega inauguró el nuevo edificio, época de la que data su estructura actual. La construcción tiene influencia mudéjar, dejándose ver la misma en la típica edificación de ladrillo de era, planta de una sola nave y ábside, decorado exterior e interiormente, con cuatro órdenes de esbeltas arquerías ciegas, apreciándose también restos de policromía.

En origen ésta era una basílica  visigoda en honor  a Santa Leocadia (patrona de Toledo) y que como os conté en su leyenda fue enterrada en este lugar. Según la tradición, cuando fue martirizada la virgen Leocadia en el siglo IV, los cristianos enterraron su cuerpo en este lugar, levantando sobre ella una ermita. El rey visigodo Sisebuto, estimulado por San Eladio obispo, levantó una basílica muy suntuosa en la que tuvieron lugar algunos de los famosos Concilios de Toledo.

Según la tradición, en el lugar, donde se habría enterrado a la patrona de Toledo, santa Leocadia, habríase levantado primero una ermita y posteriormente una basílica visigodas. En el recinto se encontraron restos de una edificación de data tardorromana, de los que se ha especulado que podrían pertenecer a un martyrium de Leocadia.​

Wikipedia

Según la tradición, cuando fue martirizada la virgen Leocadia en el siglo IV, los cristianos enterraron su cuerpo en este lugar, levantando sobre ella una ermita. El rey visigodo Sisebuto, estimulado por San Eladio obispo, levantó una basílica muy suntuosa en la que tuvieron lugar algunos de los famosos Concilios de Toledo.

El primitivo templo visigodo fue reedificado en 1166 y conserva de esta época el ábside mudéjar, decorado exterior e interiormente, con cuatro órdenes de esbeltas arquerías ciegas, apreciándose también restos de policromía.

Sobre los restos de la basílica visigoda de Santa Leocadia se erige hoy la ermita del Cristo de la Vega, en la que se conserva el ábside del siglo XIII, siendo el resto destruido en la guerra de Independencia.

Al exterior del ábside se conservan restos de policromía y la única nave está decorada, tanto exterior como interiormente, con cuatro órdenes de esbeltas arquerías ciegas, inusual en los interiores.

Posteriormente, el edificio sufrió repetidas ruinas y reedificaciones: en el siglo XV lo restauró Mendoza, en el XVIII se hizo de nuevo, tras la Guerra de Independencia hubo que volver a reedificarlo, destinándose desde entonces como ermita bajo la advocación del Cristo de la Vega.

El presbiterio está presidido una talla de Cristo con una mano desclavada, protagonista de la famosa leyenda recogida por Zorrilla como «A buen juez mejor testigo». Desde el siglo XVII se celebran los afamados «reviernes», durante las siete semanas entre la Pascua de Resurrección y la de Pentecostés.

Imagen del Cristo de la Vega

El Cristo de la Vega es una leyenda popular toledana convertida en pieza literaria por José Zorrilla bajo el título A buen juez, mejor testigo. La leyenda hace referencia a una figura de la antigua basílica de Santa Leocadia.

Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Diego se va a la guerra, pero Inés pide a Diego que se case con ella cuando vuelva.1 Ante el Cristo de la Vega, Diego jura casarse con ella al cabo de un mes a su regreso de Flandes. Pasó el tiempo y Diego no regresaba mientras Inés lo esperaba impaciente. Tres años más tarde, Inés reconoció a Diego al frente de un grupo de caballeros que entraban a Toledo. Salió corriendo en su busca, pero Diego, que contaba con una nueva posición social y había olvidado sus promesas, giró el caballo y renegó de su juramento.

Desesperada pidió al gobernador de Toledo, don Pedro Ruiz de Alarcón, que intercediera. Al solicitar testigos, Inés se atrevió a presentar uno: el Cristo de la Vega.2 El tribunal en pleno y muchos curiosos acudieron a la iglesia del Cristo de la Vega y se arrodillaron ante el Cristo. Tras preguntarle si había sido testigo del juramento, se oyó un «sí, juro» y los testigos pudieron ver que el Cristo tenía los labios entreabiertos como si hubiera hablado y la mano desclavada y estirada como para posarla en los autos. Los dos amantes, inspirados, se retiraron a sendos conventos.

Leyenda de Cristo de la Vega

Junto a la ermita se encuentra el monumento al Sagrado Corazón de Jesús; su construcción coincidió con la instauración de la II República. Es de estilo neomudéjar y la obra fue dirigida por el arquitecto Juan García Ramírez y el maestro de obras Ángel Peña.

Monumento al Sagrado Corazón de Jesús

Su construcción fue promovida por el cardenal Pedro Segura, quien propuso su erección en 1930, siendo el proyecto ejecutado por el arquitecto toledano Juan García Ramírez.​ Fue levantado entre 1931 y 1933. La estructura y la escultura que la culmina fueron dañadas durante la guerra civil y tuvieron que ser restauradas.​

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