El Papa al teléfono.

Introducción

Siguiendo con la cuestión de la entrada anterior (el futuro Papa) y las menciones a esa hipotética llamada de teléfono, que como no aparece en la novela, hasta cierto punto se puede argumentar que se descarta por ilógica, se me ha ocurrido plantearla por aquí con ayuda de la inteligencia artificial.

En realidad, la capacidad de influencia de Ana y las confianzas que ésta se puede tomar con esas llamadas no llegan hasta esos extremos. Habremos de esperar a que su primo, David Catcher avance en su vida sacerdotal para que esta comunicación con el Papa se pudiera llegar a plantear como una remota posibilidad.

Una llamada desde Medford.

Junio de 1994

El atardecer comienza a dorar las cúpulas de Roma, mientras en el despacho privado del Papa, la luz suave se cuela por los visillos, acariciando los papeles y los recuerdos acumulados a lo largo del tiempo. Es una hora tranquila, esa en que las oraciones se mezclan con los pensamientos profundos, y el silencio parece conversar con Dios, permitiendo que los ecos de las súplicas y los anhelos de la humanidad se entrelacen en un diálogo sagrado.

Fuera, la ciudad comienza a apagarse, y el canto lejano de los pájaros da paso al murmullo de la brisa que arrastra consigo las promesas de un nuevo amanecer, mientras el Papa cierra los ojos, permitiendo que la paz de ese momento lo envuelva como un cálido abrazo divino.

De pronto suena el teléfono, un timbre discreto, casi íntimo, que interrumpe la calma de la sala donde se encuentra el Papa. En ese momento, mientras plasma sus pensamientos en un cuaderno, siente una extraña sensación de curiosidad. El Papa, que se encuentra revisando unas notas a mano sobre un importante discurso que dará en la próxima semana, alza la mirada, se acomoda las gafas con cuidado y, con una suave sonrisa en la voz, descuelga el teléfono, sintiendo que cada llamada es una oportunidad para conectar con el mundo y compartir un mensaje de esperanza y amor.

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—¿Pronto?

—Santidad… Buenas tardes —dice una voz joven, con el acento encantadoramente suave de alguien que ha aprendido el italiano entre las calles de Boston, los libros y los rezos de su madre—. Soy Ann Josephine Catcher, le llamo desde Medford… Massachusetts. ¿Lo desperté?

El Papa rie por lo bajo.

—Despertarme a mí, a estas horas… imposible. Aquí ya cae la tarde, hija. Pero allí, ¿qué hora es?

—Las once de la mañana, Santo Padre. Pero créame, entre niñas, desayunos, tareas y canciones, aquí el día empieza antes que el sol.

—Eso suena a una casa llena de vida. ¿El St. Clare’s, verdad?

—Sí. El St. Clare’s Home for Girls —dice Ana, con una ternura que cruza el océano por la línea telefónica. —Le llamaba porque… bueno, no tengo un protocolo, ni palabras grandes. Sólo pensé que quizás… quizás hoy usted necesitaba escuchar una historia pequeña.

El Papa guardó silencio, atento.

—¿Una historia?

—Jessica —susurra.- Una niña de trece años. Una adolescente cuyos ojos parecen leer el alma. Me preguntó esta mañana si el Papa sabía que ella existe. Que si alguna vez le hablaría.

—Y tú le dijiste…

—Le dije que sí. Que usted sabe. Pero quise estar segura. Así que aquí estoy, interrumpiendo su tarde desde una salita modesta en Medford, sólo para que Jessica lo sepa de verdad.

La voz del Papa se llena de una dulzura que pocas veces usa en público, un tono que evoca la calidez de sus pensamientos más profundos y genuinos. Sus palabras, impregnadas de amor y compasión, resuenan en el corazón, creando un ambiente de paz y reflexión. Cada sílaba parece cuidadosamente elegida, como si buscara no solo comunicar un mensaje, sino también tocar el alma.

—Dile que sí. Que el Papa conoce su nombre y que rezará por ella esta misma tarde. Que hay un lugar en mi corazón para cada niña que cree que no la ven.

Ana respiró hondo. La emoción se le quedó un momento en la garganta, como un nudo dulce.

—Gracias, Santidad… de verdad. Y, si no es demasiado pedir, pensaba si… si en su próxima visita a Boston… quizás podría acercarse. No es un sitio lujoso, pero es sagrado, por todo lo que esas niñas sueñan allí dentro.

—¿St. Clare’s? —repite el Papa, saboreando el nombre como si lo escribiera en su agenda mental —. Me lo llevo conmigo. Veré lo que se puede hacer. Y si no puedo ir, ellas sabrán que no estoy lejos.

Ana sonríe. Puede sentirse.

—Y ya que estoy… Sé que es una locura. Pero si algún día hubiera un encuentro mundial de jóvenes en Toledo, España… No sé. A veces imagino a cientos, miles, reunidos allí, en una ciudad que parece una oración tallada en piedra.

—Toledo… —murmuró el Papa, como evocando recuerdos antiguos—. ¿Sabes? No es tan descabellado como suena. Una ciudad con alma siempre puede ser una casa para los jóvenes del mundo, un refugio donde los ideales florecen y las esperanzas se entrelazan con las historias pasadas. Allí, las calles empedradas susurran relatos de generaciones que han soñado con un futuro brillante, y cada rincón guarda secretos de valor y sabiduría. Los jóvenes de hoy, llenos de energía y pasión, pueden encontrar inspiración en la riqueza cultural y las tradiciones vibrantes que ofrece Toledo, transformando sus visiones en proyectos tangibles.

—Usted lo dice y parece posible —responde Ana con una risita tímida—. Es usted de esos que hacen que el mundo parezca un poco más amable.

—Y tú, hija, eres de las que lo hacen realidad.

La llamada se va suavizando, como una canción que se apaga con delicadeza. Antes de colgar, Ana susurra:

—Gracias por escuchar. Gracias por estar tan cerca, incluso desde tan lejos.

—Gracias a ti, Ana. Por recordarme qué es lo esencial. Un saludo a Jessica… y a todas esas pequeñas valientes.

Colgaron.

En Medford, el sol brillaba alto sobre el hogar de St. Clare’s, iluminando cada rincón con su cálida luz dorada y generando sombras juguetonas en el jardín. Las risas de los niños resonaban alegremente mientras jugaban, creando un ambiente de alegría y felicidad.

En Roma, la tarde empezaba a recogerse como un manto de oración, las luces de la ciudad parpadeaban suavemente al caer el sol, y las calles se llenaban de un resplandor nostálgico, donde los transeúntes apuraban el paso, quizás para dejarse envolver por el aire sagrado de la historia.

Y en algún rincón invisible del mundo, Dios guardó esa llamada como uno de sus secretos más hermosos.

Origen