Etiqueta: Esperando a mi Daddy
Friday, September 8, 1995. St. Clare’s Home (04:00 PM)
Si las paredes del St. Clare’s hablaran: lo que no te he contado
Por Jessica marie Bond
Caminamos por el pasillo. Tú vas delante, casi dando saltitos, sin darte cuenta de que cada baldosa de este pasillo pesa. Yo te sigo un par de pasos por detrás. Me has pedido que te cuente cómo es mi vida, «cómo es Jessica, la chica del St. Clare’s«, y no has parado de hacer preguntas desde que cruzaste la puerta. La conversación se ha centrado solo en mí, como querías.
Pero si te diera el recorrido de verdad, el que nadie ve, no empezaría con mis asignaturas ni con lo que pienso de los chicos del instituto. Empezaría aquí, en este pasillo silencioso, y te contaría lo que estas paredes dirían si pudieran hablar. Te contaría lo que de verdad significa vivir aquí.
El edificio: más que un simple internado
Lo primero que tienes que saber es que esto no es un orfanato de película ni la residencia de estudiantes de un colegio pijo. El St. Clare’s es una «casa de acogida». Pertenecemos a la parroquia St. Francis of Assisi, y aquí vivimos un grupo reducido de chicas sin hogar. La idea es que la mayoría no duerma aquí siempre, que tengan familias de acogida en el barrio para que crezcan en un ambiente que se parezca más a lo normal. Yo, como en casi todo, soy un caso aparte.

¿Ves esta habitación al final del pasillo, en el segundo piso? Es la mía. Para ti seguro que no es gran cosa, pero aquí tener una puerta que cerrar es un lujo. Las niñas más pequeñas duermen todas juntas. Aunque la ubicación no es casualidad. Me pusieron aquí, bien lejos de la puerta de la calle, para que me olvidara de mis antiguos intentos de fuga.
Hasta el año pasado estaban Jodie y Brittany. Éramos las tres «chicas mayores del St. Clare» en el St. Francis. Pero ellas estaban deseando largarse. Ahora están en Matignon High. Yo, en cambio, luché por quedarme. Me quedé porque Ana luchó por mí, y ahora tengo que demostrar cada día que mereció la pena. Soy la única de mi edad que se ha quedado, otra cosa más que me convierte en la «excepción» de la casa.
La rutina: nuestros días entre el instituto y la casa
Esa es mi habitación. Mi pequeño reino. Pero no paso todo el día aquí encerrada. Quieras que no, hay una rutina. Mis días empiezan siempre igual, con Ana. Cada mañana se asoma a la puerta para ordenarme que me levante. «¡Arriba, dormilona, no llegues tarde al autobús!». Siempre añade alguna amenaza sutil sobre lo que pasaría si lo pierdo. Sabe que eso es lo que más me fastidiaría.
Aunque voy a clases en el Medford High, donde de verdad se estudia es aquí. Ana se asegura de ello. A veces se sienta conmigo y me habla en español o me hace uno de sus dictados, convencida de que «sabes más español de lo que crees«. Por eso lo de la clase de español. No es solo una asignatura, es el precio de quedarme. Todo forma parte del acuerdo para que me dejen seguir viviendo aquí. Aquí, donde sé que Daddy vendrá a buscarme. Si me mandan a Matignon High, ¿cómo me encontraría?
Los viernes por la tarde, esto se queda casi vacío. Es el día en que las familias de acogida vienen a buscar a las demás chicas. Antes, para mí, los viernes eran el momento perfecto para escaparme hasta que hubiera pasado el «peligro» de que intentaran colocarme con una familia. Ya han desistido. Ahora mi situación es «excepcional» y simplemente me quedo. Soy parte del mobiliario.
Las normas (no escritas) de supervivencia
El St. Clare’s nos da un «vestuario básico», pero a mí me gusta tener mi propio estilo. Antes hacía «trapicheos» con los chicos del St. Francis, intercambiaba ropa o hacía apuestas para conseguir lo que quería. Ahora estoy más controlada por Ana, así que es más habitual que use mi asignación semanal. O que modifique lo que me dan, como esta chaqueta vaquera que llevo. Le quité las mangas para convertirla en un chaleco.
Que estés aquí es… raro. En el St. Clare’s no suelen venir visitas. De hecho, es la primera vez que traigo a alguien, y no dejo de pensar que en cuanto conozcas a alguien más «normal», te olvidarás de la chica del St. Clare’s. Siempre pasa. Supongo que esto me sirve para sumar puntos con Ana y Monica. Es la prueba de que me esfuerzo por ser un poco más sociable.
Aquí mandan ellas dos. Ana es la que más me presiona, pero también con quien tengo más complicidad. Monica es distinta. Es la autoridad pura y dura. Como dice Ana a veces para picarme: «¡Cómo esperes a que sea Monica quien te lo ordene, tendrás que restregarte detrás de las orejas!».


Lo que significa ser «una chica del St. Clare’s»
En mi antiguo colegio, el St. Francis, todo el mundo sabía quiénes éramos. Nos conocían como «las chicas del St. Clare«. Para mí, era humillante. Era como si llevara un cartel en la frente que decía «la niña pobre del barrio». Intentaba pasar desapercibida, pero era imposible. Siempre éramos las diferentes, las que vivían juntas en esa casa grande de la parroquia.
La puerta de mi cuarto
Y aquí estamos, delante de la puerta de mi cuarto. Este es el recorrido que te habría dado si las paredes hablaran por mí.
Pero no lo han hecho. Me has preguntado por mí. Y aunque una parte de mí espera a que salgas corriendo, por primera vez, he dejado que alguien cruce el umbral.
A ver qué pasa.


