A las 06:30 PM en punto

Etiqueta: Esperando a mi Daddy

Friday, September 8, 1995. St. Clare’s Home (06:30 PM)

A las 06:30 PM en punto: Mi Padre y el Valor de una Promesa

Por Julia Stephani Mac Windsor (Yuly)

¡Por fin es viernes! Y no un viernes cualquiera. Hoy, 8 de septiembre, ha sido un día genial porque, por primera vez, he ido a casa de Jessica después de clase. Jessica es mi nueva compañera en Medford High, y desde el primer día hemos conectado, sobre todo en la clase de español. Quedamos en que iría a su casa, el St. Clare’s, para que pudiéramos empezar a trabajar juntas en la redacción que nos ha mandado el Sr. Bacon. Estaba superemocionada, no solo por el trabajo, sino por pasar tiempo juntas fuera del instituto y conocerla un poco mejor. ¡Hacer una nueva amiga es de lo mejor que te puede pasar al empezar en un sitio nuevo!

Mi padre, Don, me llevó en coche. Como era la primera vez que iba a casa de Jessica, quería saber exactamente dónde me metía, lo cual entiendo perfectamente. Antes de que me bajara del coche, dejamos muy clara la hora de recogida. No fue un «ya te llamo» o un «más o menos a tal hora». Fue un acuerdo específico, una promesa. Mi padre es un hombre de palabra, y eso es algo que siempre me ha enseñado. Sus palabras exactas fueron:

Don: Sí, vendré a por ti a 06:30pm. Te quiero en la puerta, de modo que no me hagas esperar.

Esa frase lo dejaba todo claro. Sabía que tenía que estar lista a esa hora, sin excusas. Es una de esas reglas no escritas en mi familia: si dices que harás algo, lo haces. Y si dices una hora, es esa hora.

La tarde se nos pasó volando. Entre hablar de nuestras cosas y empezar a darle forma a la redacción, no me di ni cuenta de la hora. Estábamos despidiéndonos en la puerta, con su tutora, Ana, allí mismo, cuando, fiel a su palabra, justo cuando el reloj debía marcar las seis y media, apareció el coche de mi padre. Desde dentro, no tardó en hacerse notar.

Don: «¡Vamos, Yuly, despídete!», me gritó con algo de impacencia.

Me puse roja de la vergüenza. Le contesté con cierto malestar: «¡Qué ya voy!». Para colmo, Ana intervino: «Jessica, despedíos y no hagáis que su padre se impaciente». Sentí todavía más presión. Justo entonces, mi padre tocó el claxon. ¿En serio? ¿Tenía que hacer eso? Volvió a insistir: «¡Vamos, hija, que se hace tarde!». Con total desesperación, le grité de nuevo: «¡Qué ya voy!». Me despedí de Jess a toda prisa y corrí hacia el coche, sintiendo que mi padre era un imán que me arrastraba lejos de allí.

St. Clare’s Home, Medford// Diseño 3D

Vale, lo admito: me moría de la vergüenza. ¿Tocar el claxon así? ¿Delante de mi nueva amiga y de su tutora? ¡Qué bochorno! Pero mientras nos alejábamos, y después de ver la mirada asesina que me echó, me di cuenta de que no se trataba solo de que tuviera prisa. Se trataba del pacto que habíamos hecho.

Claro que me hubiera encantado quedarme un rato más charlando con Jess. La visita se me hizo cortísima y nos lo estábamos pasando genial. Pero entiendo perfectamente a mi padre. Él me ha enseñado que las promesas, grandes o pequeñas, están para cumplirse. Y el acuerdo era estar en la puerta a las seis y media. Aunque en el momento me fastidiara la despedida tan apresurada, en el fondo sé que tiene razón.

Al final, la visita fue un éxito total. Ya hemos quedado en vernos el lunes en clase para seguir con todo. Aunque el tiempo fuera cronometrado, ha sido un primer paso genial para nuestra amistad.

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