Etiqueta: Esperando a mi Daddy
Friday, September 8, 1995. St. Clare’s Home (06:30 PM)
Crecer: De escapadas y trapicheos a… ¿esto?
Por Jessica Marie Bond
Crecer es raro. Sobre todo cuando empiezas el instituto. Parece que de un día para otro todo el mundo decide que las reglas han cambiado, pero nadie se molesta en dártelas por escrito. No es solo que ahora tenga asignaturas como Historia Mundial o Álgebra, es algo más profundo. Es la forma en que la gente te mira, la forma en que te hablan.
Aquí en St. Clare’s, las tutoras ya no solo se preocupan de que no me escape, ahora hablan de mi futuro y de mi «responsabilidad». Y los chicos… bueno, los chicos han pasado de ser simples compañeros de juegos a… otra cosa. Una cosa que a veces me hace sentir expuesta y confusa. Siento como si la niña que era se estuviera desvaneciendo, y no estoy segura de si me gusta del todo la persona que la está reemplazando.

1. El trato en St. Clare’s: Antes y ahora
1.1. Mis años de «malas costumbres»
Cuando era más pequeña, la vida en St. Clare’s era un juego del gato y el ratón. Por un lado, tenía una libertad rebelde que ahora echo de menos. Mis «escapadas al parque o por los alrededores» eran legendarias. Era pequeña y me podía colar por cualquier sitio. Pero, por otro lado, vivía bajo un control constante. Las tutoras, como Monica, siempre estaban intentando buscarme familias de acogida para los fines de semana, algo que yo veía como un «peligro» y que me obligaba a huir. Era una falta de confianza total. Cuando jugaba con los chicos del parque, no les invitaba a pasar. Y si alguno venía a buscarme, no dejaban que pasara de la puerta. Me sentía como un pajarillo en una jaula, una jaula de la que aprendí a escaparme muy bien.
1.2. Ser la «mayor» tiene sus condiciones
Ahora que soy mayor, algunas cosas han cambiado para bien, supongo. Por fin conseguí una habitación para mí sola, mi propio espacio. Aunque es un privilegio un poco solitario. Mis antiguas compañeras, Jodie y Brittany, se han ido a Matignon High y ahora comparten habitación allí, mientras yo sigo aquí. Supongo que Ana confía más en mí; el otro día me dio permiso para que mi nueva amiga, Yuly, subiera a mi dormitorio. Fue «la primera vez que he traído a una amiga al St. Clare’s». Pero me da pánico. Yuly es una «chica de mundo», viene de West Roxbury y su madre es de España. Mantengo mi teoría de que «en cuanto haga amistad con otra chica se olvidará de mí».
Esta nueva confianza viene con condiciones muy estrictas. Mi permanencia aquí depende de que estudie español, lo que es un «chantaje emocional» en toda regla. El otro día, Ana subió a mi habitación y la conversación no fue sobre mis trastadas, sino sobre mi futuro. Me habló de mi GPA, de que necesito sacar buenas notas si quiero ir a la universidad, a Tufts. Incluso me amenazó con mandarme a Toledo el próximo verano si no aprobaba todo. Me controla en todo, como en mis «trapicheos con la ropa». Hace poco me dieron una chaqueta vaquera, pero me pareció «demasiado infantil». Tardé poco en deshacerme de ella y conseguir la que llevo ahora, una de chico a la que le quité las mangas para convertirla en un chaleco. Es mi forma de tener mi propio estilo, de ser yo misma. Y esos trapicheos con la ropa… casi siempre eran con los chicos. Ese era otro juego que también ha cambiado por completo.

2. La relación con los chicos: Un juego que ha cambiado de reglas
2.1. Cuando todo era un trueque
Con los chicos del St. Francis School, todo era una estrategia para conseguir ropa que me gustaba, porque no siempre me agradaba lo que me daban en St. Clare’s. Mis «trapicheos» eran a través del «trueque y las apuestas». Era un negocio en el que yo sentía que tenía el control. Pero, vista ahora, esa ventaja tenía un lado oscuro. Yo era ingenua. Pensaba que era un simple intercambio, pero ellos tenían otro interés: «Más que interés por regalarme sus prendas lo tenían por quedarse con las mías. A ser posible ver cómo me las quitaba para entregárselas«. Por suerte, nunca fui tan tonta como para caer en eso, pero me doy cuenta de que el juego que yo jugaba no era el mismo que jugaban ellos.
2.2. El centro de burlas y miradas
Ahora, en el instituto, todo es más directo y, a la vez, más confuso. Por un lado, soy más consciente de lo que pasa. Siento que los chicos «empiezan a darse cuenta de que soy una chica como cualquier otra… tengo la sospecha de que yo también soy objeto de esas miradas, que hay algo de mí que les gusta». Es una sensación extraña, como si de repente me hubieran puesto un foco encima. Pero ese foco a menudo quema. El otro día, se pusieron a cantarme una canción horrible: «♫ Bomba sexual, bomba sexual, eres Jessica Bond. puedes dármela cuando necesite venir. Bomba sexual, bomba sexual, eres Jessica Bond, y ¡nena puedes excitarme! ♫». Me sentí tan humillada que solo quería que me tragara la tierra. Por eso prefiero no pensar mucho en sus miradas, porque temo que me ruborizaré. Al final, Yuly y yo llegamos a la misma conclusión: «los chicos son tontos y compiten entre ellos por demostrar quién lo es más».
Conclusión: Navegando entre dos aguas
Hacerse mayor es complicado, es como intentar navegar entre dos aguas sin saber muy bien hacia dónde vas. La libertad de escaparse por una ventana ha sido reemplazada por la responsabilidad de estudiar una asignatura que odio solo para poder quedarme en el único hogar que conozco. Los juegos de trueques con los chicos se han convertido en algo confuso y doloroso, lleno de burlas que no entiendo. Intento adaptarme a estas nuevas reglas, a estas nuevas expectativas, pero a veces siento que estoy perdiendo algo por el camino. Lo único que no cambia, lo único que me mantiene a flote, es la esperanza de que un día, entre tanto cambio y confusión, mi «Daddy» por fin venga a buscarme.

Origen
- Esperando a mi Daddy. Friday, September 8, 1995- Página 5
- Conversación con Jessica// Gem de Gemini
- NotebookLM
