Etiqueta: Jessica, Esperando a mi Daddy
Saturday, September 9, 1995, MHS (11:00 AM)
Introducción: Una mañana interrumpida
Por Jessica Marie Bond (adolescente)
El recado que no quería hacer: Mi viaje forzoso al Foodmaster
Eran las once de la mañana de un sábado que prometía ser tranquilo, hasta que la silueta de Monica se recortó en el umbral de mi habitación. Su pregunta, cargada de recriminación, rompió el silencio y mi burbuja de pensamientos.
«¿Cuándo dejarás de mirarte el ombligo y harás algo de provecho?».
No entendía qué quería ni por qué me interrumpía. Antes de que pudiera responder, continuó: «Decía que, de todas las chicas que han pasado por aquí, eres la única que se pasa el día mirándose el ombligo». Me explicó que necesitaba que hiciera un recado: ir al Foodmaster. Su argumento era simple y directo: yo era la mayor y alguien tenía que quedarse al cuidado de las más pequeñas mientras ella no estaba.
1. Un muro de miedos y excusas
La idea de aventurarme más allá de mis límites conocidos me paralizó. Inmediatamente, mi mente empezó a fabricar un muro de excusas y temores para evitar el encargo.
- El desconocimiento: «Nunca he ido y no sé si sabré encontrarlo».
- La distancia y el peligro: «¡El Foodmaster está lejos y siempre nos dicen que tengamos cuidado con los coches!».
- La dificultad del transporte: «Traerlo con la bicicleta puede ser complicado».
Como alternativa, le propuse quedarme yo al cuidado de las niñas para que fuera ella. Monica me miró con una desconfianza que me desarmó por completo. Su respuesta fue una mezcla de duda y resignación: «En realidad, no sé qué es peor, que a ti te pase algo por mandarte a hacer ese recado o que les pase algo a las demás por dejarlas a tu cuidado».
La conversación terminó con su amenaza velada de siempre: la plaza que, según ella, me guardan en el Matignon High. Aunque supongo que mientras no avance más el curso la amenaza del traslado estará presente, cada día me parece menos creíble; no es muy lógico que me cambien de high school a mitad de curso sin una justificación coherente.
2. La decisión: Entre la espada y la pared
Me sentía atrapada. Por un lado, el miedo; por otro, la presión de Monica y la sensación de que, en el fondo, su intención era que «rompa con mis fronteras mentales». Me imaginé a otras chicas como Jodie o Brittany en mi lugar. Para ellas, esto no sería un castigo, sino una «oportunidad bastante tentadora» para explorar y tener un poco de libertad. Mi propia vacilación me hacía sentir pequeña.
Monica debió notar mi conflicto interno, porque redobló la presión. «De todas las chicas que han pasado por el aquí eres la única que siempre se busca una excusa para no ir de compras. ¡Justo al contrario que las demás!», constató, recriminándome.
El diálogo final fue breve y decisivo, sellando mi destino para esa mañana.
Monica: Si te lo estás pensando, te concedo un minuto para que te decidas… ¿Estás segura de que no quieres ir? Jess: ¡Vale, voy! Monica: Entonces, en cuanto estés lista, márchate y no te entretengas por el camino.
3. El viaje: Reflexiones sobre dos ruedas
Al salir del St. Clare’s y montar en la bicicleta, el aire fresco me ayudó a ordenar mis pensamientos. El plan de ruta que me había sugerido Monica era claro: callejear por Sherry St. y luego por Lambert St. para evitar el tráfico denso de Fellsway West. Un atajo para mantenerme a salvo. Mientras pedaleaba, no podía evitar recordar todas las advertencias sobre los extraños. Mi desconfianza ha aumentado con el tiempo, no porque sea una cobarde, sino por las malas experiencias. No han sido solo roces con los chicos del parque; en más de una ocasión, me he visto revolcada por los suelos y con riesgo de volver con la camiseta desgarrada. Por suerte, mis piernas no me han fallado cuando he tenido que correr de regreso para ponerme a salvo.
Ir a un sitio nuevo como el Foodmaster inevitablemente me hizo pensar en él. Me asaltó el pensamiento recurrente de encontrarlo, aunque la idea fuera absurda. Sería raro entrar y descubrir que se venden cartas de Daddy en uno de los estantes o que se venden padres como si fueran hot-dog. Es una fantasía, lo sé. En el fondo, casi prefiero que sea un completo desconocido para el resto del mundo, porque así le consideraré mío en exclusiva, sin tener que compartirlo con nadie.
Este viaje también me hizo pensar en mi nueva amiga, Yuly. Ella se mueve por la ciudad con una libertad que me parece asombrosa. Viene desde West Roxbury cada día, mientras que a mí casi me da miedo cruzar la calle. Su independencia contrasta brutalmente con mi vida, prácticamente recluida entre los muros del St. Clare’s. Quizás, si vamos a ser amigas, es mejor que sea yo quien me espabile un poco.
4. Foodmaster: Un encuentro inesperado
Llegar al Foodmaster sin perderme y sin ningún percance me dio una pequeña pero satisfactoria sensación de logro. Me sentía toda una valiente. Sin embargo, justo cuando empezaba a buscar la carnicería, me topé de frente con la última persona que esperaba ver allí: mi profesor de español, Mr. Bacon.
Frente a frente con Mr. Bacon
El encuentro fue incómodo desde el primer segundo. Intentó ser amable, pero su saludo me tomó por sorpresa y solo pude responder con confusión.
Mr. Bacon: ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
Jess: ¿Qué?
Mr. Bacon: Hola. No he querido asustarte. Te he reconocido como una de mis alumnas… Por lo que he oído comentar, a los que acuden a mis clases les encanta el beicon… el jamón está bastante bueno.
Jess: Hola. Lo siento. No le había entendido.
Le costó un momento, pero finalmente me identificó. «¡Ah, sí, Jessica! La chica ‘doesn’t speak Spanish’». Sentí cómo el calor me subía a las mejillas. En ese instante, dejé de ser una cara anónima en el aula para convertirme en «esa chica» a los ojos de mi profesor. El encuentro me sacó de golpe del anonimato que tanto me protege en clase.
5. Conclusión: Una lección en la carnicería
Justo después de la conversación con Mr. Bacon, llegó mi turno en la carnicería. Mientras esperaba, un pensamiento cínico cruzó mi mente: «Tan solo espero que no haya venido a recoger las sobras, lo que los demás no quieren». Con ese recelo, me acerqué al mostrador y me vi en la tesitura de tener que decir en voz alta, delante de todos, que era «una de las chicas del St. Clare’s» y que venía a recoger un pedido.
Para mi sorpresa y alivio, la persona que me atendió era uno de los padres de acogida. Me reconoció al instante, lo que simplificó todo. Ese pequeño detalle lo cambió todo. De repente, entendí que las donaciones no eran actos anónimos de caridad impersonal. Eran gestos de personas concretas, de gente de nuestra comunidad. Este hecho desmitificó la idea que tenía sobre cómo se sostenía el St. Clare’s. No era solo el dinero de la colecta de la parroquia; era una red de apoyo real y tangible. Todo gracias a un simple recado, uno que me vi obligada a hacer, pero que me enseñó mucho más de lo que esperaba.
Origen
- Saturday, September 9, 1995, MHS (09:00 AM)
- NotebookLM
