¿El español, una misión imposible?

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¿Por qué el español es una misión imposible? (Una carta abierta a «Mr. Panceta»)

Por Jessica Marie Bond

Introducción: La declaración de (no) intenciones

Mire, Mr. Bacon —o «Mr. Panceta», como lo hemos rebautizado por pura necesidad de supervivencia en los pasillos—, seré honesta: esta redacción es un ejercicio de futilidad absoluta. Mientras el mundo celebra el lanzamiento de Windows 95, mi sistema operativo interno ha sufrido un pantallazo azul ante su asignatura. No es que odie el idioma; es que me resulta «superior a mis fuerzas». Intentar que yo aprenda español es como intentar que un software de última generación corra en una máquina de escribir oxidada. Para mí, el español no es una herramienta de comunicación; es un caos lingüístico y emocional que me arrastra a una depresión inmediata. No me pida motivación; pídame, si acaso, un milagro que mi psique no está dispuesta a conceder.

El caos de la identidad: ¿Español o Castellano?

Si usted espera que yo domine esta lengua, primero debería ponerse de acuerdo con el resto del mundo sobre cómo se llama. Si los señores de la RAE, sentados en sus sillones de terciopelo en Madrid, no se decidieron hasta la década de 1920, es de un optimismo cruel esperar que una adolescente de Medford lo tenga claro. La polémica entre «español» y «castellano» es un campo de minas ideológico que usted pretende que yo cruce descalza:

  • Marketing Lingüístico: La controversia no es filológica, es de raíz económica y política. Buscan una denominación única solo para facilitar la «localización de producciones» en las redes informáticas. Es una estrategia de mercado, no un idioma.
  • Rechazo Histórico: El nombre arrastra un pasado que provoca rechazo en sus propios territorios. Si ellos lo rechazan, ¿por qué debo yo abrazarlo?
  • Indefinición Institucional: Hasta los años 20, la Real Academia prefería «castellano». Si la institución que supuestamente «limpia, fija y da esplendor» cambió de opinión después de siglos, mi confusión está más que justificada.
Mr. Bacon

Argumento histórico: El «Latín Vulgar» y el peso de los siglos

Lo que usted nos enseña es, básicamente, una mutación del latín vulgar que se impuso por «razones políticas más que lingüísticas». Me parece una forma de agresión cronológica que se me obligue a estudiar un constructo artificial consolidado en el siglo XIII.

Fue el Rey Alfonso quien decidió que el dialecto del norte-central (Castilla) debía ser el «estándar para el uso de la lengua culta». Solo porque un monarca decidió traducir documentos hace setecientos años para centralizar su poder, yo tengo que conjugar verbos hoy en Massachusetts. Es un sistema anticuado, una imposición geográfica que ganó una partida política hace siglos y que no tiene ninguna relevancia en mi realidad de 1995.

El laberinto geográfico y dialectal

Aprender «español» es una promesa falsa. España ni siquiera es una unidad lingüística coherente; es un territorio donde existen otros tres idiomas oficiales y donde alrededor de una cuarta parte de los habitantes utiliza una lengua distinta al español como su primera lengua.

Si alguna vez viajara a Toledo —como hace Yuly para ver a sus abuelos y a su tío Luis—, el «español» de libro de texto me serviría de poco. Entre el gallego, los dialectos andaluces y las variaciones de la América hispana, el idioma es un mapa fragmentado. Es inútil esforzarse por un estándar que se desmorona en cuanto cruzas una frontera regional.

La barrera psicológica: «I don’t speak Spanish»

Aquí es donde mi lógica se convierte en escudo. Cuando intento articular una palabra, me siento rara, siento que no soy yo. Mi tutora, Ana, intenta sobornarme diciendo que me concederá lo que quiera si se lo pido en español, pero mi boca permanece cerrada. Mi «I don’t speak Spanish» no es ignorancia; es una declaración de supervivencia emocional.

Mi bloqueo tiene un nombre y una ubicación: «Daddy» y España. Él está al otro lado del océano y no sé si sabe que existo. Mi madre me abandonó en una cuna de hospital al nacer, de una manera tan «meticulosa» que no dejó rastro. A diferencia de otras niñas abandonadas en lugares menos favorables, ella me dejó allí con la intención deliberada de que la noticia llegara a mi padre. Aprender su idioma es crearme «falsas ilusiones» de un reencuentro que quizá nunca ocurra. Mi cerebro se bloquea para protegerme de la distancia y de esos datos incoherentes sobre mi pasado. No le daré voz a España hasta que mi padre me dé una señal.

La propuesta para Mr. Bacon: El pacto de la «Joya en Bruto»

Yuly dice que soy una «joya en bruto» y un «reto para cualquier profesor con vocación». Como no tengo intención de ser pulida todavía, le presento una oferta formal para evitar que terminemos gritándonos en el aula:

Términos del Acuerdo de Asistencia Mínima:

  • Presencia Pasiva: Prometo asistir a clase y no salir huyendo por los pasillos, siempre y cuando usted no me obligue a «sentir» el idioma.
  • Lectura Mecánica: Acepto leer en voz alta. Sé leer perfectamente sin entender nada; lo haré de forma mecánica, como un proceso de hardware, solo para que mis oídos se acostumbren al ruido.
  • Exención de Comprensión: No me pida que explique los textos. No me entero de nada ni pienso esforzarme en hacerlo mientras no tenga un objetivo vital claro.
  • Evaluación de Supervivencia: Aspiro a un aprobado que me permita «rascarme la barriga» el resto del curso sin ser una molestia académica para usted.

Jessica MHS Patio, 11 de septiembre de 1995

Conclusión: Realismo pesimista

Siendo realistas, lo más probable es que esta carta nos lleve directas al despacho del director o que yo termine en Matignon High. El español no es una asignatura más para mí; es una herida abierta. Hasta que «Daddy» aparezca y me dé una razón para hablar, el «Spanish» seguirá siendo un ruido de fondo.

Al menos me queda Yuly. Ella dice que nuestros «culos están a salvo», aunque sea la única que entiende este lío entre sus vacaciones en Vigo y su bilingüismo forzado por su tío Luis. Ella es la única que no sale corriendo cuando me pongo cínica. Pero usted, Mr. Panceta, no espere que ceda. Mi silencio es mi única propiedad privada.

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