Hablemos de “eso”

Antes la calificación de los programas de televisión quedaba reflejada por esos rombos que aparecían en la pantalla del televisor. Si no había rombos, era para todos los públicos, las de un rombos ya tenían algún contenido un tanto delicado y por descontado, si aparecían esos dos rombos, estaba claro que no eran aptas para menores de edad y en ocasiones tampoco recomendables para el público adultos, pero ahí ya cada cual debía tener esa discusión moral con su conciencia apetencia del momento, con la conveniencia de mantener la puerta cerrada, para que no hubiera nadie espiando desde el pasillo.

En la actualidad esa calificación e indicación se ha cambiado por las franjas de edad y los colores, de tal manera que hay una mayor amplitud y variedad en el rango. Desde los programas considerados para todos los públicos y aquellos clasificados para mayores de edad por su contenido.

Ante lo cual, como autor de mis novelas, y sin pretender con ello autocensurarme ni empezar a borrar páginas, me ha surgido la duda de la calificación que en ese sentido se le pueden dar ¿Para quienes escribo yo? ¿En qué franja de edades centro ese lector potencial que se llegue a interesar por lo que yo llegue a contar y publicar?

Cuando hablo de mis novelas me refiero a “Silencio en tus labios” y “Esperando a mi Daddy”, que en la memoria del ordenador o por mi manera de escribir, ocupan varias decenas de documentos de texto cada una, por lo cual no es tan solo una pequeña novela al uso, diría más bien, que cada una de ellas es en sí misma el compendio de muchas, que tal vez por separado no tiene demasiado sentido, pero en conjunto, cada una de las dos novelas, por su lado, componen una larga historia, miles de páginas en las que hay casio y tiempo para escribir de todo y sobre todo. Es decir, la duda que planteo en esta ocasión puede que esté más o menos justificada ¿A qué le tengo que poner esos dos rombos?

Dos rombos de la calificación moral, para adultos

Silencio en tus labios

En una primera valoración y por lo que entiendo que es la novela, la historia que se cuenta, entiendo que no hay como tal un motivo para pensar que haya de ponerse esos dos rombos. no tiene secuencias que pueda considerar como de contenido delicado, no hay escenas de violencia, lo único una manifestación del malestar provocado por ciertas situaciones, de manera que la sangre no llega al río, como suele decirse, como mucho, y en sentido literal, corre algún que otro río de tinta, por lo que se dicen o piensan los personajes, Pero ¿quién no se ha dejado llevar por la frustración alguna vez? Lo relevante en ese sentido es que los personajes saben o al menos intentan manejar la situación de manera menos dramática posible y, si se tiene que decir alguna barbaridad, se expresa de manera indirecta

En cuanto a la cuestión de “eso”, aunque se hace alguna que otra mención al tema, tampoco hay ninguna escena explícita o, en todo caso el narrador en cuestión sabe cerrar la puerta a tiempo para preservar la intimidad y privacidad del momento, porque claro, Ana y Manuel, una vez que se casan y comienzan esa convivencia en común, tampoco es que se comporten como dos extraños y, como ya he hecho mención en entradas anteriores, fruto de ese matrimonio, de esa vida conyugal, son sus dos hijas, a quienes no trae precisamente la cigüeña, porque la salud de Ana se tiene que resentir y sobre todo han de darle a ésta un motivo, una excusa para que se replantee su decisiones y no desaparezca del todo.

Quien llegue a leer esas escenas lo cierto es que no encontrará demasiado deleite en ello, porque son momentos que se producen de una manera natural, con esa búsqueda de complicidad y cariño dentro de la pareja. La segunda vez porque Ana necesita convencer a Manuel de que su decisión de marcharse de romper con todo, no es por falta de cariño, sino por evitar que sea testigo de su decadencia por la enfermedad, hasta cierto punto para darle una última oportunidad para que la retenga a su lado, lo que acaba por precipitar esa ruptura debido a los síntomas.

Esperando a mi Daddy

Lo cierto es que, dado el planteamiento de la novela. no tiene mucho sentido que en esta novela haya “eso”, al menos entre la pareja protagonista. Sin embargo, la duda está en saber, en determinar, si en algún momento, previo al nacimiento de Jessica, ha habido alguna escena subida de tono, que en este caso en concreto sería más el abuso sobre un menor. Está por concretar si eso que se insinúa sobre Daddy tiene algún fundamento o se le ha involucrado en todo ese asunto por error, por despistar.

En esta novela hay alusión al acoso escolar; a los impulsos de los adolescentes; a la loca vida de los universitarios; al hecho de que a los chicos les gustan las chicas y a las chicas les gustan los chicos; a que el ambiente nocturno en el campus de la universidad no siempre es tan seguro como sería deseable y sí, se hace mención a lo que sucede en las residencias universitarias, donde hay cierto tipo de visitas a las habitaciones, a espaldas de los vigilantes, de tal manera que he intentando no ser demasiado utópico en ese sentido y reflejar esa situación tal y cómo se me ha dado a entender en mis investigaciones y lecturas al respecto.

Queriendo ser considerado o benévolo con Jessica, por eso de que ésta prefiere dar una buena imagen de sí misma a su padre, en lo posible la mantengo alejada de esos conflictos que les suceden a las demás y que ella llega a conocer por lo que se rumorea, sin que ella sea ajena a la existencia ni interés de los chicos, pero eso del “no es no” lo lleva muy a rajatabla y digamos que ello no la convierte en la chica más popular del campus. Sin embargo, en alguna ocasión su amiga Yuly le llega a comentar lo osados que llegan a ser los chicos, aunque con ella el tema no pasa a mayores.

Los momentos más delicados en cuanto a la integridad de Jessica, los tiene con Daddy, tanto como el imaginario, como con el de carne y hueso, pero tanto al uno com al otro los manda al pasillo cuando necesita quedarse sola. De hecho, parte del conflicto entre ambos, como consecuencia de esa convivencia, viene derivada de esta cuestión, de esa defensa de su persona, de su independencia, así como del hecho de formar esa identidad como familia, ante lo cual han de establecer los límites, ya que son dos extraños obligados, a conocerse a entenderse, pero las confianzas tienen un límite, de manera que Daddy ni siquiera debería quedarse en el pasillo, mejor que se ocupe de sus asuntos y Jessica ya se reunira con éste cuando lo considere. Lo mismo se puede decir de Jessica con respeto a Daddy.

Daddy esperando en el pasillo

No hay tampoco escenas violentas, no hay peleas en sentido literal, más allá de las luchas tácitas entre los personajes, como parte de su personalidad y sus conflictos, porque a Sharon le encanta amargarle la existencia a Jack, lo que en el fondo no es más que una cuestión de celos fraternales, dado que Sharon se siente desplazada una vez que su hermana se deja conquistar por este cantamañanas pretencioso llamado “Jack Catcher” y por supuesto, aunque haya de soportar esas valoraciones poco favorables y objetivas, Jack no se reprime a la hora de seguirle el juego y por ello sufrirá las consecuencia. Pero es Jack Catcher, y por muchos golpes que le de la vida, en cierta parte de su anatomía, a él no le duele, casi mejor que no le duela porque puede acabar en el contenedor de la basura, y no en el hospital, por tonto.

Lo que hay en mis novelas

Lo que hay en mis novelas, al menos eso es lo que intento, no son escenas de dos rombos, aunque en algún momento se le pueda poner alguno por precaución. Lo que busco, por encima de cualquier otra consideración, es que haya positividad frente a los conflictos, que los malos momentos que se plantean tengan y encuentren solución de algún modo, ya sea por la buena predisposición de quien pasa por ese mal trago como por el hecho de que recibe la ayuda y el apoyo de los amigos, porque hay que dejarse ayudar cuando la situación lo requiere, ya que en caso contrario el problema se agrava y no lleva a ninguna parte.

Pretendo plantear la vida con buen humor incluso en esas situaciones en apariencia un poco más críticas, ya que, por ejemplo, en “Silencio en tus labios”, esos conflictos familiares se solventan con pequeños reencuentros, en los lugares más insospechados, donde quien narra la escena busca de algún modo la complicidad del lector, que se supone es consciente de la relevancia del momento y se puede echar alguna que otra risa por lo absurdo de la situación.

En “Esperando a mi Daddy” también se busca un cierto tono de comedia, a pesar del conflicto personal que hay de fondo, tanto por parte de los personajes principales, como de los secundarios más relevantes, porque hay que tomarse los problemas de los demás con cierta empatía y sorpresa por la manera en que se resuelven ciertas cuestiones, muchas veces de manera un tanto impulsiva.

Jessica, Fotomontaje

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