Ella estuvo en Toledo

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Introducción

Todo el que ha estado en Toledo sabe o debería conocer esta historia, que, según la tradición y las muchas alusiones que hay de este acontecimiento por toda la ciudad y en la obra de diferentes artistas y pintores a lo largo de los siglos, la Virgen estuvo en Toledo.

La ciudad puede presumir con la debida humildad de haber tenido a tan ilustre visitante.

Por lo que he investigado al respecto hasta se sabe la fecha, 18 de diciembre de 666, en la época Visigoda, durante la época de los Concilios celebrados en Toledo.

Podría deciros que en este «no dejar puerta sin llamar ni sin abrir» he encontrado la casulla, que he encontrado fotos para ilustrar esta entrada, pero habremos de seguir buscando. En cualquier caso, la pista histórica nos lleva hasta Oviedo, pero allí parece que tampoco la encuentran, aunque en alguna ocasión la han llegado a ver.

Lo que sí sabemos dónde está, lo que se puede tocar con la debida reverencia, es la piedra donde estuvo La Virgen. Por supuesto hay abundante bibliografía sobre la vida, obra y milagros de San Ildefonso, Obispo y patrón de la ciudad de Toledo

Piedra de la Descensión

Algunas de las alusiones a la Descensión por la ciudad

Fachada de la iglesia de San Ildefonso, (Los Jesuitas)
Altar mayor de la iglesia de San Ildefonso, (Los jesuitas)

Casulla de San Ildefonso

Unos años antes, viendo el peligro que se cernía sobre Sevilla, debido a las invasiones que los árabes estaban realizando en el norte de África, San Isidoro decide trasladar una importante serie de reliquias conservadas en esta Catedral. Entre ellas estaba el famoso “Arca de las Reliquias”, traído de Jerusalén y conservado desde tiempos de los Apóstoles, que llega a Toledo, pero por poco tiempo, debido a la invasión peninsular.

Esta “arca” y otras reliquias conservadas en la Iglesia Mayor Toledana sufren un nuevo largo viaje al ser trasladadas hacia el norte (Asturias), “primero escondida en una cueva en el Monsacro y luego por orden de Alfonso II “el Casto” se trasladaron a la Capilla del palacio dedicada a San Miguel.”

Entre estas reliquias ya se encontraba la Casulla de San Ildefonso y su cuerpo, quedando éste en Zamora. Ciertas relaciones de reliquias dan fe de la existencia de la Casulla, y el Arcediano de Tineo, Marañón de Espinosa, Primer Rector de la Universidad y cronista de la catedral, dice a principios del siglo XVII con relación a la casulla:

Sólo sabemos que quedó dentro del arca, cuando se verificó el reconocimiento oficial de ésta en tiempos de Alfonso VI, la preciosa vestidura que Nuestra Señora trajo del cielo a su capellán San Ildefonso, que no sabemos si fue alba o casulla porque la cédula no decía sino vestimento sin declarar más”.

En tiempos más modernos, hacia el siglo XVI, hay constancia de diversas peticiones escritas del arzobispado toledano solicitando la Casulla a Oviedo. Curiosa es la descripción de hace de la Casulla a finales del XVI el Padre Sebastián Sarmiento de la Compañía de Jesús al Padre Francisco Portocarrero de la misma Compañía, conservado en el archivo de la Catedral de Toledo:

Teniéndolos juntos un día Don Pedro de Quiñones dijo a los dichos Prelados que pues se hallaban cuatro, cosa que no sucedería quizás otra vez hasta el día del Juicio, que probasen con toda la reverencia posible, abrir ellos solos y el que tenía las llaves de la Cámara Santa, aquella Arca para saber el magnífico tesoro. Al fin los convenció a que si y, prevenidos con ayunos y oraciones, después de Consagrado el de Salamanca, con todo el secreto posible, se juntaron los obispos y Canónigos que tenía las llaves y después de haber abierto la primer arca que es grande, hallaron otra menor y otra y otras menores hasta que dieron con un cofrecito muy pequeño, como de un palmo muy largo el cual tenía un rótulo que decía: LA CASULLA QUE NUESTRA SEÑORA DIO A SAN ILDEFONSO. Mucho les espantó, por parecerles casi imposible que allí cupiese una casulla. Abrieron el cofrecillo con muy gran dificultad, tanto que casi estuvieron desahuciados de poderlo abrir y dentro hallaron un cendal de color de cielo en forma de un capuz portugués, tan grande que pudiera cubrir al hombre más alto que hay en España, sin textura ni costura como una tela de cebolla, tan delicado y sutil que con solo el aliento que respiraban se hinchaba como una vela cuando le da recio el viento. Y volviéndola a doblar como estaba, la recogieron en su cofrecito, juramentándose todos que no habían de decir nada a nadie, si no era habiendo salido veinte leguas de Oviedo, y así lo cumplieron.

Leyendas de toledo/ la casulla de San Ildefonso

Tras la intensidad de la solicitud toledana por recuperar la reliquia, se cree que la Casulla estuvo oculta en Oviedo, y de nuevo se entremezcla la historia y la leyenda: Se dijo que estaba en la bola grande de la torre de la catedral, pero se comprobó que no; se dijo entonces que estaba debajo del Arca Santa, pero tampoco; se pensó luego que estaría detrás del retablo de la capilla de San Ildefonso (capilla que desapareció en 1934), pero allí tampoco estaba y por más que se buscó nunca apareció…

La Iglesia visigoda

Una probable antigua iglesia visigoda (Santa María), consagrada en el 587 por el rey visigodo Recaredo, haría las veces de catedral hasta su transformación en mezquita, donde tras la Reconquista, en el siglo XIII se edificaría la actual catedral. Esta iglesia visigoda se levantó alrededor de un pilar donde según la tradición descendió la Virgen para imponer la casulla a San Ildefonso

Pilar que señala el lugar donde se situaba una antigua iglesia visigoda (Sta. María), consagrada en el 587 por Recaredo. Después se transformó en mezquita por los musulmanes y tras la Reconquista en el S. XIII se levantó la Catedral. El sitio es también donde se produjo (según la tradición) la Descensión de la Virgen para imponer la casulla a San Ildefonso. Está situada junto a la capilla de la Descensión de la Virgen. Se trata de una columnilla de piedra sobre pedestal, rematada en bola y cruz de metal.

Imposición de la casulla

En el 657 fue elegido arzobispo de esa ciudad. Unificó la liturgia en España y escribió numerosas obras de carácter litúrgico y dogmático, particularmente sobre la Virgen María.

Sucedió al amanecer del 18 de diciembre del año 666. Con anterioridad el X Concilio había designado aquel día para recordar la Encarnación del Hijo de Dios, e Ildefonso hacía días que se sentía intranquilo, como presintiendo que algo importante le iba a ocurrir. Aquel día en concreto apenas había podido pegar ojo, y salió temprano de la casa arzobispal para asistir a los maitines en el gran templo dedicado a María que Recaredo había mandado edificar en el mismo lugar donde hoy se levanta la imponente Catedral. Como el santo era tan bondadoso y querido siempre iba acompañado de sus criados, capellanes y sacerdotes, a los que gustaba oír los versos dedicados a la Inmaculada que el santo componía. Aquel día, con motivo de la citada fiesta, acompañaban también al prelado el obispo Urbano y el arcediano Evancio.

Iba el santo recitándoles sus composiciones cuando llegaban a las inmediaciones del templo, y los pajes se adelantaron para hacer los preparativos mientras Ildefonso quedaba ante la puerta terminando su entonación junto al obispo visitante y el arcediano. Pero ésta fue bruscamente interrumpida cuando sus ayudantes salieron despavoridos. El motivo de su espanto no era otro que la visión de unas radiantes luces en el interior de la iglesia que imaginaron fruto sobrehumano. Los sacerdotes y capitulares que les seguían, al observar tan inesperada reacción, cobraron también algún temor y no se atrevieron a cruzar la puerta.

Quedó solo Ildefonso con sus dos acompañantes de honor, y sin miedo entraron para comprobar por sus propios ojos lo que allí ocurría. Indecisos caminan hasta llegar al altar mayor para comprobar por sus propios ojos lo que pasaba, pero no encontraron nada fuera de lo normal. Allí, ante el Cristo Sacramentado, se arrodillan unos instantes dispuestos a rezar, pero el gran prelado no era capaz de poner la habitual concentración en sus fervorosos rezos. Volviendo la cabeza, al sentirse observado, comprueba que en la silla episcopal que normalmente ocupaba él estaba sentada una mujer que irradiaba un resplandeciente halo de gloria y majestuosidad. Junto a ella millares de ángeles y coros de vírgenes entonaban dulces y sonoros cánticos. Comprendiendo Ildefonso que esa mujer no es otra que la Madre de Dios deja a sus dos invitados, se acerca cayendo de rodillas en el suelo ante la Señora, y entre alborozado y absorto no acierta a pronunciar palabra, pero con la mirada puede decir lo que sus labios no pueden, atados por la admiración y el asombro.

La Virgen hizo una señal a Ildefonso para que se aproximara y éste, arrodillado ante tal presencia, escuchó que le decía:

“Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería.”

Y la Madre de Dios, que mirándole con una tierna sonrisa en los labios le comprendía, le hizo un gesto para que se acercase. Ildefonso obedeció, hizo mil reverencias hasta llegar a sus pies, y una vez allí se postró de rodillas en el suelo escondiendo su rostro entre las manos, sin atreverse siquiera a levantar la mirada. No obstante puso oído para ver qué tenía que decirle. Entonces comenzó la Reina a hablarle dulcemente:

– He venido a visitarte porque siempre te has ocupado en mis servicios y alabanzas, porque con gran fe has defendido a capa y espada mi honra. Por todo ello quiero pagarte en esta vida lo que te debo. Toma y goza de esta vestidura que te traigo de los tesoros de mi Hijo, para que hagas uso de ella en tus sacrificios y te sirva de muestra de lo que te está esperando en el Cielo cuando se haya cumplido tu misión en esta vida terrenal.

Vestido ya de la mano de María, el arzobispo se levantó mientras se inclinaba reverencialmente en señal de gratitud. Ella entonces sonrió, como aceptando la gratitud de su más fiel siervo, y unida a sus acompañantes celestiales se desvaneció como la niebla en el aire.

En ese momento regresaron los acompañantes de Ildefonso. Los que habían huido del templo a duras penas habían intuido lo sucedido desde la puerta, los más valientes que no huyeron se atrevieron a acercarse hasta la verja del altar, mientras que el obispo Urbano y el arcediano Evancio habían permanecido a escasos metros de la escena como compañeros afortunados del dichoso prelado. Al ver que la iglesia había vuelto a la normalidad y que habían desaparecido todas aquellas luces y resplandores acudieron todos a reunirse con su obispo. Entran con él y el ambiente emana una felicidad inimaginable. Todos abrazan al prelado dando gritos de alegría. Él los recibe con amor, mostrándoles la casulla y llorando con ellos. Arrodillados la besan y reverencian, pero por más que la miran y tocan no aciertan a distinguir cual es su tejido o color.

Y tras haber pronunciado estas palabras, fue la misma Virgen quien impuso la casulla sobre Ildefonso, dándole instrucciones de utilizar esta prenda sólo en las festividades dedicadas a Ella.

Las campanas de la iglesia comenzaron a tañer alegremente sin que nadie las tocase. Al son de las campanas despierta la vecindad. La noticia pasa de boca en boca, de barrio en barrio. Al escuchar lo que ha ocurrido no hay quien no abandone su casa y se dirija hacia el templo. Toda la población de Toledo se concentra en el templo en el día de su mayor esplendor, acompañando al obispo que más gloria ha dado a la iglesia toledana.

El éxtasis llega cuando Ildefonso sale al altar mayor para decir la misa en honor de la Virgen vestido con su inigualable prenda. Todos quieren ver, tocar y adorar la casulla que la Señora regaló a su siervo predilecto, con efectos milagrosos. Los enfermos sanaban, los tristes hallaban consuelo, los pobres desahogo…

En la Catedral de Toledo, aún se puede observar, protegida por una recia reja, la piedra en la que la Virgen puso sus pies cuando se apareció a San Ildefonso.

Corrió por todo el reino la noticia como reguero de pólvora, llegando en breve a oídos del Papa en Roma. Éste, confundido por los rumores y pretendiendo evitar escándalos que perjudicaran a la cristiandad, envió un legado para comprobar la veracidad de los hechos. De inmediato el legado llega a Toledo, y debe encontrar prueba tan grande y evidente que regresa a Roma solicitando al pontífice que nombre a Ildefonso canónigo de la iglesia en la que la Madre de Dios puso sus divinos pies. El Papa así lo concede, dando por auténtica la visita de la Virgen al Prelado. El rey Recesvinto también apoyó la causa haciendo colocar una inscripción sobre la piedra en la que la Señora se mostró a los hombres, piedra que afortunadamente ha llegado hasta nuestros días.

La mañana del 23 de enero del año 667 un toque fúnebre de campanas entristeció a Toledo. De Santa María la Mayor partían graves sones que se extendían por toda la ciudad. Las restantes iglesias se unieron de inmediato a su llamada llenando el valle de afligidos sonidos metálicos.

El santo había muerto, y la primera campanada se había fundido con su último suspiro.

Ildefonso había quedado como dormido, con el rostro tranquilo y la apacible expresión de los que no tienen nada que temer. El Cielo le había llamado y él no quería llegar tarde a su cita con la Madre de Dios.

Gonzalo de Berceo transcribió así esta tradición toledana:

“Y como la Gloriosa, estrella de la mar,
sabe a sus amigos galardón bueno dar,
aparecióle un día con muy gran mayiestat,
con un libro en la mano de muy gran claridat,
el que él auíe fecho de la virginidat;
plogolo a Illdefonso de toda voluntat,
Fízoli otra gracia, cual nunca fue oída,
dioli una casulla sin aguia cosida,
obra era angélica, non de ome texida,
fablioli pocos vierbos, razón buena complida”.
(Gonzalo de Berceo: “Milagros de Nuestra Señora”.)

Parece que no fue éste el único favor celestial y hecho milagroso gozado por el Santo; su entrega mística y contemplativa se vio compensada con los más extraños carismas sobrenaturales; y otros muchos prodigios cuentan las crónicas de sus coetáneos; por lo que no es de extrañar que, desde Gonzalo de Berceo hasta Lope de Vega, las letras españolas hayan cantado la devoción de San Ildefonso a la Virgen María.

La capilla de la Descensión

En este lugar se construye un templete gótico que nos recuerda a la famosa Custodia, con una rica reja que cierra el recinto donde se encuentra sepultado el Cardenal Moscoso (†1655). El retablo, de alabastro, con relieves de Covarrubias, Almonacid y Borgoña, autor del conjunto de la imposición de la casulla.

Podríamos considerar como la primera capilla de la Catedral (de un total de 24) a la que encontramos adosada a una columna, dedicada a la Descensión de la Virgen. Aquí probablemente se ubicó el Altar Mayor de la primitiva Iglesia de Santa María.

La capilla de la Descensión vista entre las columnas. Google Maps 2019

En el lado derecho encontramos un pilar de mármol rojo, que a través de una pequeña reja nos permite ver una piedra sobre la que según la tradición la Virgen puso sus pies y que todos los toledanos, de niños, intentábamos tocar, de ahí su desgaste.

Entre las dos naves menores y en el segundo pilar a los pies de la Catedral, está la Capilla de la Descensión fundada por Enrique II, que es el verdadero origen de la Catedral, pues aquí estuvo el Altar Mayor de la Basílica visigótica, y también, está la venerable tradición del milagro de la bajada de la Santísima Virgen para imponer la casulla al Obispo San Ildefonso.

El retablo está trazado y firmado por Felipe Bigarny (PHILIPHI O (PUS) E (ST), y terminado por su hijo Gregorio Pardo,  representa en su centro la Descensión, a los lados los Cuatro Padres de la Iglesia; en el ático la Asunción y en la predela pequeños relieves de la vida de la Virgen, la Aparición de Santa Leocadia y la Predicación de San Ildefonso. Más adelante el Cardenal Sandoval la restaura en tiempos de Felipe III, en 1610, constatándolo una inscripción en el friso. Aquí también se encuentra enterrado el Cardenal Moscoso (†1655) sepulcro realizado por Fanelli y Salinas en 1668.

Capilla de la Descensión de la Virgen,
fundada por Enrique II de Castilla, sobre el lugar donde, según la tradición, se le apareció la Virgen a San Ildefonso. La rejería que cierra la mísma es obra de Bartolomé Rodríguez en 1607.
Capilla de la Descensión
Capilla de la Descensión Iluminada

La Piedra de la Descensión es algo parecido al Pilar de Zaragoza. San Ildefonso defiende, en uno de los concilios de Toledo, la virginidad de la Virgen María y entonces como premio, como obsequio, la mismísima Reina de los Cielos desciende, le impone una casulla, una vestimenta, y la piedra donde posó sus pies la Virgen María al descender está en la propia catedral de Toledo. Esta piedra se puede tocar, te protege y con toda seguridad es un ara romano o prerromano que fue, por tanto, un lugar de sacrificios. 

Fuente: Julio César Pantoja

Cilindro de la Capilla de la Descensión

En la Capilla de la Descensión, en la parte central de la predela, en el lugar que habría de ocupar el Sagrario, flanqueado por dos bajorrelieves que representan a San Miguel y el árbol del Paraíso y otros de la vida de San Ildefonso, encontramos un piedra que pudiera pasar desapercibida: un cilindro de mármol giratorio, donde descubrimos un texto en letra gótica con las palabras de la Consagración y tres escenas: la Anunciación, la Visitación y el Nacimiento de Jesús.

La obra más hermosa que atesora la diminuta capilla es el Retablo de la descensión, que es considerado como el primer retablo renacentista en escultura de la Catedral, debido al cincel de Bigarni, firmado pero inacabado a su muerte, siendo concluido por su hijo Gregorio Pardo.  Hacia 1520 comenzaron a acotar el espacio por medio de un cerramiento al modo del note de Europa, en forma de baldaquino y de torre eucarística. Se empezó a ejecutar hacia 1524.  Fue tallado en alabastro de Cogolludo, en cuyas canteras se personó el maestro para elegirlo. Con alguna interrupción, se concluyó en 1526; y en 1527 fue tasado por Alonso de Covarrubias, Juan de Borgoña y Sebastián de Almonacid, en 448.000 mrs.

La iconografía corresponde a la de un retablo conmemorativo que revitaliza la memoria histórica de Toledo en un momento en que la ciudad comienza a considerarse como centro de la cristiandad. Están contenidas las historias que justifican la primacía de ola sede arzobispal: La actuación milagrosa de la virgen, sus obispos, santos y los nobles que escuchan. En la parte central de la predela, la más simbólica y una de las más interesantes de la escultura en España, destaca el torno giratorio con cuatro relieves correspondientes a los cuatro periodos del año litúrgico. En torno al sagrario dispone hermosos relieves de la Anunciación, Visitación, Natividad, aparición de Santa Leocadia y Predicación de San Ildefonso.  Bigarni se inspira en el retablo de la Cartuja de Miraflores, de Gil de Siloe. Una genialidad del maestro se manifiesta en trasladar al alabastro el torno giratorio que Siloe hizo en madera. La función litúrgica se refuerza con la alusión al pecado original expuesto mediante un Ángel vengador y el Árbol del bien y del mal. La Virgen presenta una expresión de máxima idealización con acusados volúmenes en sus ropas. Para el milagro de Santa Leocadia recurre a la expresión causa-efecto, cortando el velo cuando está saliendo del sepulcro. Forman parte de la composición del retablo, los Cuatro Padres de la iglesia, cobijados bajo hornacinas aveneradas, recurso muy del gusto del escultor. En el ático campea la Asunción en un medallón con putti.

En tiempos de Felipe III, en 1610, el Cardenal Sandoval la restaura, constando una inscripción en el friso. Juan Bautista Monegro amplió las gradas y construyó nuevas rejas, pero para cerrar los huecos apuntados debieron de aprovecharse restos de rejas platerescas fundidos por Domingo de Céspedes en 1525. Aquí se encuentra también enterrado el Cardenal Moscoso (1655), cuyo sepulcro fue realizado por Fanelli y Salinas en 1668.

El retablo está hecho y firmado por Felipe Vigarny, y terminado por su hijo Gregorio Pardo,  representa en su centro la Descensión, a los lados los Cuatro Padres de la Iglesia; en el ático la Asunción y en la predela pequeños relieves de la vida de la Virgen, la Aparición de Santa Leocadia y la Predicación de San Ildefonso.

Retablo (1520-1527), donde se recoge el momento de la imposición de la casulla a San Ildefonso.
Está realizado en bronce y mármol, obra del escultor Felipe de Vigarny y su hijo Gregorio Pardo. En el centro se encuentra la Descensión, a los lados los cuatro Padres de la Iglesia, en el ático la Asunción y en la pradela pequeños relieves de la vida de la Virgen junto con dos escenas más, la Aparición de Sta. Leocadia y la Predicación de S. Ildefonso.
Aparición de Santa Leocadia

Más adelante el Cardenal Sandoval la restaura en tiempos de Felipe III, en 1610, constando una inscripción en el friso. Aquí también se encuentra enterrado el Cardenal Moscoso (†1655) sepulcro realizado por Fanelli y Salinas en 1668.
La rejería que lo protege es magnífica

Pies del altar

Y el remate de Alonso de Covarrubias una preciosidad gótica

Remate

Web de referencia

Capilla de la Descensión – Capillas – Catedral Primada Toledo

Cilindro de la Capilla de la Descensión – Rincones Escondidos – Otros – Catedral Primada Toledo

Historia – La Capilla de la Descensión, Catedral de Toledo – Ángel Martínez Torija

Cómo visitar la Catedral de Toledo: todo lo esencial en una guía breve. Actualizada 2022. – Leyendas de Toledo

Paseo Fotográfico – Catedral de Toledo – Ángel Martínez Torija

Maravillas ocultas de España: La Catedral de Toledo.Altar mayor,coro y mas cosas.Tercera parte (maravillasdeespana.blogspot.com)

La Casulla de San Ildefonso – Leyendas de Toledo

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San Ildefonso patrón de Toledo

Catedral de Toledo | Portal de Cultura de Castilla-La Mancha (castillalamancha.es)