Introducción
Hasta ahora eso de jugar con los niños en el parque, de participar en sus juegos y formar equipos con éstos no ha tenido ninguna consecuencia. Sin embargo, como sabemos, Jessica ha empezado una fase de madurez, de desarrollo, de cambio, lo que implica empezar a tomar consciencia de la realidad y no vivir cegada por sus propios autoengaños.
Como ya he comentado en entradas anteriores, si nos mantenemos en la pretensión de hacer una reinterpretación de esta novela en el sentido de que Jessica sea una especie de «Super girl«, en esta historia «los malos» son los chicos y hasta ahora los hemos presentado como personajes demasiado buenos, comprensivos, integradores…
Los chicos, los niños, no residen en el «St. Clare’s Home for Girls», tienen una vida perfecta, ideal, viven en viviendas unifamiliares con sus padres, en familias más o menos grandes, que es de algún modo la aspiración que tiene Jessica en la vida, pero sin que en su caso sea algo temporal o forzado como pueda ser el acogimiento. Ella anhela vivir con su padre.
Los niños ya han empezado a dar muestras de no ser tan buenos desde el momento en que Jessica ha dado las primeras muestras de madurez, de dejar atrás algunas de esas mentiras que ella se ha creado y ha empezado a ser un poco más sociable, aunque no vaya a renegar de lo que es la base y el fundamento de su personalidad.
Demasiado ingenua.
La cuestión es que, en esta lucha interna consigo mismo, en ese redoblar esfuerzos porque nada cambie demasiado de prisa ni perder el control de la situación, aunque empieza a tener consciencia de que todo se le escapa de las manos y ya nada la transmite esa seguridad ni certeza, se enfrenta a ese partido de baloncesto.


No le he dicho a Ana porque pienso que si se entera, se va a enojar conmigo, ya que no le gusta mucho que pase tanto tiempo con los chicos del parque. El otro día estábamos jugando al baloncesto y, como no hacía frío, un equipo jugaba sin camiseta y el otro con ella puesta para distinguirnos.
Como tal, en la novela no se especifica la fecha del partido, tan solo que es por la tarde, pero se puede deducir que se trata de un día salido y soleado; perfecto para estar en el parque y que unos niños quieran jugar un partido de baloncesto. Se puede pensar que se trata de un día sin clase y que, si Jessica se ha escapado y se ha juntado con ellos, es porque tampoco hay demasiada intranquilidad por ello en el St. Clare’s.
El problema
No se trata de una competición deportiva reglada ni organizada de antemano. Da la sensación de que todo es un tanto improvisado y que los problemas se resuelven según surgen, según el criterio del más avispado o de quien tiene mayor capacidad de convicción dentro del grupo.
La cuestión es que necesitan una manera rápida y fácil de diferenciar a los componentes de un equipo y otro, ya que se entiende que se les presenta una complicada disyuntiva. Sin que quede claro si este tipo de situaciones se han presentado con anterioridad. El caso es que esta vez Jessica se ve involucrada y es evidente que necesita redoblar sus esfuerzos para no sentirse excluida ni marginada.
No sabemos cuán buena jugadora de baloncesto, pero los niños han de valorar sus habilidades, porque la escogen como componente para el primer equipo, que se supone son los mejores. Sin embargo, se lamenta porque nunca le dejan ser la capitana; no tiene capacidad de decisión ni de escoger con quiénes quiere jugar ni en qué condiciones. Su opinión no cuenta para establecer las reglas del juego.
La disyuntiva está en que los componentes del primer equipo han de jugar sin camiseta, a torso descubierto. Lo cual no es tan solo cuestión de ser más desinhibidos; es que, como ya sabemos, eso de que Jessica regrese al St. Clare’s de una pieza no suele ser habitual, que, si los chicos son un poco brutos, ella intenta no ser menos, salvo que presienta que su integridad corre peligro y su primer impulso es echar a correr sin mirar atrás.
Creo que esa tarde los chicos me miraron más que en otras ocasiones, pero yo jugué como siempre, intentaba coger el balón y corría hacia la canasta con intención de puntuar para mi equipo. Jugaba en equipo y nos pasábamos el balón cuando lo teníamos. La cuestión es que recibí un balonazo sobre el pecho que me hizo un poco de daño y uno de los chicos me quiso acariciar esa zona ahí, porque decía que esos masajes harían que se me pasara el dolor. No me gustó que lo hiciera y no le dejé.
Percances del juego
El caso es que Jessica empieza a darse cuenta de que ese empeño suyo por sentirse aceptada por los chicos, cuando hay circunstancias en las que prevalece su integridad sobre la confianza, en que se pone de manifiesto que el hecho de ser una niña jugando con niños genera una cierta contrariedad. Es decir, que no todo vale.
Se entiende que estos niños, los que han sido su grupo de amigos hasta ahora y lo seguirán siendo durante algún tiempo más, parece que en principio no ven nada de particular en que Jessica se muestre algo torpe, posiblemente no menos que ellos, sin que se le dé mayor importancia a los golpes, caídas, tropiezos y arañazos accidentales y propios de toda actividad deportiva.
Son percances que, mientras no requieran la intervención inmediata de un adulto, ni siquiera interrumpen el juego. Una se entusiasma demasiado, se confía y, en un descuido, termina en el suelo o, en este caso, recibe un balonazo por no prestar la suficiente atención, por estar despistada o por simple estrategia del otro equipo para obtener ventaja.
Jessica, esta vez prefiere hacerse la valiente. La única diferencia con ocasiones anteriores es que ha sentido el balón de manera directa y se siente algo incómoda por la situación, pero no le da mayor relevancia mostrarse débil ni victimizar lo sucedido, como si los niños esperasen que se comportase como se esperaría de una niña, quejándose y mostrándose dolida. Mejor que siga el juego.
No sabemos cómo terminó la puntuación final del partido. No sabemos si su equipo ganó o si perdió; ni tan siquiera comenta las veces que consiguió encestar ni cuántos de esos aciertos fueron desde más allá de la línea de tres puntos.

De hecho, da la sensación de que su pequeña escapada pasó inadvertida en el St. Clare’s o al menos no se le dio más importancia, como si se le hubiera dado una cierta permisividad en ese sentido a la espera de que sea ella misma quien se autogestione esas entradas y salidas, aunque sea bajo la supervisión de las tutoras.
A Ana tampoco se lo cuenta.
El caso es que lo sucedido esa tarde no le dejó indiferente. En su foro interno parece querer dar a entender que perdió más de lo que esperaba conseguir, que su estancia en el parque no fue tan gratificante ni relajante como pretendía. No sólo regresó con alguna que otra magulladura, sino con el orgullo herido, avergonzada por el trato recibido por parte de los chicos, por la situación.
Asumimos que ahora Ana es su mayor confidente, con quien ya no tiene secretos, porque está, aparte de ser su tutora, en actitud de escucha, comprensiva, dispuesta a reírse de sus pequeñas travesuras, más que a reprenderle por su mal comportamiento, aunque ello no impida que, si lo considera oportuno, le haga alguna llamada de atención.

Grave y trascendente ha de considerar lo sucedido como para que prefiera mantenerlo en secreto, temiendo que de saberse puede que haya más que palabras para corregirla. No sólo ha estado jugando con los niños del parque, sino que ella misma es consciente de que tal vez no ha sido lo bastante prudente y pudorosa, a pesar de que haya defendido su integridad hasta donde ha podido.
Origen
- Esperando a mi Daddy. Saturday, April 21, 1990
- Reflexiones personales

Debe estar conectado para enviar un comentario.