¡A comer!

Saturday, June 24, 1995. Comedor (02:05 PM)

Cocina del chalé

Jessica camina lentamente por el pasillo, atraída por la mezcla de aromas que flotan en el aire —el azafrán cálido, el pimiento asado, el marisco que se funde con el arroz dorado. En la cocina, la luz del mediodía entra oblicua por la ventana del oeste, tamizada por las nubes que dan al jardín un resplandor suave. Sonia, con el delantal aún salpicado de gotas de caldo, termina de colocar la fuente sobre la mesa. Ana sonríe al verla aparecer.

Ana: ¡Justo a tiempo! —le dice con una voz que mezcla afecto y alivio.

Jessica se detiene en el umbral. La música —algo latino, alegre pero contenido— suena desde una pequeña radio sobre la encimera. No es un volumen alto, pero suficiente para que el ritmo roce las emociones como dedos invisibles. De alguna forma, todo el ambiente parece preparado para su llegada.

Mientras Ana sirve unas copas de agua fresca con rodajas de limón, Jessica observa los detalles: los gestos de Sonia, que van más allá de la técnica culinaria; la manera en que habla con las manos, cómo ladea la cabeza al escuchar. Todo parece estar impregnado de una calma vivida, como si ese espacio hubiera sido ensayado una y otra vez, hasta que cada silencio y sonido formara parte de una coreografía íntima.

La mezcla de sensaciones —el aroma, la música, la calidez del entorno— comienza a suavizar algo dentro de Jessica. Ya no está tan tensa. Tal vez no completamente en paz, pero menos a la defensiva. Se permite sentarse, aunque sigue sin decir nada. Ana no insiste. Solo le deja una servilleta cerca y le guiña un ojo, como diciendo: «Cuando estés lista».

La paella reposa como un tesoro compartido en el centro de la mesa. Y Jessica, sin saberlo del todo, da el primer bocado a una escena que quizás recordará como el momento en que empezó a aceptar que no todo nuevo entorno es una amenaza.

Durante la comida, la atmósfera se torna envolvente, casi cinematográfica. Sonia ha colocado la paella en el centro de la mesa con un gesto ceremonioso, como si presentara una obra maestra. El arroz humeante desprende un aroma profundo, empapado en caldo y recuerdos. Ana, más relajada ahora, sirve con naturalidad, mientras Jessica se sienta frente a ella con una mezcla de curiosidad y cautela.

Paella

El comedor da a un jardín amplio, protegido por un vallado bajo. La ventana abierta deja entrar una brisa cálida con notas de romero y tierra seca. A lo lejos, se oye el chapoteo ocasional de niños en la piscina de la urbanización, mezclado con el zumbido de una cortadora de césped.

Jessica, sin necesidad de traducción, empieza a percibir detalles que van más allá de las palabras: el tono cálido con el que Sonia se dirige a Ana, los silencios pensados entre frases, el modo en que comparten confidencias en español, con la misma cadencia que se escucha en las canciones lentas de la radio. Aunque no entiende todo, su oído se ajusta al ritmo, a la música de la conversación.

Entre bocado y bocado, Ana le comenta algo en inglés, sin forzarla:

Ana: ¿Está bueno? Sonia dice que es su especialidad de verano.

Jessica asiente, sorprendiéndose a sí misma disfrutando del sabor, como si fuera una señal de que puede bajar la guardia, al menos por hoy. El arroz está en su punto, los trozos de pollo y marisco se funden en cada cucharada, y por primera vez desde que llegaron, su expresión se suaviza.

Sonia le sonríe con simpatía, sin invadir su espacio, y le sirve un poco más.

Sonia: “Lo que no se come ahora, se guarda para la cena,” dice en un inglés con acento melodioso.

La escena se completa como una coreografía sutil: el tintinear de los cubiertos, el eco lejano de risas, el aroma que llena la casa y las miradas que, sin apurarla, le dan a Jessica permiso para estar.

Sobremesa

Después de la comida, las tres se acomodan en la terraza, justo donde la luz suave del mediodía empieza a inclinarse. La mesa aún tiene restos del festín: algunos granos de arroz dispersos, copas de agua con limón medio vacías, y la fuente de paella con apenas un último rincón sin tocar. Ana se estira ligeramente en su silla y suspira, satisfecha. Sonia va recogiendo sin prisa. Jessica, en cambio, permanece observando el jardín a través del cristal abierto, como si cada rama o murmullo tuviera algo que contarle.

La brisa mueve los visillos con pereza. Desde la radio todavía se filtra música de fondo —ahora una canción más pausada, quizás un bolero o algo acústico. Todo el entorno tiene el tono de una tregua silenciosa, ese momento en que nadie espera nada, solo deja que el tiempo pase despacio.

Jessica no dice mucho, pero algo en su expresión ha cambiado. Sus cejas ya no están arqueadas en alerta, y por primera vez su postura transmite descanso más que defensa. Se atreve a preguntar, suave, casi sin romper el clima:

—¿Quién enseñó a Sonia a hacer paella?

Sonia ríe desde la cocina, con voz clara:

—Mi abuela. Era valenciana. Si la haces mal, el arroz te lo dice —bromea.

Ana sonríe. Esa pregunta le parece un regalo.

Jessica asiente, y luego se levanta y se acerca al ventanal. Afuera, la cancela se ve ahora con más detalle: al otro lado, una figura pasa en bicicleta, sin prisa, dejando detrás el rumor de sus ruedas sobre el camino. Las copas de los árboles se mecen, y una golondrina corta el cielo con decisión.

—¿Siempre es así de tranquilo? —pregunta Jessica.

Ana se levanta también, se acerca junto a ella y observa lo mismo.

—A veces menos. A veces más. Pero lo que importa es que, por ahora, lo es para ti.

Jessica se gira apenas, como si buscara confirmar algo en la mirada de Ana. No hay juicio ni presión. Solo un gesto sutil, ese tipo de presencia que no exige respuestas, pero deja espacio para formularlas.

Origen