Mr. Ford: Aguas turbulentas

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Wednesday, September 6, 1995, MHS (08:52 AM)

Navegando las aguas turbulentas de la clase de Salud para novatos: una lección de respeto en tiempo real

Por Mr. Ford, profesor// (personaje)

Introducción: Más allá del entrenamiento físico

Soy el profesor de la clase de Educación Física y Salud para los alumnos de primer año. Aunque una parte importante de nuestro tiempo se dedica al entrenamiento físico y al desarrollo de habilidades motrices, hay otra mitad del curso, titulada «SALUD Y LA TOMA DE DECISIONES», que considero igualmente crucial, si no más. Los objetivos de esta sección son claros: abordar temas vitales como «la autoestima, la presión de los compañeros», «La sexualidad sana», las «Relaciones Saludables» y la prevención del «Acoso sexual». Son conversaciones difíciles, pero indispensables. Lo que no esperaba era que la lección teórica de hoy se convirtiera, de forma tan abrupta y clara, en una demostración práctica de por qué estos temas son tan necesarios en su día a día.

1. Estableciendo el tono: la primera interrupción

La clase apenas había comenzado. Mientras intentaba introducir los conceptos fundamentales que guiarían nuestras discusiones sobre salud y bienestar, noté un murmullo persistente en una de las mesas. Dos alumnas estaban inmersas en su propia conversación, ajenas al resto. Tuve que intervenir.

Con un tono firme, pero buscando más reconducir que castigar, me dirigí a ellas: «A ver, las cotorras —un término coloquial, sí, pero que captura a la perfección el ruido de fondo que rompía la concentración—. Callaos o, si tenéis algo que decir, compartidlo con el resto de la clase.«

Cotorra

Este tipo de distracciones son habituales en cualquier aula, pero en una asignatura donde el respeto y la escucha activa son la base de todo, es fundamental atajarlas desde el primer momento. El enfoque es innegociable.

2. La chispa que encendió el debate: un comentario fuera de lugar

Una vez recuperado el silencio, continué mi explicación. Era consciente de la incomodidad o las ideas preconcebidas que estos temas pueden generar en adolescentes, así que intenté calmar cualquier inquietud antes de que surgiera.

«Ya sé lo que alguno está pensando, pero desde ya os aclaro que en esta parte de la asignatura no tendréis que hacer nada raro. El objetivo es que sepáis cómo comportaros en caso de que os encontréis en ese tipo de situaciones.«

Apenas había terminado la frase cuando un alumno, George, decidió que era el momento perfecto para llamar la atención. Con una voz lo suficientemente alta para que todos lo oyeran, soltó:

Un chico// Dall E

«¡Lástima, ya le había echado el ojo a alguna!«

3. La corrección: una lección sobre el respeto

El comentario de George no podía ser ignorado. No era una simple broma; era la cosificación de sus compañeras en el preciso instante en que intentábamos establecer un marco de respeto. En ese instante, supe que la lección teórica había terminado; la práctica acababa de comenzar. Mi objetivo no era solo reprenderlo, sino convertir su exabrupto en una lección tangible para todos. Mi respuesta fue inmediata y contundente, convirtiendo su interrupción en el primer y más importante ejemplo de la lección del día.

  • «¡Ese tipo de comentarios, ni en esta asignatura ni en ninguna parte!»
  • «Tanto las chicas como los chicos os merecéis el mismo respeto y no hace falta que seáis parte de las estadísticas en lo malo.»
  • «El acoso tiene consecuencias negativas para toda la vida tanto para los estudiantes que intimidan como para sus víctimas.»

Su defensa fue tan débil como predecible: «No, no he dicho nada sobre el acoso.» No entendía, o no quería entender, que el acoso no empieza con una agresión, sino con la semilla de un comentario como el suyo, que despoja a una compañera de su identidad para convertirla en un objeto. Mi recomendación final fue directa: «Guárdese sus comentarios. Mejor intente respetar a sus compañeras de clase y dé ejemplo de cómo quiere que se le trate.»

4. La reacción en cadena: del desafío a la frustración

Creí que el asunto quedaría zanjado, pero la intervención solo fue el principio de una serie de reacciones que demostraron la tensión subyacente en el aula. George, lejos de reflexionar, comenzó a canturrear en voz baja la melodía de una canción popular, un acto de desafío tan infantil como deliberado.

El ambiente ya estaba cargado, y su actitud fue la gota que colmó el vaso para otra alumna, Yuly. Incapaz de contener su frustración, exclamó en un español claro y rotundo:

«¡Este tío es imbécil!»

Ahora tenía un segundo frente abierto. Aunque pudiera empatizar con su enfado, no podía permitir que el aula se convirtiera en un cruce de insultos. Me dirigí a ella, sorprendido por su salida de tono.

«¿Señorita, decía algo?»

«No, nada», contestó ella, avergonzada y con voz entrecortada.

Mi deber era restaurar el orden. «Pues mantenga la boca cerrada lo que resta de la clase o tendrá ocasión de contemplar las vistas del patio desde el aula de castigo.»

Reflexión final: La teoría llevada a la práctica

En menos de diez minutos, mi clase de Salud se había convertido en un microcosmos de los desafíos que pretendía abordar. El comentario inapropiado de George y la reacción visceral de Yuly no fueron simples interrupciones; fueron la prueba irrefutable de por qué esta asignatura es vital. Demostraron que la gestión de las relaciones interpersonales, la línea fina entre una broma y el acoso, y la importancia del respeto mutuo no son conceptos abstractos de un libro de texto. Son realidades con las que estos jóvenes lidian a diario, aquí mismo, en los pasillos y las aulas.

Me di cuenta, además, de que este tipo de «bromas» rara vez son aleatorias. Aunque el comentario de George fue lanzado al aire, la experiencia me dice que casi siempre tienen un blanco. Mi labor no es solo atajar el comentario, sino también proteger el espacio de quien, en silencio, acaba de recibir el golpe. Es en esa dinámica invisible donde el acoso realmente echa raíces.

Mi labor, hoy más que nunca, es seguir creando un espacio seguro donde estos temas puedan ser discutidos abiertamente. Incidentes como este, aunque frustrantes, son oportunidades de aprendizaje invaluables. Nos recuerdan que la lección más importante que podemos enseñar, y aprender, es una muy simple: el respeto.

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