La historia de una camiseta

Etiqueta: Esperando a mi Daddy

Thursday, September 7th, 1995. 05:00 PM

La historia de una camiseta: Cómo probarme ropa del equipo desencadenó una conversación que lo cambió todo

Por Jessica marie Bond// IA

La tarde del jueves 7 de septiembre de 1995 parecía una más. Estaba en mi habitación del St. Clare’s, mi santuario personal al fondo del pasillo del segundo piso. Era un momento tranquilo, solo para mí, mientras me probaba una prenda nueva: una camiseta del equipo de mi nuevo instituto, del MHS. Me sentía casi normal, en un instante privado y sin interrupciones, pero ese momento de paz estaba a punto de terminar de la forma más inesperada.

Ventana del trastero

La camiseta del equipo: Un símbolo de un nuevo comienzo

No era solo una camiseta. Representaba mi intento de empezar de nuevo en el instituto, de sentirme un poco más normal y no vivir tan condicionada por esa etiqueta de «bebé abandonado» que nunca me ha gustado. La conseguí por varias razones, todas muy importantes para mí:

  • Un gesto de pertenencia. La idea era simple: animar al equipo del instituto. Era mi manera de intentar integrarme, de formar parte de algo en un lugar donde no conocía a casi nadie.
  • Una iniciativa propia. La vi, me gustó y supe que en el St. Clare’s nadie me la proporcionaría. Así que, por una vez, tomé la iniciativa. Fui yo quien decidió conseguirla.
  • Un cambio de método. Lo más importante para mí fue que la conseguí por medios normales y sin ninguna trampa ni trapicheo. Me costó $8.00 y era nueva. Un pequeño paso para alejarme de mis antiguas costumbres.

La interrupción de Ana

Estaba a medio vestir, justo en el momento en que me quitaba la camiseta para comprobar que me quedaba bien, cuando el chasquido del pestillo fue inexistente. La puerta de mi habitación simplemente se abrió, rompiendo mi santuario sin previo aviso. Y allí estaba Ana, por supuesto, entrando como si mi habitación fuera una estación de paso.

Ana: ¡Barato, barato! – Dice como si regentase un puesto de mercadillo. – ¡Estamos de oferta, dos por uno!

Su broma me pilló completamente por sorpresa. Sentí cómo la vergüenza me subía por la cara. Estar así, en ropa interior, en un momento que creía privado, fue increíblemente inoportuno. Soy una chica decente que ha aprendido de sus errores de la infancia, que ya no se siente tan a gusto cuando mi feminidad queda tan a la vista de los demás.

Ana: [Sigue con la broma] – A ver si lo adivinas. Se sube el telón y aparecen dos….; se baja el telón y aparece una cara de susto y vergüenza propia y ajena, ¿Cómo se llama la chica?

De una camiseta a mi futuro: La conversación inesperada

Lo que empezó como una broma sobre mi camiseta se convirtió rápidamente en una de las conversaciones más serias que he tenido con Ana. Aquella interrupción cambió el rumbo de mi futuro.

La necesidad de un orden

Ana no tardó en dejar las bromas a un lado. Me explicó que, ahora que era una chica de 9th Grade, tenía que empezar a tener más orden y organización en mi vida. Me recordó la importancia de mi horario de estudio, de cinco a siete cada día, y que debía tomármelo en serio si quería aprovechar las horas dedicadas a los libros.

El objetivo: La universidad y el GPA

Entonces sacó una hoja de una carpeta que traía consigo. Era una tabla con el sistema de calificaciones del instituto y la explicación del GPA (Grade Point Average). Su advertencia fue directa: si mi objetivo era ir a la universidad, necesitaba aspirar a un GPA alto, idealmente cercano a 4.0. Un GPA bajo, me aseguró, me dejaría fuera sin contemplaciones.

No era solo la universidad. Sabía que todo esto, la presión por el GPA, estaba conectado con la única condición que Ana me había puesto para quedarme: estudiar español. Cualquier fallo, y el siguiente autobús no iría a Medford, sino a Matignon High.

Jess: ¡Ni en sueños obtendré una puntuación de 4,00 en el GPA! —repliqué, sintiendo el peso de una expectativa imposible.

El ultimátum: Español o Toledo

La conversación dio un giro aún más drástico. Ana conectó mi rendimiento académico no solo con la universidad, sino con mi futuro más inmediato. Me lanzó una propuesta que sonaba más a amenaza: si no me tomaba los estudios en serio y mis calificaciones no eran buenas, el próximo verano podría irme a Toledo, España.

Mi reacción fue inmediata y visceral. —¡No iré! —le aseguré con firmeza—. Daddy tiene que venir a por mí.

Ana insistió, explicando que sería una buena experiencia, pero yo seguía negándome. Entonces, en un arranque de desafío, le lancé mi propia apuesta.

Jess: Vale —dije, sintiendo una confianza que no tenía—. Si mi GPA es menor de 2.0, me iré a Toledo de vacaciones. Pero si es mayor de 3.0, me quedo aquí como todos los veranos.

Ana me miró, y su advertencia final resonó en la habitación, aceptando mis términos y sellando el pacto.

Ana: Dejaré que tus calificaciones a final de curso decidan por ti.

Conclusión: Más que una simple prenda

Así fue como un acto tan simple como probarme una camiseta del equipo se transformó en un momento definitorio para mi futuro. Aquella prenda, que para mí era un símbolo de normalidad y un intento de integración en el instituto, de repente representaba mucho más. Ahora era el peso de las expectativas, la presión por asegurar mi plaza en la universidad y, sobre todo, la compleja y dolorosa relación con mi pasado.

Me encuentro en una encrucijada con una elección casi imposible. Estudiar como nunca para quedarme en Medford, el único hogar que conozco y el lugar donde estoy segura de que Daddy vendrá a buscarme. O fracasar y arriesgarme a un viaje forzado a Toledo, el lugar de origen de mi padre, el único sitio del mundo donde tal vez podría encontrarlo yo a él. La camiseta sigue en mi armario, pero ahora, cada vez que la veo, recuerdo que mi futuro depende de un número en un expediente académico.

Origen

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