Etiqueta: Esperando a mi Daddy
Friday, September 8th, 1995. 06:20 AM
Un viernes de septiembre: Mi visita a St. Clare’s
8 de septiembre, 1995
El despertador suena, como cada día de la semana. Pero hoy, viernes 8 de septiembre, mi primer pensamiento no vuela hacia la asignatura de álgebra ni hacia la clase de historia. Vuela hacia la tarde, hacia una dirección que no conozco pero que me muero de ganas por descubrir: el St. Clare’s Home, el internado donde vive Jessica.
El plan está perfectamente trazado, como una operación militar. Mi padre me recogerá al salir del instituto para evitar el larguísimo trayecto de vuelta a casa, en West Roxbury. Comeremos en casa de mis abuelos paternos, que viven más cerca, y desde allí iremos a ver a Jessica. Mi padre ni siquiera dudó cuando se lo pedí; para él, ayudar a una amiga es lo más normal del mundo. Me pregunto si Jessica ha tenido alguna vez a alguien que mueva su agenda por ella. Todo este lío logístico solo para un encuentro de un par de horas pone en perspectiva lo lejos que vivimos la una de la otra y el pequeño esfuerzo que supone construir un puente sobre esa distancia.
Camino a Medford High: Reflexiones sobre una nueva amiga
Mientras el coche avanza a trompicones por el tráfico de la mañana, no puedo evitar pensar en el miércoles. El tráfico es una pesadilla constante; ayer casi me quedo fuera por culpa de un atasco. En esos primeros días en Medford High, no conocía a nadie. Me sentía como una pieza de otro puzle, un poco fuera de lugar entre gente que parecía conocerse de toda la vida.
Y entonces, en la clase de español de Mr. Bacon, la vi. Jessica. Estaba sentada sola, igual que yo.

—¿Está ocupado este pupitre? —le pregunté, acercándome—. Es mi primer día de clase. No vine el otro día al Orientation Program y aún no conozco a nadie. Creo que somos las únicas que estamos solas.
Se encogió de hombros, pero asintió. Apenas habíamos cruzado palabra cuando un grupo de chicos empezó a cantar esa estúpida canción sobre «Jess Bond». La cara de Jessica se convirtió en una máscara de piedra. Me hirvió la sangre. ¿Quiénes se creían que eran para borrarle la sonrisa a alguien así el primer día? La reacción de Mr. Bacon fue fulminante: un trabajo en parejas para dentro de dos semanas sobre por qué nos habíamos matriculado en su asignatura. En medio del caos de gente buscando compañero, vi mi oportunidad.

—¡Eh, Jessica! ¿Hacemos juntas la redacción? —le propuse. —Como quieras —respondió, con una indiferencia que no lograba ocultar del todo el alivio.
El reencuentro en el pasillo: Pequeños pasos hacia la confianza
Esta misma mañana he llegado, como no, con el tiempo justo. Al correr por el pasillo hacia mi taquilla, la he visto. La suya está a solo cuatro de la mía, una casualidad que facilita estos pequeños momentos.


—¡Por los pelos! —le he dicho, sin aliento—. Había tráfico.
Ella me ha devuelto una pequeña sonrisa, como si supiera exactamente de lo que hablaba.

—¡Si yo falto a clase de Spanish, me cuelgan! —me ha respondido, y en su tono había una complicidad que me ha sorprendido.
Apenas nos conocemos. No hemos hablado más de diez minutos en total, pero en esos pequeños intercambios, en esas miradas de entendimiento cuando un profesor se pone pesado o un compañero dice una tontería, siento que se está construyendo algo. Una complicidad silenciosa.
La visita: ¿Tarea de clase o curiosidad personal?
Oficialmente, la visita de esta tarde es para «recabar información». Necesito datos para la redacción que nos ha encargado Mr. «Panceta» (Lo siento, pero ‘Bacon’ en español es ‘tocino’ o ‘panceta’, y no he podido evitarlo. Es mi pequeño acto de rebelión silenciosa.). La pregunta del trabajo es «¿Por qué te has matriculado en esta asignatura?», y mi compañera es el mayor enigma de la clase.
Pero, siendo sincera conmigo misma, la redacción es solo una excusa. Mi interés va mucho más allá de una simple nota. Las pocas cosas que Jessica me contó el miércoles han sido como migas de pan que me conducen a un bosque lleno de misterio.
- No conoce a sus padres. Sus palabras exactas fueron «un bebé abandonado», y lo dijo con una naturalidad que me dejó helada. Se ha criado en el St. Clare’s Home.
- Lo único que sabe de su padre biológico es que nació en Toledo, España.
- Asiste a español obligada por su tutora, con un desinterés y una reticencia que chocan frontalmente con esa única conexión que tiene con sus raíces.
Su historia es el reverso exacto de la mía. Mi madre es de Vigo, pasamos cada verano en Galicia y el español es mi lengua materna. Para mí, el español es el sonido de los veranos, de las risas de mis abuelos, de mi hogar. ¿Cómo puede ser que para ella, que tiene una conexión de sangre, sea una obligación, una carga? Es como si rechazara una parte de sí misma que yo daría cualquier cosa por entender. Necesito saber más.
La cuenta atrás: Mirando hacia la tarde
Las clases de la mañana pasan con una lentitud exasperante. Miro el reloj cada cinco minutos. Cada minuto de álgebra se sentía como una traición al misterio que me esperaba por la tarde. Los números y las ecuaciones no tenían nada que hacer contra las preguntas que de verdad importaban: ¿Quién es Jessica Bond? ¿Y por qué siento esta necesidad imperiosa de protegerla?
Mi impaciencia no es solo por el trabajo. Por supuesto que quiero sacar un A+, como siempre. Pero esta tarde espero conseguir algo más valioso. Espero, sentada en algún rincón del St. Clare’s, empezar a entender de verdad a mi nueva y enigmática amiga.

