Mis reflexiones entre pasillos

Etiqueta: Jessica, Esperando a mi Daddy

Saturday, September 9, 1995, MHS (12:00 AM)

Mis reflexiones entre pasillos: De los carteles de Atlanta 1996 al Toledo de mi imaginación

Por Jessica Marie Bond// Gem

Escribo esto desde mi habitación después de una mañana que me ha sacado de mi burbuja. Monica se asomó a mi puerta con esa cara de pocos amigos para preguntarme cuándo dejaría de mirarme el ombligo y haría algo de provecho. Según ella, de todas las chicas que han pasado por el St. Clare’s Home, soy la única que se pasa el día perdida en sus propios pensamientos. Me encargó una misión: coger la bicicleta e ir al Foodmaster, en el cruce de Fellsway W y Salem St. No era un paseo cualquiera; si no iba yo a recoger la donación, nos quedaríamos sin comer pollo toda la semana.

Salir de mi «zona de seguridad» me pone los pelos de punta. No es que sea una cobarde de 14 años, pero las advertencias sobre el tráfico de Fellsway West y mi desconfianza natural hacia los extraños me hacen ser prudente. Sin embargo, acepté porque necesito demostrar madurez. Ana ha apostado mucho por mí para que me quede en Medford y no quiero que Monica piense que soy una irresponsable. Pedalear hasta allí fue mi forma de decirles que puedo valerme por mí misma mientras sigo esperando a que Daddy me encuentre.

El espíritu olímpico en los estantes: Atlanta 1996

Al entrar en el Foodmaster, me topé de frente con la publicidad de los próximos Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Ver esos carteles me hizo pensar en lo que significa ser un atleta. Yo no entreno en una pista, pero tengo una forma física envidiable. Como dice Ana, tengo una medalla de oro en velocidad y en escapada libre, aunque mi entrenamiento ha sido huir de los chicos del parque que querían que jugase sin camiseta o evitar terminar revolcada por los suelos por culpa de las bandas rivales. Mis piernas son mi seguro de vida; he aprendido a defenderme con uñas y dientes y a correr hacia el St. Clare’s Home antes de que alguien use su fuerza contra mí.

Mientras recorría los pasillos con la mochila vacía, no pude evitar anotar mentalmente algunas cosas sobre ese «espíritu olímpico»:

  • Los deportistas norteamericanos parecen vivir para colgarse medallas de oro, como si fuera lo único que importa.
  • El ciclismo es una disciplina olímpica. Yo pedaleaba para traer comida, pero en mi cabeza, esquivar los coches de Medford era casi una prueba de alto rendimiento.
  • Aunque en el hogar no organizamos competiciones, la presión de Ana para que rinda en mis estudios me hace sentir que siempre estoy en una carrera de obstáculos.

Toledo en el podio: ¿Unos Juegos Olímpicos en la tierra de Daddy?

Ver los anuncios de Atlanta me hizo viajar mentalmente a Toledo, España. Recordé vagamente los juegos de Barcelona 1992 y me pregunté si la tierra de mi padre tendría capacidad para algo así. Comparando Medford con Toledo, dudo que tengan las instalaciones necesarias, aunque para los deportes acuáticos siempre nos quedarían el Mystic River o el Océano Atlántico.

Caminando entre los estantes, me asaltó un pensamiento triste: sería tan fácil si vendieran padres como si fueran hot-dogs. Imagínate entrar en el Foodmaster y encontrar a Daddy en una estantería, listo para ser recogido. Pero la realidad es que no tengo dinero para comprar un padre, ni siquiera uno de mentira. A veces imagino que esa «genética de la velocidad» que poseo viene directamente de él. Visualizo a Daddy como un campeón olímpico en España, un atleta exitoso que quizás no sabe que tiene una hija de 14 años esperándole al otro lado del océano. Es una imagen que me reconforta mientras busco mi propio lugar en el mapa.

El «obstáculo» del idioma y el encuentro con Mr. Bacon

Justo cuando estaba en la carnicería, me encontré con la última persona que quería ver un sábado: Mr. Bacon, mi profesor de español del Medford High. Yuly, mi única amiga, le llama «Paco Panceta», y verlo allí, fuera del aula, fue rarísimo. El momento se puso tenso cuando me saludó en español. Mi reacción fue el muro de siempre: «I don’t speak Spanish».

Él, intentando ser simpático, me sugirió que probara el jamón, diciendo que la comida es parte de la cultura. Me sentí acorralada. El español me persigue incluso cuando voy a por una donación de carne. Por suerte, llegó mi turno y me sentí literalmente salvada por la campana cuando el carnicero me atendió. Recogí el paquete para el St. Clare’s y salí de allí pitando antes de que Mr. Bacon me hiciera conjugar algún verbo entre chuletas.

Conclusión: Un mapa de esperanzas

Al final, Toledo sigue siendo un lugar dual para mí. Es un punto que no sé ubicar bien —no sé si está cerca de donde veranea Yuly o en el centro de la península— pero es el centro de mi mundo porque allí está Daddy.

He decidido que voy a esforzarme en Spanish I. No es por amor al idioma, ni porque Mr. Bacon me haya convencido. Es un trato puramente transaccional con Ana. Aprobar es el precio para no ser enviada al Matignon High. Para Jodie o Brittany ese sitio era un sueño, pero para mí es el exilio. Si me mandan a Cambridge, será más difícil que Daddy me localice. Me quedaré aquí, en el St. Clare’s Home, estudiando verbos que no quiero hablar, solo para asegurarme de estar presente el día que él finalmente pregunte por mí en el 193 de Fulton Street.

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