Yuly: Mi Caótico Camino hacia el Español

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Entre West Roxbury y Vigo: Mi Caótico Camino hacia el Español

Por July Stephani McWindor (Yuly)

La Paradoja de llamarse Yuly en Massachusetts

Vivir en West Roxbury es, a veces, un auténtico cortocircuito mental. Por un lado, tengo el acento de Boston, los Dunkin’ y mi apellido de ascendencia irlandesa; por otro, una madre viguesa que te suelta un «hija, saca la basura» con una autoridad que no admite réplica.

Lo más irónico de todo es asistir a un colegio dedicado a una santa española (bendita sea Santa Teresa) y sentirme como una completa turista dentro de mi propia cultura. Se supone que el español debería «venirme de serie», pero reclamarlo ha sido una auténtica batalla de identidad. De hecho, ahora mismo estoy escribiendo esto para una redacción de clase, no solo por amor al arte, sino para intentar salvarle el culo a mi amiga Jessica y el mío propio. Si no entregamos algo decente, Mr. Panceta —o Mr. Bacon, para los que no sufren sus clases— nos mandará directas al despacho del director.

El Hogar: Un Campo de Batalla Lingüístico

En mi casa, el idioma siempre ha sido una cuestión de estrategia y supervivencia. Mi padre es el típico estadounidense de raíces irlandesas que, tras años de matrimonio, se defiende con el español solo cuando no le queda otra. Lo curioso es que mi madre, a pesar de ser bilingüe, tuvo durante años la costumbre de hablarme en inglés incluso cuando estábamos solas. Quizás por inercia, quizás por asimilación. Sin embargo, recientemente hemos dado un giro: si mi padre no está delante, el inglés está prohibido. Es una «novedad» que me hace sentir que hablo un idioma secreto con ella.

Aquí os dejo los «Momentos del Español» que definen mi día a día:

  • El Termómetro de Mamá: El español es el idioma oficial de las verdades universales. Mi madre cambia de lengua cuando está verdaderamente enfadada o cuando lo que tiene que decirme es demasiado importante para dejarlo al azar del inglés.
  • Mi «Arma de Persuasión»: Con mi padre, el español es puro interés. Lo uso cuando estoy de buen humor o cuando quiero ponerme mimosa para conseguir algo difícil. Él ya sabe que, si le hablo en español y le digo que le quiero, es porque pretendo algo. Soy una «niña buena» bilingüe por conveniencia.

El Dilema de las Etiquetas: ¿Español o Castellano?

Para la redacción de Mr. Panceta me ha tocado investigar por qué nos complicamos tanto con los nombres. Si ya es difícil conjugar el subjuntivo, entender la política que hay detrás te hace explotar la cabeza. Aquí tenéis el resumen de mi investigación (que espero que a Mr. Panceta le parezca lo suficientemente «culta»):

«La controversia entre denominar a la lengua ‘español’ o ‘castellano’ es de raíz ideológica, política y económica. El idioma es un derivado del latín vulgar que llegó a la Península Ibérica hace 2.000 años. Fue en el siglo XIII cuando el Rey Alfonso impulsó el dialecto de Castilla (el castellano) mediante la traducción de documentos, convirtiéndolo en el estándar para la lengua culta. Hoy, la elección del término en España puede tener implicaciones políticas sobre la identidad regional, especialmente considerando que una cuarta parte de la población utiliza una lengua distinta al español como lengua materna».

Sinceramente, entre el Rey Alfonso X, la Real Academia y los dialectos, a veces siento que para pedir un café en Vigo hace falta un máster en historia y otro en diplomacia.

Veranos en Vigo: El Choque con la Realidad Gallega

Todo este lío cobra sentido en los veranos en Vigo. Mis abuelos son personas modernas que quisieron para mi madre y mi tío Luis la educación que ellos no tuvieron, pero el inglés no entra en sus planes. Allí, el verdadero catalizador es mi tío Luis. Él fue quien me obligó a hablar español «por las buenas o por las malas». Se acabó eso de recurrir al inglés por comodidad.

Además, allí descubrí que el español ni siquiera es único: el gallego está por todas partes. Ver que en un mismo país la gente salta de un idioma a otro me hizo entender que mi confusión en West Roxbury no era nada comparado con el mapa lingüístico de España. Al principio me resistía por pura cabezonería, pero la insistencia de mi tío terminó por romper mi muro de orgullo de Boston.

La Resistencia Interna: El Español como Espejo de lo Ajeno

Hace poco, mi amiga Jessica me confesaba en el patio del instituto: «I don’t speak Spanish… Me siento rara, que no soy yo». La entiendo, pero nuestras batallas son distintas. Lo de Jessica es profundo; su falta de motivación viene de la tristeza por un padre ausente y el miedo a hacerse falsas ilusiones. Lo mío, como dice ella, es pura «tozudez».

Durante mucho tiempo, hablar español me hacía sentir como si llevara un disfraz que no me encajaba. No era incapacidad (lo he oído desde la cuna), sino una resistencia a ser «diferente». Me daba miedo que, al hablarlo, estuviera creando una versión de mí misma que no reconocía frente al espejo.

Conclusión: De la Obligación al Disfrute

Lo que empezó como una imposición de mi tío Luis y una necesidad para no suspender con Mr. Panceta, se ha convertido en algo que, sorprendentemente, disfruto. He descubierto que prefiero ser sincera en mis redacciones antes que ser una «pelota» que solo busca el aprobado. Escribir en español me ha permitido conectar con esa parte de mí que siempre estuvo ahí, escondida bajo capas de cultura estadounidense.

Ser bilingüe no es solo hablar dos idiomas, es aprender a vivir cómodamente en la grieta que los separa.

Y vosotros, ¿alguna vez habéis sentido que un idioma heredado era más una carga que un regalo? ¿Os habéis sentido «ajenos» al hablar la lengua de vuestra familia?

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