Manuel. Silencio en tus labios (1)*2

Lo que propició que nos quedásemos solos fue que ella se apartó del grupo, así dio a entender que no hacía falta que nos quedásemos esperando por ella, antes o después pasarían a recogerla y la espera no se alargaría mucho más. Los demás captaron la indirecta y se marcharon porque ya era hora de hacerlo y yo me encontré con la disyuntiva de no saber qué decisión tomar. Tan negativo resultaría quedarme como dejarla allí sola. Del cargo de conciencia no me libraba, dado que quedarme parecería premeditado y mi marcha se entendería como una falta de consideración, no tanto hacia un miembro del Movimiento como hacia ella y su deseo de llevarse bien conmigo. Aunque estaba claro que se mostraba indiferente ante mi indecisión, pero no parecía que le fuera a dejar impasible. Antes que causarle una mala impresión, preferí que entendiese que por mi parte el asunto estaba olvidado y manteníamos una buena relación fraternal, como ella me había demostrado a lo largo del día. No quise quedar mal.

Opté quizá por lo menos lógico, me quedé y le hice compañía. Tampoco es que le fuera a dar conversación, pero, si sabía que estaba allí, no se vería tan sola, aunque después le fuera a contar a los demás que había hecho el mayor de los ridículos porque mi comportamiento tendría una valoración en muchos sentidos y no todos positivos, más cuando había dado claras evidencias de no querer poner a nadie en ese compromiso, a lo que también debía darme por aludido. Por quedarse allí sola no le pasaría nada. No era un callejón oscuro, sino una avenida bastante bien iluminada y con el suficiente tránsito de vehículos y personas como para no preocuparse por su integridad. Lo suyo no era cuestión de carácter ni de seguridad en sí misma. Era simplemente que estaba tranquila y mi compañía le resultaría tan incómoda como la de cualquier desconocido, con la diferencia de que a mí ya me había dado calabazas y no quería retomar aquel asunto a causa de aquello. Le resultaba más comprometido tenerme allí que ver cómo me marchaba dejándola sola.

Fui yo quien rompió el hielo, le comenté que hacía frío. Hablar de la meteorología era lo más recurrente, aunque su contestación resultó más fría. No le apetecía hablar conmigo y estaba impaciente por la tardanza de sus amigas. Lo intenté una segunda vez y su actitud varió más bien poco, aunque en su mirada descubrí su intranquilidad, casi un ruego para que me marchase y le dejase tranquila no fuera a estropearlo todo por pasarme de listo sacando una visión equivocada de cuanto allí pasara. Ya que aquello podía considerarse como algo indiscreto, más cuando la gente del grupo nos encontrara y se llevaría una impresión equivocada. Lo que se supusiera al respecto tendría un motivo real y lo cierto es que no estaba muy dispuesta a que nadie la relacionase conmigo en ese sentido. Ya habíamos pasado por esa pesadilla y parecía que la reviviríamos por no andarnos con cuidado, de tal manera que era mejor dejarlo y no insistir sobre ello.

Debía pensar que me había quedado para ligar con ella y razones no podía decirse que le faltaran vistos los precedentes, ante lo cual más fría y distante no podía estar, ya que, de tratarse de cualquier otro, su actitud hubiera sido más abierta y sociable. Sin embargo, por otra parte, tampoco había motivos para ser tan suspicaz, nuestras discrepancias se suponía que estaban superadas. Ella me había dejado claros sus sentimientos y por mi parte no le insistiría más sobre ello, por lo cual mi presencia allí se debía a cuestiones fraternales, ya que, si me encontrara en su situación, hubiera querido que alguien del Movimiento se quedara a hacerme compañía. De todas maneras, entendía que para ella esta buena predisposición procedía de la persona menos indicada. No es que prefiriera a cualquier otro antes que a mí. En realidad, eso le era indiferente. La cuestión era que no estaba dispuesta darme tanta confianza, no fuera a sacar conclusiones equivocadas, porque no había sido ella quien me había pedido que me quedara. Lo hacía por decisión propia y asumiendo los inconvenientes.

Supongo que fue el aburrimiento o la impaciencia por la tardanza de sus amigas, el caso es que venciendo sus recelos, fue ella quien, rompió aquel silencio, me preguntó si me apuntaba a los planes de aquella noche, dado que no se reunirían sólo ella y sus amigas, sería un grupo numeroso, casi veinte personas, donde la presencia de uno más o menos no supondría mayor problema, aunque con ella se contara desde el principio, no así conmigo. Era de suponer que conocía la respuesta a esa duda, pero tenía la curiosidad de escucharla de mis labios. Yo podía tener mi carácter y mis discrepancias con algunas de las chicas del Movimiento por hablar más de la cuenta y, en consecuencia, no sentirme animado a congeniar con nadie y eso haberme creado malos hábitos, pero, si con ella lo había superado, con las demás no sería más complicado. Mis recelos eran una cuestión propia más que consecuencia de la actitud de los demás. En definitiva, Ana era de la opinión de que era tonto actuar así por algo sin importancia, aunque no lo expresara tan claramente por no ser indiscreta.

En realidad, no fue esa la excusa que le di porque no era culpa de nadie que yo me excluyera o que directamente se contase conmigo por si me lo pensaba mejor. Le dije que no me apetecía, que estaba cansado del retiro y prefería quedarme en casa. Es decir, la decisión era mía y de nadie más, no iba a cambiar de parecer en el último momento. Además, que me apuntara a ese plan, cuando nadie me esperaba, parecía un tanto inoportuno. Se había organizado todo en base a quienes se pensaba que irían y la verdad es que no creía que fuera a encajar. La idea de ir detrás de todo el mundo no resultaba alentadora, dado que quienes no iban en pareja lo hacían en pandilla, sin que yo me fuera a integrar yendo solo o juntándome con quienes no tenía tanta afinidad. Por ejemplo, ella estaría con sus amigas y de algún modo sería la novedad; estaría asumido por todos. Sin embargo, mi presencia sería como tener a alguien que no encajaba y prefería no poner a nadie en ese compromiso. Ya volvería a estar con la gente en la reunión semanal de los sábados o en el siguiente retiro, como siempre.

Con toda franqueza se permitió llamarme “tonto”, aunque no discutió mis justificaciones para preferir marcharme en casa. Abusando de esa fraternidad y de las buenas relaciones que se suponía había entre nosotros, olvidó los malos rollos y me dijo con claridad lo que opinaba al respecto, lo cual no era un deber moral porque no era quién para juzgarme ni dar consejos a nadie, pero personalmente opinaba que mi actitud y planteamiento resultaba de lo más estúpido, porque, si se suponía que todos éramos hermanos y debíamos vivir nuestra fe dentro del Movimiento, con mi actitud lo que provocaba era que se levantase un muro a mi alrededor, de tal manera que, si ella, a pesar de la distancia, sentía esa unida, no era coherente que yo, que era de la misma ciudad, tratara a los hermanos como si no les viera en todo el año, cuando les tenía a dos pasos de mi casa y podía participar en todo lo que el Movimiento organizase. Había tomado una postura cómoda y me negaba a salir de ahí, lo que me frenaba a la hora de crear ambiente y sentirme integrado, de modo que era lógico que nadie contase conmigo.

No sé si fue por la situación, por estar nerviosa o porque no supo reprimirse, pero la cuestión es que se despachó a gusto y se sintió liberada de aquella carga, cuyo destinatario no podía haber sido otro, ni haber escogido mejor momento para soltarla. Fue una manera bastante desacertada de agradecer mi compañía, aunque su intención tal vez fuera dejar claro que hasta entonces me había hablado en serio respecto a sus sentimientos y el concepto que tenía de mí. Era como si en cinco minutos hubiera encontrado las infinitas diferencias entre el modelo de su chico ideal y yo, desafortunadamente en perjuicio mío, salvo que ella fuese demasiado idealista con sus expectativas y con ese asunto fuera poco realista, sin que le quitase la razón en muchos aspectos. Entre nosotros había más incompatibilidades que coincidencias de manera que quizás el idealista fuera yo al creer en algún momento que me correspondería o llegaría a sentir algo por mí en ese sentido.

Si aquello hubiera sido un combate de boxeo, me habría ganado por KO en el primer asalto y de la primera bofetada, aunque la habrían descalificado por dar golpes bajos y a traición. Y si la mejor defensa es un buen ataque, ella tenía mucho que enseñar a los estrategas y no tanto que aprender porque me dejó para el arrastre, como un desperdicio animal no reutilizable, dado que lo poco o bueno que hasta entonces había creído tener se había quedado en nada. Había escuchado lo que opinaba de mí: las cagadas de los perros o las cáscaras de plátano eran más dignas que yo, porque resbalar conmigo, más que un accidente, era una tragedia, hasta el punto de pensar que una chica estaría muy desesperada, si sentía un mínimo de interés por mí. Lo que lógicamente no era su caso porque el amor no es tan ciego ni aún con los ojos vendados. Ya había oído rumores de que de nuevo tenía novio y recuperaba la felicidad pérdida tras la ruptura de su anterior relación, por lo cual no cabía ninguna doble intención en sus palabras, tan solo una falta de delicadeza conmigo.

Aunque hubiera querido, no habría sido capaz de ponerme a su altura, dado que todo lo malo que parecía sentir de mí se contrarrestaba con lo bueno que yo pensaba de ella. Sus defectos, que los tenía, no eran tan evidentes como para someterla a aquel escarnio público. En cualquier caso, hubiera sido fácil decirle algo de lo que me arrepentiría con sólo pensarlo. A pesar de sus calabazas y su actitud, mis sentimientos hacia ella no se habían apagado del todo y más que un amor incondicional se trataba de un amor insuficiente por sus desplantes, por la firmeza y lo reiterado de su frialdad conmigo, aunque no quisiera que nos llevásemos mal ni que hubiera peleas entre nosotros. Sin embargo, con esa opinión sobre mí, y sin reprimirse a la hora de confesarlo, apagaba el poco aprecio que aún le pudiera tener, dado que era como estar constantemente hurgando en la misma herida para que no cicatrizara.

En plena guerra fraternal y dialéctica sonó su móvil. Ya era hora de que sus amigas pasaran a recogerla y aquella llamada no hubiera sido más oportuna, tanto para evitar que Ana y yo lamentásemos habernos quedado solos como para que mi orgullo y dignidad se hundieran en el subsuelo porque no tenía defensa posible ni me sentía capaz de provocar que ella se hundiera conmigo, dado que, por lo menos, estábamos hablando y sacaba algo de provecho a mi decisión de quedarme a hacerle compañía, aunque no fuera el lugar ni la conversación que hubiera esperado para ese acercamiento entre los dos, en caso de haber tenido la más mínima oportunidad de hacerme un sitio en su corazón. Aquello, más que en una conquista, se convertía en una derrota, en un choque frontal contra un muro de piedra para desear marcharme de allí como un perro con el rabo entre las piernas. Era un combate desigual, todo un ejército armado hasta los dientes contra un hombre indefenso y desarmado, aplastado por su propia incompetencia, salvado tan solo por el timbre de aquel teléfono móvil y el hecho de que Ana quisiera mantener aquella conversación en un clima de fraternidad y cordialidad, sin intención de ofender.