Te quiero tonto, luego hablamos

Versión de Manuel

Libro 1 pág. 80-82

Cuando me senté, y a pesar de que la gente nos observaba, ella se inclinó hacia mí, apoyó su mano sobre mi hombro para no caerse y me susurró al oído las mismas palabras que me había dicho antes, después recuperó la posición inicial y siguió cenando como si allí no hubiera pasado nada; puñalada trapera por la espalda ante dieciséis hermanos, un sacerdote y un plato de comida tan apetecible como nutritivo. Sin embargo, no tuvo la menor consideración conmigo, disfrutaba con la tortura, con pleno conocimiento. Si no envenenaba la comida, prefería que fuera tal impresión que me quedase sin apetito y muriera de hambre. Tenía testigos que la amparasen cuando se pusiera en duda su inocencia delante de un juez. Sería yo quien quedase en mal lugar por inoportuno e indiscreto. Ella me estaba matando a base de sustos por la impresión y yo no hice nada en mi defensa ni en respuesta. Me estaba dando mi merecido donde más me dolía.

El segundo plato me lo comí sin problemas para que me confiara, que pensara que me dejaba tranquilo hasta obtener una respuesta, porque la verdad era que me había dejado sin palabras y en aquellos momentos no era muy oportuno ponerse en evidencia, aunque tal vez ella lo pretendiera, dado que durante los días que llevábamos allí parecía que yo no había hecho otra cosa. Los demás eran felices y les daba la impresión de que lo nuestro se lo tomaban a broma o como parte de ese buen ambiente, aunque, como era lógico, hasta que no pasara la Vigilia convenía un poco de moderación. Yo ya llevaba tres días haciendo el tonto y esa noche era Ana quien me provocaba para que rematase mi estupidez, dado que ¡más tonto no llegaría a ser en la vida! y ella pretendía confirmarlo ante los presentes. La venganza se sirve fría y aprovechaba la ocasión que se le presentaba; expresó con claridad lo que parecía mi actitud de aquella tarde y de toda la Pascua. Ya no se reprimía porque era nuestra última noche y las ocasiones se reducían.

Me levanté porque la jarra de agua se había quedado vacía y porque yo era el único de mi grupo en ese mesa. En esa ocasión más de uno aprovechó y me preguntó si sabía lo que le pasaba a Ana, dado que su cara de pocos amigos helaba el ambiente. Si los demás estaban comiendo despacio por lo mucho que hablaban y yo porque las palabras de Ana me habían dejado sin apetito, ella lo hacía con intención y saboreaba cada bocado, pero sin que nadie le tosiera porque daba la impresión que acabaría como parte de su cena, valoración subjetiva que no iba del todo desencaminada; serían el postre, una vez devorado el primer plato.

Me lo preguntaron a mí porque en aquellas circunstancias era el único que estaba enterado, aunque sólo fuera porque hubiéramos hecho juntos el camino de vuelta y se notaba que no había demasiado buen ambiente entre nosotros, como si fuera la excepción a lo que había sido la conclusión general. Era evidente que sabía lo que le pasaba y le quité gravedad al asunto para que ello no alterarse el clima de fraternidad en el que estábamos. La vivencia de la Pascua y la Vigilia no se estropearían por aquello.

Cuando regresé a la mesa, Ana ya se había marchado. Estaba en el grupo de los que preparaban la Vigilia y ya había terminado de cenar. Se aprovechó que estaba distraído y no me daría cuenta. De hecho, fue bastante discreta y me reiteró lo que me había susurrado al oído, pero de una manera más gráfica y sutil, menos evidente para los demás. Lo cierto era que en esa ocasión entendí el mensaje con dificultad, me impresionó más el hecho de que no se encontrase allí, como si resaltara más que no quería mi compañía ni presencia en aquellos momentos. Prefería centrar su atención en la Vigilia, en la Pascua, como había hecho desde el principio. Las cuestiones personales quedaban para después. En todo caso, su indirecta, su mensaje cifrado, me lo dejó allí a la vista de todo el mundo, cuya interpretación sería muy distinta según se plantease, dado que lo único seguro era que aquello parecía premeditado, como su marcha sin aviso previo para que nadie fuera tras ella ni le pidiese explicaciones. Lo importante era la Vigilia y lo demás quedaba aparcado.