“¿No tienes nada que decir?”

En la reflexión anterior mencionaba la venta de un apartamento reformado en primera línea de playa, como una alusión metafórica a mi familia, al hecho de que pasa el tiempo y cada cual sigue con su vida, que ya no es como era antes, en mi infancia, planteado con una cierta melancolía.

¿Cuánto vale la familia? La pregunta que más me han repetido en estos días ha sido “¿No tienes nada que decir?” Ante lo que me he quedado un poco callado, me han faltado las palabras, quizá ser un poco más expresivo con esa demostraciones de afecto, de empatía. Ha sido la sensación de que en mi vida no hay nada nuevo que contar, lo que quizá haya quien se haya planteado con una cierta frialdad por mi parte. Si no tienes nada que decir, tampoco que aportar a la familia.

¿Qué he recibido? Hubo quien me ofreció su casa para que me quedase y para que vuelva siempre que quiera; quién renunció a un día extra de trabajo, o un rato de estudio, por pasarlo conmigo; quién me abrió las puertas de su casa y me puso al corriente de cómo estaban su familiares más directos a los que por falta de tiempo no podría visitar; quién me dio de lo suyo y se obligó con ello a tener que ir a por más…. La lista de todo lo recibido es larga.

¿Por qué tanto? Porque somos familia y como algunos argumentan, cuando me devuelvan la visita saben que recibirán otro tanto por mi parte, en lo que incluye a padres y hermanos. Es más, hasta he llegado a la conclusión de que ya lo han recibido y son ellos quienes se sienten en deuda. En cualquier caso, en esta ocasión es cuando de verdad he aprendido a valorarlo, a comprender la razón de fondo  

Sin embargo, la familia, como tal, no está en venta; no se le coloca un cartel en el balcón a la espera de que alguien llame y se interese por ello. Tampoco se le debería poner precio porque, en tal caso, es como si se le cerrase la puerta a todo aquel que acuda con las manos vacías o no tenga llaves para entrar por el hecho de que las circunstancias de uno y otro hayan cambiado. Es lógico que con el paso del tiempo los hijos sean padres y los padres abuelos. Si antes, con una visita rápida, visitabas a toda la familia ahora necesites tres o cuatro, que al final te des cuenta que te falta tiempo y le das más prioridad a unos que a otros porque todo el mundo tiene compromisos que atender y no resulta tan fácil ponerse de acuerdo.

He pasado cinco días en familia y me he quedado con la sensación de que me ha faltado a mucha gente por visitar, que con algunos es algo reiterativo y te queda una sensación de impotencia, pero planteado con una mayor objetividad he llegado a la conclusión de que quizá no he ido en las fechas más adecuadas, que en tan pocos días no es fácil encontrar tiempo para todos. Sin embargo, en cinco días, después de haber estado de visita con unos cuantos familiares, estoy al corriente de la situación de los demás, que unos pocos han sido la representación de todos y ha sido como si esos cinco días hubieran sido dos semanas y al final me hubiera marchado con la sensación de que he estado con toda la familia.

Tal vez el mejor momento de todos, sin desmerecer a nadie, fue que una niña pequeña acudiera a la puerta a darme un beso de despedida. La inocencia de los niños es el reflejo del cariño y el afecto de los padres. Que a otro de esos sobrinos, el último día, en el último momento, le bastante con cinco minutos para hacerme sentir que estaba en familia.  

Aunque suene a amenaza: “Volveré”. Aún no se cuándo y espero que sea pronto. Quizás entonces tampoco tenga nada nuevo que decir, pero me he dado cuenta de que no hace falta. 

7 de mayo 2013

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