Los tres amores de Manuel. 3º.- Ana

Empieza siendo una de tantas, de esas que sin yo saber muy bien el motivo tengo la impresión de que se fijan demasiado en mí y se muestran nerviosas con mi proximidad, que incluso se reprime un poco a la hora de hablarle de mí a sus amigas, cuando teme que yo escuche la conversación. Es una chica con personalidad y las ideas claras, que no pasa desapercibida, aunque se muestra tímida y discreta.

Es alguien que viene de lejos, que aparece de vez en cuando por mi vida social y en quien no tiene demasiado sentido que me fije ni con quien me relacione más allá de ese ambiente de amistad y fraternidad en que nos encontramos. Aparte que, cuando ella llega, mi atención está con otra chica del grupo que me trata con bastante más frialdad e indiferencia, lo que genera un fuerte contraste, en particular cuando se juntan, dado que mientras que una se muestra fría e indiferente, la otra se muestra algo cohibida, como si me observase de reojo, con curiosidad “¿A ver qué haces?”

Como queda constancia en la novela, cometo la torpeza de reaccionar ante ese aparente interés, ante lo que recibo una rotunda negación y advertencia, tanto por ella misma como por parte de todas aquellas que se han visto afectadas por mis intentos románticos. “¡No y ojito con insistir!”

Entre los dos se crea una lucha tácita. Los dos queremos hacernos un sitio en el grupo, pero nuestras expectativas y planteamientos chocan. Ninguno de los dos está de más, nadie sobra, pero no es tan fácil olvidar ni ponerse de acuerdo cuando los dos huimos de algo y vamos en busca de alguien que nos dé estabilidad en la vida.

Me resulta imposible apartar la vista, poner la atención en otra parte cuando ella se ha convertido en el centro de todo y su sola presencia es como un imán. Mientras ella triunfa, alcanza sus metas, yo me siento frustrado y atascado en mi propia impotencia. Ella es alguien que en un abrir y cerrar de ojos ha conseguido lo que yo llevo años intentando y de lo que quiero formar parte, aunque me bloquea un muro que no soy capaz de saltar. Lo peor de todo es esa sensación de que hemos conectado, aunque somos de mundos distintos.

En determinado momento ella se da cuenta que con su actitud no consigue nada, más que perjudicarnos a los dos, que ello enturbie la relación con el resto de la gente del grupo, de ahí que, en vista de que por mi parte no hay ninguna reacción, que de un momento a otro le llegarán rumores de que el problema lo tendrá otra y no se habrá resuelto nada, aunque el asunto ya no le afecte, decide restarle gravedad al asunto, zanjarlo como si no hubiera pasado nada, con la expectativa de que ello favorezca el que yo supere mis recelos a tratar más con los demás porque no tendré motivos para sentirme rechazado como amigo, al menos por su parte no.

Su cambio de actitud provoca que me sienta descolocado y cometa una estupidez de la que ella consigue sacar partido y demostrarme lo equivocado que estoy con respecto a la apreciación que los demás tienen de mí. Hasta cierto punto también descubre cómo soy yo en realidad y no tanto por lo que le han dicho de mí o ha sufrido en persona.

En vez de mantener esa actitud negativa y reacia a mi interés por ella, en vez de permitir que se le amargue la existencia, adopta una postura un poco más abierta y se lo plantea como un juego, como algo divertido en lo que participemos los dos, lo que le lleva a tener que reconocer que se ha enamorado y que tiene tantas razones para seguir con ese romanticismo como para cortarlo de raíz antes de que le perjudique. Quiere demostrarse a sí misma que es capaz de hacerse con el control de la situación, convencer a los demás, en particular a mí, de que esa opinión poco favorecedora que me he creado es tan solo eso, una opinión y está en mis manos la posibilidad de mejorarlo, si le pongo un poco de empeño.

Llega un momento en que se siente superada por las circunstancias y, para que nadie sufra, prefiere marcharse, esconderse, con el ruego de que no la busque, dado que no dejará que la encuentre. Es una decisión dolorosa que no sólo nos afecta a nosotros, pero considera que, aun así, es lo mejor para todos. La puerta se queda abierta para un posible reencuentro. Sin embargo, de antemano esa posibilidad queda descartada.

La cuestión es que Ana no se termina de ir del todo, se mantiene ahí, escondida y expectante porque siente que no puede renunciar a todo lo que deja tras de sí porque no busca tanto huir como distanciarse. Le duele tanto el hecho de vernos separados como mi resignación ante los acontecimientos porque tiene la sensación de que he dejado de luchar por lo nuestro y tan solo espero a que sea ella quien tome la decisión de regresar.  

OrdenAnaManuel
1º amorCarlosAmigas
2º amor«El poeta»«Dulce gatita»
3º amorManuelAna

18. abril 2015

7 comentarios en “Los tres amores de Manuel. 3º.- Ana

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