No pasa todos los días

Visita al psicólogo. 23. abril 2015

El martes pasado, por propia iniciativa, porque consideré que lo necesitaba y dado que me encontré con facilidades para ello, acudí al psicólogo, lo cual de por sí es bastante extraño y atípico en mí, eso de admitir que me encuentro con una situación que no soy capaz de resolver por mí mismo y busco ayuda.

No entraré en explicaciones sobre mis problemas, queda como secreto profesional, pero después de dos días y con un poco de objetividad o con la subjetividad que caracteriza mis reflexiones, me considero en disposición de hacer mi propia valoración al respecto.

Hacía años que no había ido al psicólogo y sobre todo por iniciativa propia. Supongo que con los años he madurado y soy un poco más consciente de mis propias limitaciones, que hay momentos y situaciones en la vida en la que o buscas ayuda en alguien con criterio o vas dando tumbos sin llegar a ninguna parte y con un claro perjuicio personal y social.

La cuestión es que se me presentó la ocasión y acudí. Confieso sin tapujos que eso de solicitar esa cita fue casi como una carrera de obstáculos personales, pero entendía que necesitaba dar ese paso, porque la tesitura en la que me encontraba no era como para despreocuparme, o me hablaban claro sobre mis problema o me vería superado y dominado por ellos, sin estar muy seguro de mis reacciones ni las consecuencias. Me armé de valor, dispuesto a hablar con la sinceridad que me caracteriza con quien de antemano consideré ya tenía una opinión formada al respecto y me inspiraba la suficiente confianza. Se trataba de hablar con un psicólogo, con esa persona, en un plano personal psicólogo-paciente: Yo te cuento, tú me escuchas y ayudas revolver mis agobios y ansiedades.

El hecho de decir que necesitaba ayuda, en los momentos previos a esa cita, me sentí nervioso, pero orgulloso del paso que estaba a punto de dar, en una nube de optimismo, que tenía la solución de mis problemas al alcance de la mano.

Llegado el momento, entré en el despacho, nos sentamos y comenzamos a hablar. primero una valoración general de la situación, para después ir poco a poco profundizando en aquellos temas que podían ser más relevantes o delicados de tratar. Cuando el psicólogo hablaba y yo escuchaba con atención, le buscaba sentido y coherencia a sus palabras, como suponía éste le buscaba a las mías.

La conclusión final es que no hay que rendirse ante las dificultades, que en los momentos de ansiedad la mente suele ser engañosa y lo mejor es no dejarse llevar por los primeros impulsos, he de confiar más en mi fuerza de voluntad y todo eso.

Para otras cuestiones mi valoración sobre los psicólogos no ha mejorado demasiado.

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